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Prudencia y lealtad militar al servicio de la Corona

 

SABINO FERNÁNDEZ CAMPO nació el 17 de marzo de 1918 en Oviedo, ciudad en la que cursó el Bachillerato y la licenciatura de Derecho.

El 7 de enero de 1942 se casó con Elena María Fernández-Vega, matrimonio del que nacieron diez hijos. Tras el fallecimiento de su esposa, ocurrido el 14 de marzo de 1993, volvió a contraer nupcias en octubre de 1997 con la periodista y escritora María Teresa Álvarez.

Durante la guerra civil, Fernández Campo participó en la defensa de Oviedo alistado como voluntario en las milicias de Falange Española. Inmediatamente realizó el curso de alférez provisional en la Academia de Dar Riffien, jurando bandera en la plaza de Melilla. Como teniente provisional de Infantería combatió en los frentes de Teruel, Castellón, Ebro, Cataluña y Toledo.

Una vez concluida la contienda, y tras prestar servicio como jefe del Servicio de Información del Ejército (SIE) en Oviedo, en 1941 ingresó por oposición en la Academia de Intervención Militar. En ella fue profesor y jefe de Estudios, llegando a alcanzar el máximo empleo dentro del Cuerpo como interventor general del Ejército. Diplomado en Economía de Guerra, también cursó estudios en el “Industrial College of the Armed Forces” (ICAF), adscrito a la “National Defense University” de los Estados Unidos, sobre Economía de la Seguridad Nacional.

En su condición militar, Sabino Fernández Campo ocupó diversos destinos próximos al ámbito de la política, destacando entre ellos las secretarías de varios ministros del Ejército (los tenientes generales Barroso, Martín Alonso, Menéndez Tolosa, Castañón de Mena y Coloma-Gallegos). También desempeñó diversos cargos estrictamente políticos, como la Subsecretaría del Ministerio de la Presidencia, desde el 19 de diciembre de 1975 hasta el 27 de julio de 1976, siendo titular de la cartera Alfonso Osorio, y, a continuación, la del Ministerio de Información y Turismo con Andrés Reguera al frente del Departamento. De este último puesto dimitió a petición propia en 1977, al verse afectado por las incompatibilidades establecidas en el Real Decreto-Ley 10/1977 sobre el ejercicio de actividades políticas y sindicales por miembros de las Fuerzas Armadas.

El 11 de julio de 1977, Fernández Campo se incorpora a la Casa de Su Majestad el Rey, siendo designado el inmediato 31 de octubre secretario general de la misma al cesar en dicho cargo el general Armada, enfrentado con el presidente Suárez por la legalización del PCE. El 3 de septiembre de 1984 pasó a la reserva activa y en 1986 a la segunda reserva. El 19 de enero de 1990, el Rey le nombra jefe de la Casa en sustitución de Nicolás Cotoner y Cotoner, marqués de Mondejar.

En 1992, Su Majestad le concedió el título de conde de Latores, con Grandeza de España, por su “larga y brillante trayectoria de servicios destacados, militares y civiles al Estado”, según consta en el Real Decreto que publica su nombramiento.

Sin embargo, ese mismo año, de singular importancia para la proyección internacional de España, Fernández Campo se enfrenta a un entorno de tensión propiciado por sus desavenencias con Mario Conde, entonces presidente de BANESTO, y con Manuel Prado y Colón de Carvajal, conocido empresario y amigo personal del rey Juan Carlos, personajes ambos que terminaron procesados y condenados en los tribunales de justicia. Además, sus discrepancias con la política de proyección pública de la Casa Real trascienden abiertamente a los medios informativos.

El 8 de enero de 1993, Fernández Campo cesó como jefe de la Casa de Su Majestad, en tiempo y forma quizás poco adecuados, para ser sustituido precisamente por un amigo personal de Mario Conde, el diplomático Fernando Almansa, siendo nombrado entonces consejero privado del Rey, al tiempo que se le concedía la Gran Cruz de Carlos III. El 5 de marzo inmediato, el Consejo de Ministros aprobó su nombramiento como teniente general con carácter honorífico, dado que dicho empleo era inexistente en el Cuerpo de Intervención Militar del que procedía.

Con anterioridad, el 3 de diciembre de 1991 se le nombró Hijo Predilecto de Oviedo, concediéndosele la Medalla de Oro de la Ciudad en atención a “su intenso y permanente amor al Principado”, que le sería impuesta más tarde, en septiembre de 1993, cuando ya no ocupaba la jefatura de la Casa de Su Majestad. En 1994 ingresó en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, accediendo a su Presidencia el 30 de octubre de 2007, tras el fallecimiento de su titular, el profesor Enrique Fuentes Quintana. En el ámbito académico también fue nombrado Miembro de Honor de la Real Academia de Medicina de Asturias y León y de la Real Academia de Doctores, así como Académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Durante su larga trayectoria profesional, Fernández Campo fue fundador de la Empresa Nacional Santa Bárbara y secretario de su Consejo de Administración, desempeñando igualmente cargos como vocal consejero en la Empresa Nacional Bazán, el Instituto Nacional de Industria (INI) y el Instituto de Crédito Oficial (ICO).

Quizás, la experiencia más crucial vivida por Sabino Fernández Campo en el entorno de la Casa Real sea la del frustrado golpe militar del 23-F, a raíz de la cual se le comenzó a señalar como “la sombra del Rey”. Sobre aquel dramático suceso, y justo con ocasión de que el reinado de Juan Carlos I cumpliera un cuarto de siglo, publicó un artículo de opinión en el diario “ABC” titulado “El rompecabezas del 23-F” (Suplemento “XXV Años de Rey”, noviembre de 2000), con un análisis sutilmente revelador, sobre todo teniendo en cuenta que lo había vivido en primera persona y de forma muy informada como secretario general de la Casa de Su Majestad. Con tanta prudencia como sabiduría, concluyó su tesis sobre la superación histórica de aquella asonada de la siguiente forma:

Por mi parte, renuncio a intentar descubrir las piezas que me faltan del rompecabezas. Dejémoslo como está, sin agitar la historia ya calmada.

(…) No se trata de aducir ahora justificaciones o disculpas sobre hechos ya juzgados. Pero tampoco de continuar indagando para descifrarlos por completo.

En ocasiones “el que busca afanosamente la verdad, corre el riesgo de encontrarla".

En relación con el mismo tema, también son de gran relevancia algunos pasajes de su biografía autorizada firmada por el periodista Manuel Soriano (“Sabino Fernández Campo: La sombra del Rey”, Temas de Hoy, 1995). El autor, tras reafirmar la decisiva intervención del biografiado en el desbaratamiento del golpe del 23-F, destacando su papel de hombre "brillante y discreto que, desde los bastidores de La Zarzuela, ha intervenido en los asuntos más delicados de la alta política española apoyando la tarea integradora y de consolidación de la democracia ejercida por el Rey", comete un desliz, sino malicioso, difícil de justificar en una cuestión tan delicada como la tratada. En el capítulo titulado "Héroe del 23-F", y comentando a su vez el libro de José Luis de Vilallonga titulado “El Rey” (Plaza & Janés Editores, 1993), se revela algo que, en efecto, no deja de llamar la atención sobre lo acontecido entonces en el palacio de La Zarzuela:

... El libro de Vilallonga venía a poner en evidencia algunos de los resultados del laborioso y discreto trabajo que diversas instituciones y funcionarios habían realizado para proteger al Rey frente a las campañas insidiosas de los golpistas y sus defensores durante el juicio celebrado en el Servicio Geográfico del Ejército, en Campamento (Madrid). Aquella situación era lo que Sabino calificaba de un segundo golpe, ya que los abogados mantenían la tesis de que los militares sublevados actuaron "por obediencia debida" en nombre del Rey.

 

(…) Sabino tuvo que emplearse a fondo para dejar al margen del procedimiento judicial a don Juan Carlos. Incluso en el sumario aparecía él como responsable de algunos actos del Rey, pero la polémica biografía venía a echar por tierra aquellas medidas cautelares. Por primera vez se entrecomillaban en boca del Rey decisiones, juicios sobre personas y circunstancias que podrían reabrir el caso y, por supuesto, heridas que ya estaban cerradas.

Por ejemplo: tanto la sentencia del Consejo Supremo de Justicia Militar como la de la Sala Segunda del Tribunal Supremo atribuyen a Sabino un hecho de especial relevancia: "Al producirse el asalto al Congreso de los Diputados -dice la sentencia- el procesado general de división Alfonso Armada Comyn se encontraba en la sede del Cuartel General del Ejército, despachando con el jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente general Gabeiras, y se ofreció a trasladarse al palacio de La Zarzuela (con ocasión de la llamada que desde este palacio hiciera, sobre las diecinueve horas, el secretario general de la Casa de Su Majestad, general Fernández Campo, al teniente general Gabeiras), con el fin de explicar a Su Majestad lo que estaba sucediendo".

Este resultando noveno de la sentencia del Consejo Supremo de Justicia Militar no se corresponde con las declaraciones sumariales de los generales Fernández Campo y Gabeiras ni, por supuesto, con la de Armada. Es un dato documental para la Historia que no se corresponde con la realidad, y que se ha puesto en evidencia al publicarse el libro de Vilallonga. En éste se cuenta cómo ocurrieron los hechos. Fue el Rey quien, inmediatamente después de que le informaran sobre los tiros en el Congreso, llamó al Estado Mayor del Ejército de Tierra y habló con Gabeiras y después con Armada.

- ¿Qué pasa en Madrid? -preguntó.

- Precisamente estamos informándonos, Señor. Pero si Vuestra Majestad quiere hablar con el general Armada, está aquí a mi lado.

- Pásamelo. Alfonso, ¿qué es toda esta historia?

Armada respondió tranquilamente:

- Recojo unos documentos en mi despacho y subo a La Zarzuela a informaros personalmente, Señor.

Es legítimo reconsiderar esta versión como la oficial del Monarca porque fue revisada meticulosamente en La Zarzuela y autorizada a publicarse. Se corresponde con las declaraciones sumariales de los citados generales. Pero la sentencia las obvió para dejar al margen al Rey. De ahí la trascendencia de la versión de Vilallonga. Esta desmiente la sentencia y da la razón a Alfonso Armada, que siempre sostuvo que en aquella primera conversación telefónica no habló con Sabino, sino con el Rey. Los tribunales rechazaron su tesis y dejaron al Monarca al margen. Ni siquiera lo nombraron. Por eso, la publicación del libro echaba por tierra el esfuerzo de los jueces y del "staff" de La Zarzuela, reabriendo un suceso extraordinariamente controvertido. Tratándose de un testimonio tan cualificado, el que Vilallonga atribuye entre comillas al Rey, podía haber dado lugar a una demanda de revisión de las sentencias.

En la edición francesa, que se publicó primero, figuraban algunos párrafos que ofendieron especialmente al general Alfonso Armada, quien exigió que se suprimieran en la edición española. Así se hizo y no salieron. En la edición francesa el Rey habla más a menudo en primera persona que en la española. En la página 171 el segundo párrafo no aparece, y el siguiente no está contado ni en ese tono ni en boca del Rey: "Y alzando la voz, súbitamente indignado, don Juan Carlos dice: Dime, José Luis, ¿quién iba a creer que el Rey no estaba en el ajo si Alfonso Armada se instala en los teléfonos de La Zarzuela? Sabino estuvo de acuerdo conmigo y nosotros decidimos que sería el Rey el que llamase personalmente, uno tras otro, a todos los capitanes generales. Con el resultado que tú sabes".

Asimismo desaparecieron de la edición española algunas alusiones al capitán general de Valencia, que sacó los tanques a la calle. Por ejemplo, la de la página 169: "Es sabido, Señor, le dije al Rey, que Milans no era muy sutil, ¿pero era tan obtuso como para creer que Vuestra Majestad iba a arropar el golpe de Estado?

"No -contesta don Juan Carlos-, pero yo pienso que él creía que, ante el hecho consumado, yo no podía más que inclinarme a ello. En esto me conoce mal".

En la página 173 de la edición francesa, el penúltimo párrafo termina con la exclamación "¡Verdaderos 'amateurs'!", referida a los golpistas. A continuación, unas declaraciones en primera persona del Rey que no aparecen en la edición española…

 

(…) A Sabino no le gustaba el libro porque lo consideraba innecesario para incrementar el prestigio del Rey y podía provocar reacciones adversas. Pero cuando don Juan Carlos dijo que su compromiso con Vilallonga era irreversible, no lo discutió más. Se puso a colaborar para que saliera lo mejor posible desde el punto de vista de la institución.

Entre el original que entregó Vilallonga en palacio y la edición que salió a la calle existen importantes diferencias. Se hicieron muchas correcciones importantes. Estaba Sabino en plena tarea de corrección del texto cuando fue destituido. Su principal preocupación eran las alusiones a personas puestas en boca del Rey. El nuevo jefe de la Casa, Fernando Almansa, y el historiador Javier Tusell terminaron de corregir la última versión...

Sin abandonar el contexto biográfico que nos ocupa, y con las contradicciones desveladas en el libro de referencia, aún son más significativos los silencios de quienes, con toda seguridad, han guardado las claves ciertas del 23-F, algunos llevándoselas de forma irreversible a la propia tumba, y confundiendo sin duda la prudencia institucional con el menosprecio a la verdad. Los avergonzados o conformados encubridores de la realidad vivida el 23-F (los que se pronunciaron con falsedad por activa y por pasiva, y los silentes a ultranza como Milans del Bosch, Cortina Prieto, Tejero Molina y hasta el propio Fernández Campo...), habrán tenido sin duda sus razones para engañar a la historia, aunque ésta no dejará de juzgarles.

De hecho, Fernández Campo volvería a mostrar crípticamente sus apreciados “secretos” sobre el 23-F coincidiendo con el XXVIII aniversario del suceso, cuando en febrero de 2009 concedió una entrevista al diario “La Razón”, publicada el domingo 1 de marzo. Entonces, como ya se ha comentado en páginas anteriores, decidió ilustrarla gráficamente dejándose fotografiar en su domicilio precisamente con el libro “23-F: ni Milans ni Tejero - El informe que se ocultó” (Ediciones Foca, 2001), escrito por Juan Alberto Perote, bien visible entre sus manos. El analista perspicaz, relacionaría de inmediato el llamativo posado fotográfico de Fernández Campo con lo que, comentando la visita que el general Armada realiza en Valencia a Milans del Bosch el 10 de enero de 1981, y a propósito de la identidad final del “Elefante Blanco” que habría de presidir el gobierno de “reconducción” nacional que se estaba muñendo, el autor del libro deslizó en su página 54:

En la reunión no se pronunció el nombre de este otro posible sustituto de Suárez como tampoco el Rey le comentó nada a Armada en su reunión de Baqueira. No obstante, ambos generales sabían que en el caso de que se desembocara en una salida puramente militar, el candidato no sería Armada y, sin necesidad de hacerse confidencias, los dos pensaban en el teniente general Valenzuela, jefe de la Casa Militar de Su Majestad. Milans contemplaba esta otra alternativa con mentalidad constructiva y valoraba sus pros y sus contras desde un punto de vista puramente estratégico; en cambio, Armada sólo pensaba en que le había salido un duro competidor…

Cierto es que un general de división difícilmente iba a ser obedecido por los tenientes generales y que todos ellos sentían un gran respeto, y hasta veneración, por Joaquín Valenzuela, marqués de Valenzuela de Tahuarda. Pero, con todo, el apunte de Perote no dejaba de ser una opinión personal. El sutil respaldo de su teoría lo proporciona Sabino Fernández Campo retratándose precisamente de aquella forma.

En reconocimiento de sus muchos méritos personales, Fernández Campo recibió diversos galardones, como el Premio Marqués de Santa Cruz de Marcenado 2000 y el Premio Mercurio de Oro Internacional, siendo distinguido también con numerosas condecoraciones nacionales y extranjeras. Falleció en la madrugada del 26 de octubre de 2009, a las 0.15 horas, en la clínica Ruber Internacional de Madrid, a los 91 años de edad.

Fernández Campo aseguró que nunca escribiría sus memorias, manifestando que “El honor de haber servido tan de cerca y tan directamente al Rey y a su familia tiene una contrapartida: la lealtad y la discreción. En una palabra, el silencio”. Su reiterada expresión “En mi caso, el silencio es la mejor lealtad” representa sin duda alguna el paradigma de la prudencia y la lealtad militar al servicio de la Corona.

Sin embargo, apenas un año después de su muerte, esa imagen “señorial” de Sabino Fernández Campo recibiría un duro golpe de la mano de Mario Conde. Ajustadas sus cuentas penales y tranquilamente dedicado a sus “desquites” personales, este controvertido personaje dedicó todo un capítulo de su libro “Los días de gloria” (Editorial Martínez Roca, 2010) a destruir su buena imagen generalizada como jefe de la Casa de Su Majestad el Rey plenamente leal y responsable.

La verdad es que quizás “la sombra del Rey” terminó cuestionando el entorno de la Casa Real, más de lo que parece, sobre todo ante el analista perspicaz y capaz de “leer” hasta sus elocuentes silencios. Pero no lo es menos que, mientras Fernández Campo trataba de proteger a la propia Corona de un entorno de “amistades peligrosas”, o al menos poco edificantes, entre las que incluía al propio Mario Conde, éste intentaba a toda costa formar parte del entorno más íntimo de rey Juan Carlos, quizás con menos éxito del deseado.

Por su parte, Mario Conde, asociado en su personal batalla contra Fernández Campo nada menos que con Pedro J. Ramírez, según el mismo cuenta, tampoco parece que aprecie tanto al rey Juan Carlos como asegura en su narración de marras. De hecho, sus comentarios, realizados sin mayor aportación de prueba, además de dejar en entredicho la lealtad de Fernández Campo, su antagonista en el caso, evidencia un hipotético exceso de injerencia y ascendencia en la vida de Su Majestad (mostrándose capaz incluso de inducir el nombramiento del cargo de su mayor confianza) ciertamente fuera de lugar, mezclándole además en politiqueos y enredos empresariales que, de ser ciertos, en modo alguno dejarían en buen lugar a la Corona.

En todo caso, es lamentable que el ataque descalificador de Mario Conde contra Sabino Fernández Campo se produjera post mortem, sin posibilidad de que el afectado tuviera la menor oportunidad de responder merecidamente.

FJM (Actualizado 05/09/2011)

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