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La historia que nos ocupa no es exactamente novelesca sino real, extraída de la vida misma aunque plagada de destellos cinematográficos.

Los aficionados al séptimo arte encontraran en ella enfoques, planos y secuencias que les recordarán films ilustrativos de casi todos los géneros conocidos. Desde la comedia teatral tipo “El príncipe y la corista” (con una magnífica interpretación de Marilyn Monroe), hasta el thriller de intriga y acción como “007 al servicio de Su Majestad” (quizás el peor de la serie ideada por Ian Fleming), pasando por el agradecido género de aventuras africanas al corte de “Mogambo” o las producciones berlanguianas más genuinas del tardofranquismo, como “La escopeta nacional” (en la que Bárbara Rey hacía un papel muy suyo de actriz masoquista).

Nuestra “película de la realidad” se podría titular “Simplemente Corinna”, en homenaje a la vida que relata de su protagonista principal, Corinna Larsen. Aunque, atendiendo a la trama y desenlace de la historia y a muchas de sus escenas más brillantes, también podríamos referirla como “El retorno de Ingrid”, “Gabinete Pompadour”, “La corte del Faraón”, “Rocambole en La Zarzuela” o “La España Corinnata”... Vamos a quedarnos amablemente con esta última referencia, sin dar pábulo a las páginas más escabrosas del guion original. 

De entrada, la historia arranca al estilo del vaudeville, como una comedia ligera y desenfadada con situaciones equívocas para entretener al personal y provocar su admiración en las revistas de la “gente guapa”. Pero rozando también peligrosamente el mundo de la información amarillista y el estilo propio del “celtiberia-show”, que tanto juego está dando en la “tele-basura” del momento. 

En ese marco, justo a caballo entre la superficialidad y el sensacionalismo, surge la llamativa figura de Corinna Larsen, convertida nada menos que en “S.A.S. (Su Alteza Serenísima) la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein”, aprovechando chuscamente el haber estado casada en segundas nupcias con Casimir zu Sayn-Wittgenstein-Sayn, del que se divorció en 2005, tras tener en 2002 un hijo con él, Alexander (la boda civil tuvo lugar en Chelsea, Londres, en 2000 y la religiosa en Salzburgo en 2001). El príncipe Casimir (“Cassi” para los amigos), es hijo segundo del príncipe Alexander zu Sayn-Wittgenstein-Sayn, lo que, al uso alemán, le permite utilizar efectivamente el título de su progenitor, aun cuando éste no haya fallecido.

Corinna Larsen ya tenía otra hija, Nastassa Atkins (residente en el exclusivo Principado de Mónaco, comme il faut), fruto de su anterior matrimonio con el empresario británico Philip Atkins, celebrado en 1990 cuando ella tenía 25 años (algunos medios le identifican como Philip J. Adkins). La joven Corinna adoptó el apellido Atkins hasta que diez años más tarde se casó con “Cassi”, convirtiéndose entonces en una imaginaría “princesita” de cuento de hadas, de cuna plebeya y alta cama, que más tarde terminaría irrumpiendo en la vida de uno de los reyes más falderos de la historia (un “pura sangre” borbónico); y nada menos que como amiguita de quien, en razón de su diferencia de edad, podía ser perfectamente el padre de la propia “criatura”: dato para quien quiera entender bien de qué va la cosa…

Lo cierto es que el príncipe “Cassi” tenía ocho años menos que Corinna y que, al decir de las crónicas informadas, su aristocrática familia no vio con buenos ojos su matrimonio con “Irma la dulce” (queremos decir con “la dulce Corinna”). Entre otras razones porque de boda en boda, o de alcoba en alcoba, Corinna, distraidilla ella, tuvo un romance (por no llamarlo lío), con Gert-Rudoph Flick (“Mick” entre sus allegados), millonario residente en Suiza y nieto del fundador de uno de los grandes consorcios industriales de Alemania (que incluye la casa Mercedes-Benz) y que, aficionado también al cambio de pareja sentimental cuenta, de momento, con tres matrimonios en su haber, escarceos amorosos fuera de casa aparte.

LA PRINCESA CORINNA, EN EL NIDITO DE “LA ANGORRILLA”

Para avanzar en la historia, que realmente es de película, digamos que la bella “princesa de metisaca” emuló a la escultural Ava Gadner en “La condesa descalza” (el film de Joseph L. Mankievicz), cruzando su agitada vida con la del conde Torlato-Faviani de turno (papel protagonizado por Rossano Brazzi). Es decir, que al cambio con nuestro remake, se agenció una “entrañable amistad” con un rey de “rompe y rasga”, muy distante en sus atributos personales del impotente conde de marras y amante, como ella, de la caza y el escopetazo fácil en cualquier suerte, a la mano, al ojeo o en puesto de “pásemelo por delante”.

Un aventura de “ratón tierno para gato viejo” (como el que se zampa James Bond en “Skyfall”), en la que no faltan cacerías a lo “Mogambo”, vuelos sobre las sabanas subsaharianas, al estilo romántico de “Memorias de África”, ni algún Breakfast at Tiffany's (“Desayuno con diamantes”), quizás menos fresco y auténtico que en la versión de Blake Edwars. Eso sí, poniéndose la vida y los buenos usos familiares por montera.

Inspirado por el “Pigmalión” de Bernard Shaw, obra teatral que ha tenido numerosas versiones cinematográficas, el generoso mecenas regio ofrece cobijo a la frágil Corinna en un pabellón próximo a su residencia oficial (de la que la reina se ausenta con frecuencia), protegido del mundanal ruido y las miradas indiscretas por un paradisiaco cinturón verde (pero no de castidad), guardias reales y agentes operativos de los Servicios de Inteligencia. Así, la “princesa Corinna” se convierte en una especie de “tesoro real”, en un bien casi adherido al patrimonio nacional pero de exclusivo goce regio, ahorrándola por supuesto los peregrinos gastos de la dura vida cotidiana, porque con ella comparte personal de servicio, aviones VIP, catering de altura y bajura, coches y escoltas oficiales, moquetas, vajillas de La Granja… y todo lo imaginable en estas caritativas situaciones de extrema necesidad, que los súbditos del rey pagan gustosos, porque Corinna distrae al monarca y éste, que tanto ha hecho por ellos, se lo merece todo…

Claro está que, según señalan también las crónicas “rosa”, el bucólico retiro de Corinna, enclavado en un espacio natural protegido, no tiene un nombre muy romántico, sino más bien vulgarcillo, y eso queda mal en una historia tan delicadamente palaciega. Las estancias asignadas a la princesa se conocen como “La Angorrilla” (quizás porque allí se vive de “gorrilla”) y, aunque ahora son de auténtico lujo campero, cuando apenas eran tres cuartos destartalados fueron usadas por un “generalísimo” más espartano que disoluto, y poco dado desde luego al jubileo carnal, para descansar de sus caminatas a pie de corzo y ofrecer el “taco” en las monterías del régimen; algo que se compadece poco con su glamuroso destino actual.

Lo más cutre y lamentable del caso es que entre el uso de uno y de otra (el de Franco y el de Corinna), por “La Angorrilla” han pasado bastantes “princesas aficionadas”, como aseguran los viejos mesoneros del pueblo cercano que atendían los encargos de bocatas de calamares (tal cual) con los que algunas reponían la energías fuerzas consumidas con sus picardías campestres…

 
 

EL SALTO DE “PIGMALIÓN” AL “CASINO ROYAL” DE JAMES BOND

Tomada “La Angorrilla” como cuartel general estable por la princesa Corinna, su historia entra en un ritmo cinematográfico trepidante. Allí, toma el nombre en clave de “Ingrid” y planifica grandes operaciones estratégicas, al parcere para acabar con la crisis económica que amenaza el país de su entrañable amigo y protector. Infiltrada discrecionalmente (más que discretamente) en el séquito oficial de su majestuoso Pigmalión como ojeadora de operaciones económicas de gran porte, enfermera personal y asistente para todo, es decir encubierta como una auténtica “Mata Hari”, cumple durante cuatro años las misiones más secretas y trascendentes al servicio -dice ella- de su patria prestada.

En ese tenso y ajetreado hacer y deshacer, lleno de peligros y jugadas de alto riesgo personal (porque el rey tenía una reina de verdad que no se chupaba el dedo), tampoco faltan fiestas maravillosas en fastuosos palacios árabes, momentos de merecido relajo, ni los consabidos “descansos del guerrero”, alguno de ellos en aventurados safaris por remotas y salvajes reservas africanas. Pero, como se evidencia en “Las nieves del Kilimanjaro” (versión original de 1952 dirigida por Henry King), África es África y allí surge irremisiblemente el drama, el terrible accidente regio, escopeta en mano, que destapa la cruda realidad y acaba con los “Días de vino y rosas” (otra vez el laureado Blake Edwars).

“La tapadera” (The Firm en la versión original) salta por los aires y Corinna zu Sayn-Wittgenstein, apelativo secreto “Ingrid”, queda al descubierto como instigadora del asesinato de “Dumbo”. La reina pone en juego sus recursos de esposa ofendida y, ayudada por algunos mosqueteros que se guardaba en la manga, reacciona y a punta de bayoneta desaloja a la Mata Hari de pacotilla de su nidito cortesano: “La Angorrilla” ventilará sus alcobas y el “gabinete negro” de la Pompadour teutona cerrará hasta nuevo capítulo de la serie, de momento a falta de guionista (Santiago Segura está pensando cómo encaja a Torrente en la historia).

Pero la despiadada prensa del corazón, aliada con SPECTRA (organización criminal enfrentada a todos los agentes secretos del mundo), no afloja su jugosa presa y enciende el ventilador mediático para airear la “entrañable amistad” de la princesa Corinna con su particular y egregio Pigmalión. La tinta de imprenta y los platós televisivos más frívolos escarnecen el comportamiento regio, acompañado por el mal rollo familiar, y obligan a una humillante demanda del perdón popular, sin precedentes en la historia de los pecados carnales borbónicos y que no deja de tener su chispa de gracia: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a suceder”.

El máximo responsable del CNI, especialmente curtido en mil batallas de mamoneo político, deja sin cobertura a “Ingrid”, a pesar de que deba a su entrañable amigo la permanencia en el cargo. E incluso, traidorcillo él, llega a desvelar en conversaciones privadas que “Corinna es una bomba de relojería” (“Vozpópuli” 11/03/2013).

Cierto es que esto sucede después de que “Corinna-Ingrid” publicitará urbi et orbi a través de “El Mundo” (25/02/2013) que el tipo de servicios que había prestado al Gobierno español (no a su “entrañable rey”, que en su caso serían muy distintos)) “ha sido siempre delicado, confidencial”. Según sus palabras, se trataba de “asuntos clasificados, situaciones puntuales que yo he ayudado a solucionar por el bien del país”. Eso sí, cobrando de algunas empresas privadas “que querían expandirse globalmente”; es decir, trincando de “conseguidora” con el Gobierno y Su Majestad de por medio y repartiéndose el botín quién sabe con quién.

El “lío de Corinna”, coronado por un reportaje high fashion paralelo en la revista “Hola”, con portada incluida, posados y declaraciones que debieron poner de los nervios a la reina Sofía (afirmaba mantener una amistad cercana con el rey Juan Carlos desde 2004 cuando todos creían que se habían conocido en 2006), se convierte así, como sostiene efectivamente el máximo responsable del CNI, en una “bomba de relojería”; pero no a punto de estallar, sino estallada. Por eso, éste comparecerá el próximo 19 de marzo nada menos que en la comisión parlamentaria coloquialmente denominada de “Secretos Oficiales” para contar las mentiras que se suelen contar en estos casos y salir del paso por los cerros de Úbeda, por supuesto contando con el apoyo del PP y del PSOE que para eso se reparten con Su Majestad la tostada política.

Por su parte, Ricardo Sixto, diputado de IU, ya había presentado el pasado 11 de enero en el Congreso una batería de preguntas escritas al Gobierno de difícil digestión para las personas e instituciones implicadas en el caso, incluida la Casa Real. Un mes después, cumplido sobradamente el plazo de contestación previsto de forma reglamentaria, IU seguía recibiendo la callada por respuesta, lo que llevó al autor de las preguntas a pedir el amparo del presidente de la Cámara, Jesús Posada, quien, a su vez, se ha visto forzado a requerir del Ejecutivo su obligado cumplimiento.

En paralelo, Iñaki Anasagasti, senador del PNV y verdadero “azote del Rey”, llevaba el “caso Corinna” a la sesión de control al Gobierno en la Cámara Alta preguntando sobre “la relación que tiene el Gobierno con intermediarios internacionales que ejercen el cargo de ‘lobbistas’ y que se jactan públicamente de ello”. El no citar de forma expresa a la princesa Corinna en la pregunta, tenía por objeto evitar que la Mesa del Senado la rechazara, como había hecho en otras ocasiones con preguntas relacionadas con la Casa Real, aunque, como era de esperar, el caso no pasaría del “diálogo para besugos” propio de la vida parlamentaria española (responder “buenas tardes” sin inmutarse, cuando previamente se ha recibido un saludado de “buenos días”).

Además, diversos sindicatos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que a veces acreditan cierta “mala leche informada”, se subieron también en el carrusel mediático para denunciar la residencia oficial que la princesa Corinna se había montado de gorra en “La Angorrilla” durante cuatro largos años (¡pillines! ¡pillines!) y el soporte que le había prestado el CNI en transporte y vigilancia, junto a otros servicios de protección de la Policía Nacional y la Guardia Civil. De hecho, José Manuel Sánchez Fornet, secretario general del Sindicato Unificado de la Policía (SUP), publicó en su cuenta de Twitter el pasado 26 de febrero que la princesa Corinna era conocida en el CNI como “Ingrid” y que era este servicio secreto del Estado el que tenía más “minutas” (anotaciones en la terminología policial) sobre ella.

El tuit completo rezaba: “El nombre en clave de Corinna de todos los servicios de seguridad era ‘Ingrid’. Hay muchas minutas escritas sobre ello. Del CNI, del que más”. Una afirmación de especial relevancia, porque atribuir al CNI minutas escritas sobre Corinna desvela, cuando menos, que ha sido objeto de seguimiento permanente y que su actividad afecta a la Seguridad del Estado, con independencia de que fuera o no fuera amiga, entrañable o de las otras, del rey Juan Carlos.

Total, que entre preguntas parlamentarias, declaraciones indiscretas, poses glamurosas, comparecencias en comisiones secretas y cotilleos varios, “Corinna-Ingrid” termina saltando desde su novel interpretación como protegida de Pigmalión hasta quitar el puesto de protagonista al mismísimo James Bond en “Casino Royal”. Aunque rayando el estilo “Rocambole”, el ladrón gentilhombre creado por Ponson du Terrail en el siglo XIX como transición entre el folletín de la novela gótica y el héroe moderno de la novela de aventuras, al haberse inmiscuido en el apestoso “caso Noós”, protagonizado estelarmente por el avispado Urdangarin, también conocido graciosamente como “El duque em…Palma…do”.

LOS INDISPENSABLES CAMEOS DE LUJO DEL CINE ESPAÑOL

Como es habitual en el cine español (baste ver las películas de Almodóvar o la serie de “Torrente”, fiel reflejo del actual séptimo arte español), el film “La España Corinnata” cuenta también con los cameos al uso. Pero yendo la historia de lo que va, no podían por menos que ser de verdadero lujo.

Uno bien llamativo, y raro-raro-raro, es el de otra bella dama, Shahpari Zanganeh, tercera esposa del traficante de armas saudí Amr Khashoggi, que arrampla con 134 millones de euros sólo por salir en la foto de la negociación del contrato del AVE de Arabia Saudí (La Meca-Medina), que finalmente fue adjudicado a un consorcio liderado por el empresario español Juan Miguel Villar Mir, otro entrañable amigo del Rey de España. La cifra representa un 2 por 100 del montante final del proyecto, ganada por arte de birlibirloque, porque antes de que esta ilustre comisionista apareciera en escena el contrato ya estaba pre-adjudicado, sin que tampoco se sepa si meterá toda la comisión en caja propia o tendrá que repartir “derramas”, como las que repartía el pillo Francisco Correa en el ilustrativo “caso Gürtel-Bárcenas”.

Lo más mosqueante es que en esta ocasión aparezca la familia Khashoggi, no por ensalmo, sino de la mano de la princesa Corinna, o que la “agente Corinna” se pegue a los Khashoggi como una lapa parasitaria (¿no andará Su Majestad en el apaño?). Lo cierto es que el genuino Amr Khashoggi (conocido en España como Adnan Kashogui) es un antiguo amigo del rey Juan Carlos, aunque quede mal recordarlo porque también pasó por prisión, como otros, ya demasiados, que mantuvieron esa misma relación con Su Majestad.

Khashoggi participó en la empresa pública española ALKANTARA (Al-kantara Iberian Exports Limited), constituida el 6 de julio de 1978 con un capital de 38,7 millones de pesetas y domiciliada en Inglaterra (21 Holborn Viaduct, Londres, S1A2DY), representando al 50 por 100 del capital ostentado por la Triad International Marketing, junto con su cuñado el libanés Abdul Rahman el-Assir, no menos polémico y también íntimo amigo del monarca español  (el INI participaba con un 25 por 100 del capital y FOCOEX con el 25 por 100 restante). El objeto social de ALKANTARA era el “fomento de las exportaciones españolas a países árabes e iberoamericanos, mediante la actuación como consultores de mercado”; dicho llanamente, un “chiringo” para repartir comisiones multimillonarias injustificables en operaciones de compraventa de armas de gobierno a gobierno…

Otro cameo de altura en “La España Corinnata”, no menos llamativo, es el de un antiguo galán del franquismo, Juan Miguel Villar Mir, que aparece capitaneando el megacontrato del AVE La Meca-Medina y al encargo de los delicados arreglos económicos del caso. Y, como es lógico, controlando el reparto de las comisiones, incluidas las que trinca Shahpari Zanganeh, y cuyo destino se supone no lejos de quienes se apuntan en público el éxito de la operación.

El rey Juan Carlos I otorgó a este excepcional figurante (en realidad casi un actor secundario merecedor de un “Premio Goya”) nada menos que el Marquesado de Villar Mir, por “su destacada y dilatada trayectoria al servicio de España y de la Corona” (Real Decreto 137/2011, de 3 de febrero de 2011). Claro está que, a bote pronto, parece que los servicios prestados por el Marqués de Villar Mir a la Corona son bastante más destacados que los prestados a España (realmente desconocidos); y que, puestos a valorar el interés nacional del contrato con Arabia Saudí, quizás Su Majestad debería repartir algunos titulillos nobiliarios que hubiera por ahí tanto a la Zanganeh como a la propia Corinna, porque el día menos pensado el príncipe “Cassi” se casa de verdad y la deja tirada de plebeya total.

Aunque para cameo-cameo, el de “El duque em…Palma…do”, yerno del rey Juan Carlos. Aquí ya se puede perder el analista más avezado, porque hay escenas en las que, como en una buena logia masónica, ya no se sabe quién hace el favor a quién, o dicho en términos más castizos “quién se la mete a quién”.

 
 

“LA ESPAÑA CORINNATA” PONE UNA PICA EN FLANDES 

Lo cierto y verdadero es que el film “La España Corinnata” ha tenido muy buena acogida en la prensa especializada de medio mundo, que difunde anécdotas biográficas de la protagonista verdaderamente apasionadas y apasionantes, siempre mezclada entre aristócratas rendidos a sus pies, esposas despechadas por su encanto personal, jeques árabes, magnates del petróleo, traficantes de armas, ricachones de cualquier calaña, duques “empalmados” y, para compensar tanto pecadillo, tingladillos de corte filantrópico. Entre estos “chiringuitos-pantalla” destaca la ONG Authentics Foundation, que sin el menor rubor se dedica a tareas como la lucha contra las redes de blanqueo de dinero, de narcotráfico y paramilitares o dedicadas a la explotación laboral infantil…

Como ejemplos de este éxito publicitario internacional, en Alemania el “Bild” (periódico europeo de mayor tirada) se preguntaba ingenuamente si la “compañera del Rey” podía costarle el trono al monarca, acompañando sus comentarios con un “pillado” fotográfico de ambos del año 2006 en Stuttgart; mientras el semanario “Bunte” la definía como “la amante del Rey”. Mucho más allá, en Italia, que son más espabilados para las cosas del gineceo, el diario “La Stampa” publicaba con la firma del periodista Gian Antonio Orighi: “En España hay dos reinas: la oficial, Sofía, de 73 años, casada desde 1962 con el rey Juan Carlos; y la oficiosa, la provocante y rubia princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein, de 46, separada y amante desde hace cuatro años del soberano más ‘tombeur de femmes’ de Europa”. 

Claro está, que el guion original de “La España Corinnata” era un tanto obsceno. Por eso, explicándolo al prestigioso y puritano “The New York Times” en 2012, la propia princesa Corinna situaba al rey Juan Carlos en el entorno de las “amistades de familia” y catalogaba su actividad profesional en España como de “asesoría al gobierno español a través de su empresa Apollonia Associates en temas relacionados con Oriente Medio. Lo primero parece que gustó poco a la matriarca de los Borbón y lo segundo fue desmentido por el gobierno y la oposición, por supuesto con la boca bien pequeña y tragando más que las alcantarillas de San Francisco. 

En tono mucho más comedido que el de “La Stampa”, el periodista “de orden” José Antonio Zarzalejos, ex director de ABC, informaba en “El Confidencial” (15/04/2012) de la “estrecha e íntima amistad” del Rey con Corinna, y añadía que el monarca estaba abrumado por “los problemas familiares” y que el “fracaso de su matrimonio con doña Sofía, de la que vive prácticamente separado” era “público y notorio” (Historia de cómo la Corona ha entrado en barrena).

 

El “lío regio”, lío-lío de los buenos, creció ad limitum cuando, en su primera visita al monarca, tres días después de su accidente en Botsuana y de la consiguiente operación de cadera, Doña Sofía solo estuvo 24 minutos en el hospital, desairada con la presencia in situ de la princesa Corinna, en una escena muy de “La Otra” (la fotonovela mexicana producida por Televisa que, tras ser emitida en Estados Unidos con el título The Other Woman, mereció el premio “The Best Telenovela of the Year - 2003”). El periodista Raúl del Pozo, siempre en línea directa con el jefe de los espías españoles (a quién dio clases de Historia durante sus años de escolarización en el pueblo conquense de Uclés), ya se dirigió a la princesa Corinna como “la novia alemana del Rey”, por supuesto “inteligentemente” informado…

Puestos a añadir picantillo a nuestra distendida Newsletter sobre “La España Corinnata”, tendríamos que escribir un verdadero y extenso folletín bien alejado de nuestro interés analista. Por ello, ante lo mucho que podíamos seguir añadiendo, vamos a limitarnos a reproducir el artículo publicado por Federico Jiménez Losantos en “Libertad Digital” (18/04/2012) a propósito de la “disculpas del Rey”:

Qué a gusto nos dejamos tomar el pelo

No es el primer Borbón que se arrepiente en público. Ni el primero que miente arrepintiéndose. Cuando Riego dio el golpe de Cabezas de San Juan con las tropas que debían ir a América a sofocar la rebelión americana y repuso la Constitución de Cádiz, Fernando VII dijo aquello de “marchemos todos, y yo el primero, por la senda constitucional”. Tres años después, con los Cien mil hijos de San Luis, que eran menos y de Napoleón, hacía honor a su compromiso acabando por la fuerza con el fracasado régimen constitucional, ahorcando a Riego y, posteriormente, fusilando a Torrijos, que a diferencia de Riego, tuvo un cuadro histórico que inmortaliza su sacrificio. Ahí está Torrijos en la playa, sin venda, esperando el tiro por la espalda que acabaría con sus penas. Lo vengó Goya en sus retratos del Rey Felón, que volvió a arrepentirse en la sucesión y legó a España una bonita guerra civil.

Un siglo después, Alfonso XIII actualizó el arrepentimiento dinástico en unos términos que podrían haberle servido, tal cual, a su nieto. Al desertar de su puesto en 1931, dejando sola a su mujer y a sus hijos, publicó una nota en la que destaca esta frase: “Un Rey puede equivocarse y sin duda erré yo alguna vez; pero sé bien que nuestra Patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia”. No sabemos si la Patria hubiera perdonado el ‘yerro’ del Rey con la generosidad de los cuerpos sociales amnésicos. Tal vez pensó que votando cuatro veces más a los monárquicos que a los republicanos en unas simples elecciones municipales había hecho bastante.

Ayer, el Rey obedeció a su señor, que no es el Altísimo sino el Bajísimo PSOE, y ofreció las disculpas exigidas por Rubalcaba, el del Faisán. El PP (Partido Pánfilo) “no quería entrar en polémica” ni pedía disculpa alguna, así que la Izquierda ha vuelto a demostrar que manda en la Zarzuela. De ahí el benigno trato a las estafas de Urdangarín y sus secuaces todos. Dicen que Mariano se siente “aliviado” por las disculpas del Rey al PSOE. Alivio suicida. Pero es impostura sobre impostura y engaño sobre engaño. El Rey ha dicho: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No se repetirá”. ¿Pero qué es lo que siente? ¿Que se sepa que caza elefantes, que anda de aquí para allá con Corinna, que se deja invitar por un sirio saudí, que no avisa al Gobierno de lo que hace ni de dónde está? ¿En qué se ha equivocado? ¿En cazar elefantes, en pescar con Corina, en ir en AVE de Medina a La Meca, en hacer lo que le da la gana con sus amigotes de cacería, en dejar recientemente que Corinna compre en Sotheby´s, a tocateja, el collar de esmeraldas de Aline Griffth, por un cuarto de millón de euros? No sabemos lo que siente ni en qué se ha equivocado, ¿cómo no se va a repetir esa sarta de escándalos si no nos dice de qué se arrepiente?

Ahora bien, como tenemos una sociedad de bambis apenada por dumbos, los mismos que le pedían explicaciones resulta que estaban locos porque fingiera que se las daba y lo han perdonado con entusiasmo. ¿Pero qué le perdonan, si no sabemos de qué se lamenta? ¿Qué le aplauden? Eso sí está claro: el gesto de sumisión al PSOE, que ha sellado la ruina moral, no material, de la Corona en las últimas décadas. El pueblo español, generoso cuando debería ser severo, lo perdona de mil amores. ¿De qué lo perdona? De lo que sea. Nos encanta que nos tomen el pelo. Y así nos luce.

DE LA POLÍTICA DE ALCOBA AL PODER ENTRE SÁBANAS

Con todo, y sabiendo que en España los pecados que se cometen “de cintura para abajo” tienen poca condena social (muchos españoles admiran al Rey por ser un “crack” en la materia), y que todo el mundo tiene asumido el popular refrán celtibérico de que “tiran más dos tetas que los bueyes de dos carretas”, poco queda por decir y mucho menos por hacer.

Lo que muestra en realidad nuestro resumido guion-repaso de “La España Corinnata”, es que la monarquía borbónica mantiene su afición genética a la política de bouduar que alcanzó su mayor esplendor en Francia tras el reinado de Luis XIV, llamado “El Rey Sol” o “Luis el Grande”. Precisamente, gracias a la amante de Luis XV, Madame de Pompadour, y su “gabinete negro”; es decir, de la mano de la Corinna del momento. En el libro de Diego Camacho y Fernando J. Muniesa “La España Otorgada” (Anroart Ediciones 2005), los autores, tras elogiar el sistema de información del Estado establecido en el reinado de Luis XIV, escriben:

Con su sucesor, Luis XV, el sistema entra en crisis al propiciarse el favoritismo y descuidarse el control de la eficacia y de la lealtad. El “gabinete negro” de madame De Pompadour será todopoderoso en la corte y capitalizará el poder del rey pero sin su control personal, sirviendo antes a los intereses de quienes lo integran que al del propio monarca, que ostenta la soberanía y es a quien hay que servir en un régimen absolutista. Con Luis XV se pondrán los cimientos del edificio revolucionario que estalla en el reinado siguiente, consolidando la ruina de la dinastía borbónica con el desconocimiento que se tiene en Versalles de la realidad vital parisina. Días antes de la toma de la Bastilla, y después de un invierno especialmente cruel, María Antonieta y sus cortesanos se deslizaban en trineos por los jardines de Versalles, utilizando harina como nieve. El eficaz sistema organizado por Luis XIV se había perdido, dando paso a otro útil, sobre todo, para acoger a tipos oportunistas y hábiles que terminarían propiciando el derrumbe del régimen absolutista.

A continuación, en esas mismas páginas se destaca que la llegada de los Borbón a España significa la aceptación definitiva de su papel internacional como potencia de segundo orden y la admisión de la tutela francesa en la política exterior, con la excepción de algún breve periodo de tendencia anglófila. Esa subordinación a Versalles hace que no exista un campo informativo autónomo y que se esté más pendiente de las directrices que llegan de la corte francesa que de articular un sistema para proteger los intereses del reino como es debido.

De hecho, durante el absolutismo monárquico adquiere gran importancia en toda Europa conocer lo que se gesta en la corte, antes que lo que se vive en la calle, aunque cuando la inquietud ciudadana crezca en dimensión e importancia política, el país entre en la revolución. Por eso, la acción directa o indirecta de información se oriente esencialmente hacia los soberanos y hacia su entorno de influencias

Entonces -prosigue el mismo texto-, los métodos empleados para obtener información de calidad se basan, sobre todo, en la corrupción de la corte. El soborno era algo tan natural como en época más actual lo serán los “comisionistas”, llegándose a emplear todos los medios imaginables para obtener el apoyo del favorito de turno y, si ello no era posible, para maquinar su sustitución, haciéndole perder el apoyo real. Es un momento cumbre del espionaje y la diplomacia de boudoir, que consiste en alcanzar un grado de intimidad con el soberano suficiente como para servirse de él y lograr que tome decisiones acordes con las intenciones del rival, del aliado y de personas o grupos ajenos a los intereses generales del reino, para quienes, en definitiva, se termina trabajando.

Y se concluye con una consideración perfectamente aplicable hoy a la bochornosa realidad de “La España Corinnata”:

Al fin y al cabo, tampoco el entorno real se sustraería, entonces como después, a la conflictividad de las pasiones humanas. Aún más, quizás no sea gratuito recordar al respecto la frase recogida por Ángel Ossorio y Gallardo en relación con el pensamiento de Francesc Cambó: “Los regímenes políticos no se derrumban ni perecen por el ataque de sus adversarios, sino por la aflicción y el alejamiento de los que deberían sostenerlos”. En nuestros días, el ex jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, precisaría con mayor adecuación esta misma realidad al periodista Manuel Soriano [en su libro “Sabino Fernández Campo – La sombra del Rey”]: “Las monarquías no caen por los republicanos, sino por su propia obra”.

Esto es lo que hoy hay en España. Para vergüenza propia y ajena.

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