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El pasado 31 de marzo, nos desayunamos con una entrevista concedida al diario “El Mundo” por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, que no dejó de sorprender a propios y extraños, porque el jefe de la diplomacia española no se pronunciaba en ella precisamente sobre temas relativos a su cargo. En ese terreno propio, sólo confirmó, y apenas de refilón, las dos reuniones que había mantenido con la avispada Corinna zu Sayn-Wittgenstein (la entrañable amiga del rey Juan Carlos) para pedirle que mediara peregrinamente en Abu Dabi para calmar a los inversores árabes por el malestar que les producía la reducción de primas en las energías renovables ¿¿??: un cuento digno de incluirse en la fantástica recopilación de “Las mil y una noches”, quizás con el título de “Corinna y la lámpara maravillosa”.

Aparcando lo suyo y de repente entrometido en lo de otros, García-Margallo se adentró en el delicado mundo de la organización territorial de España, proponiendo nada menos que la revisión del Estado de las Autonomías y de su sistema de financiación, con criterios basados en la corresponsabilidad fiscal y los precios públicos. De hecho, la entrevista de marras se terminó titulando “Las comunidades deben gestionar sus impuestos como los conciertos forales” (García-Margallo dixit); lo que no deja de anunciar un nuevo “café para todos” autonómico, que traerá cola y de la grande. 

¿ESTAMOS ANTE UNA INMEDIATA REMODELACIÓN DEL GOBIERNO?

En sus declaraciones, el actual ministro de Exteriores ejerció de perfecto vicepresidente de Economía (cargo hasta ahora torpemente asumido de facto por el propio Rajoy), o cuando menos de ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, lo que, para empezar, apuntaría hacia una próxima remodelación del Gobierno en la que el actual titular de esa cartera, Cristóbal Montoro, podría abandonar el Consejo de Ministros, prácticamente por la puerta de atrás, o verse degradado en el mejor de los casos con otro mando político por encima que le distanciara del presidente Rajoy. Porque asignar otra alta responsabilidad gubernamental a este excéntrico personaje, convertido en un contumaz émulo del “Profesor Chiflado”, sería algo demasiado risible.

Por otra parte, se podría pensar que la entrevista estaba pactada (incluso con el propio Montoro), porque, de no ser así, nadie entendería que los avezados periodistas que entrevistaron a García-Margallo iniciaran su conversación tocando temas tan alejados de su competencia, con cinco preguntas que, hoy por hoy, deberían dirigirse claramente a otro ministro del Gobierno. 

Vean nuestros lectores el inicio de la entrevista en cuestión y saquen sus propias conclusiones al respecto:  

Pregunta.- Algunas comunidades están exigiendo una mejor financiación autonómica. ¿Considera justa la reivindicación?

Respuesta.- El modelo caduca el 31 de diciembre de 2013 y el Gobierno ya cuenta con varios estudios. En primer lugar, el Instituto de Estudios Fiscales, que es el ‘think tank’ del Ministerio de Hacienda, está ultimando las balanzas fiscales. Y en segundo lugar, y mucho más importante, tenemos datos que nos permiten conocer con exactitud el coste de algunos servicios para avanzar hacia un modelo mucho más exacto y más justo.

P.- Está pendiente de aprobación un nuevo plan de pago a proveedores. ¿Se va a activar ya? El Gobierno está colocando bien su deuda.

R.- Está colocando bien su deuda, relativamente. Estamos 350 puntos por encima de la financiación del bono alemán. El problema de la deuda es que se contempla de manera estrecha y equivocada. La prima se traduce en que nuestras empresas soportan costes cinco puntos superiores a los que tienen las alemanas. Esto lo he dicho siempre en Europa. Es la mayor distorsión a la competencia que yo he conocido nunca.

P.- Conociendo el coste en la prestación de cada servicio, ¿el Gobierno volverá a calcular las transferencias en sanidad o educación para cada región?

R.- No es sólo un problema del cálculo de las transferencias. Un modelo necesita decisiones políticas. ¿Cuáles son los servicios básicos que estamos dispuestos a financiar? ¿Una televisión autonómica es un servicio esencial que debe costear toda la nación? Yo creo que la idea central -es una propuesta personal mía y expuesta, por cierto, en un libro que escribí en 1996- es que la Administración central debe reservarse los grandes impuestos que afectan al mercado interior: Impuesto sobre Sociedades e IVA. Con estos ingresos financiar los servicios que el Estado sigue prestando y dejar el resto de impuestos al arbitrio de cada autonomía. Eso es la corresponsabilidad fiscal. No es tanto transferir agua como dejarles que exploten sus propios pozos. Además, debería implantarse una figura que podría ser fundamental en el futuro: los precios públicos. Aquí nos hemos obsesionado en discutir el copago sanitario, pero los laboristas británicos debaten la posibilidad de establecer tasas en las autovías en función de lo que contaminen los coches y de las horas a las que transiten. ¿Qué ventaja tiene este sistema? De alguna manera, se alcanza un resultado muy parecido a los conciertos de los territorios forales.

P.-Pero esto es una verdadera revolución. Un nuevo modelo de Estado.

R.- Es un nuevo modelo de financiación. En el tema de las autonomías, de la estructura territorial, las circunstancias han cambiado radicalmente. Han pasado 30 años y ya tenemos una experiencia, formamos parte de la UE y se ha producido una auténtica revolución en el escenario económico mundial y en el terreno de las ideas. La caída de Lehman Brothers en 2007 es una fecha tan importante como 1929 o 1973. En ese mundo nuevo, es obvio que la organización territorial del Estado es uno de los aspectos que hay que considerar.

P.- ¿El nuevo sistema de financiación cuándo comenzará a aplicarse?

R.- El 1 de enero de 2014.

(…)

Conviene saber que García-Margallo no es diplomático, sino abogado con oposición ganada en 1968 como Inspector Técnico Fiscal del Estado y que, como tal, ocupó el cargo de jefe del Servicio de Estudios y Programación de la Secretaría General Técnica del Ministerio de Hacienda (1974). Además,  a lo largo de su extensa actividad parlamentaria, en el Congreso de los Diputados ejerció de portavoz de Economía y Hacienda en tres legislaturas, primero con el PDP (1986-89) y después con el PP (1989-94), mientras que en el Parlamento Europeo (1994-2011) fue vicepresidente de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios y presidente del Intergrupo de Servicios Financieros. Aparte de ser íntimo amigo del “cuñadísimo” de Rajoy, el hoy eurodiputado Francisco José Millán Mon: un dato decisivo para superar el enfermizo recelo presidencial sobre sus colaboradores más cercanos y poder acceder al búnker marianista de La Moncloa…

Pero el soterrado alboroto dentro del gallinero del Gobierno, no queda ahí. Otro ministro que revolotea por los medios informativos sin más “ton ni son” que el de la autopromoción ante los ojos del “Jefe Rajoy”, es el titular de Interior, Jorge Fernández Díaz, acongojado por la sentencia que a no tardar, quizás este mismo mes de abril, dictará el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de Estrasburgo sobre la denominada “doctrina Parot”, que puede conllevar la excarcelación más o menos inmediata de 60 terroristas de ETA. Muchos de ellos son los más sanguinarios de la banda y en su historial criminal cuentan con múltiples víctimas y con condenas de más de mil años de cárcel.

Un impasse verdaderamente preocupante, porque la puesta en libertad de etarras tan sanguinarios como la propia Inés del Río, Henri Parot, Santiago Arrospide Sarasola (“Santi Potros”), los hermanos Domingo y Antonio Troitiño Arranz, Antonio López Ruiz (“Kubati”), Iñaki Arakama Mendía (“Makario”) o Pedro Etxeberría Lete, tendría consecuencias de enorme alcance para alentar las aspiraciones independentistas en el País Vasco y reavivar las protestas de las víctimas del terrorismo, heridas de nuevo en su memoria y dignidad más esenciales.  

A ello hay que añadir la deriva que pueda tomar la práctica del “escrache” de los afectados por los desahucios y el “escándalo de las preferentes”, con amenaza de contagio a las bases sociales desempleadas y en general a todos los españoles indignados con la corrupción política, que son varios millones, tanto por su incidencia en la seguridad pública como en lo tocante a la más que deteriorada imagen del Gobierno y del partido que le sustenta. De momento, la pretensión del ministro Fernández Díaz de que la Policía proceda a “identificar” a todos los que intervengan en ese tipo de protestas, sin que exista infracción alguna, ya ha generado un primer rechazo frontal en los sindicatos de los Cuerpos de la Seguridad del Estado.

Paréntesis: En este delicado tema, si el Gobierno y el conjunto de la clase política no quieren terminar de apuntillar el sistema democrático, tendrán que valorar de forma cuidadosa hasta donde llevan sus críticas contra el “escrache”, a quienes de los que protestan y contra los que se protesta se señala como auténticos facinerosos y en qué lado del problema se sitúan realmente las “cruces gamadas”. A nadie se le escapa que la mejor forma de combatir el fenómeno no es criticarlo, sino evitar o limitar las causas que lo provocan, y que enterrar la verdad o tratar de ahogar las libertades públicas son prácticas ciertamente procelosas.

Pero en el revuelo (aun contenido) de una eventual remoción de ministros, no hay que olvidar a otros miembros del Ejecutivo claramente merecedores de un cese inminente: Ana Mato, por su relación con la “trama Gürtel”, y Alberto Ruiz-Gallardón, el dirigente del PP más odiado por la propia derecha española.

Éste se encuentra enfrentado, de forma grave e irreversible, con el estamento judicial, a punto de ser imputado en el “caso Nóos” (sobre todo cuando ya lo ha sido la Infanta Cristina) y señalado por algún analista informado como filtrador a la prensa de “los papeles de Bárcenas” (a pesar de la campaña desatada para atribuir ese papel al ex diputado del PP Jorge Trias Sagnier, buen conocedor del “caso Gürtel”), e incluso como posible instigador de la también desleal campaña de descrédito contra el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. Un ataque prendido con alfileres a cuenta de una antigua relación de amistad con el narcotraficante Marcial Dorado, sin más objeto que destruir su carrera como sucesor in pectore de Mariano Rajoy.

Sabido es el poco aprecio que las bases y el aparato del PP tienen por Alberto Ruiz-Gallardón, al que consideran un ambicioso sin más posibilidad de sustituir a Rajoy que por vía de la intriga y de una eventual “ingeniería” política amañada con el PSOE en el marco de una hecatombe nacional, jugando a ser “el Monti español”; es decir, un híbrido entre “traidor” y “dinamitero” al que cada vez se la van jurando más y más dirigentes populares. Quizás ese clima haya llegado a su límite con el “caso Feijóo”, sin duda muy considerado en el PP y en efecto un “hombre de Rajoy”, si no su “delfín”, que bien podría ser el detonante de la defenestración política del torpe y repudiado ministro al que la aguerrida Esperanza Aguirre señalaba íntima y cariñosamente como “el hijoputa”.

En ese mismo contexto de remodelación del Gobierno, Fátima Báñez y José Ignacio Wert, marcados por una pésima gestión ministerial, también deben andar intranquilos y pendientes de un cese más que natural. Aunque nadie discuta el poco interés del presidente Rajoy por modificar las situaciones establecidas y reconducir sus errores políticos.

Incluso Pedro Morenés, aplicado en la cartera de Defensa, que dada la disciplina y jerarquización de las Fuerzas Armadas no deja de ser la más tranquila del Gobierno, también se encuentra en permanente “campaña personal”, haciendo valer ante Rajoy los buenos resultados del drástico plan de ajuste económico que soporta su ministerio, sin quererse ver afectado por las reacciones “patrióticas” que puedan sobrevenir ante el avance del secesionismo. Un ministro tipo “florero” todavía sin quemar, que podría permanecer en su puesto o trasladarse, por ejemplo, al ministerio del Interior que dejaría libre un Fernández Díaz reconvertido en embajador ante la Santa Sede o ante los pingüinos de la Antártida, donde podría seguir “pisando charcos” sin mayor problema político.

En definitiva, un marco de remodelación conveniente y latente desde hace tiempo en el que también algunos ministros “cumplidores”, como Miguel Arias Cañete y Ana Pastor, podrían adquirir mayor relevancia, oxigenando un poco la nefasta acción del Gobierno y ganando “tiempos muertos” hasta que aparezca de verdad algún síntoma de recuperación económica, cosa que está por ver.

RAJOY, HACIA UNA REMOCIÓN AUTONÓMICA ANTIPATRIOTA

Convencido Rajoy, y sólo él, de que “España es un país limpio” y que en el 2014 (apenas a ocho meses vista) “se comenzará a crear empleo”, que son dos chorradas gratuitas y hasta ridículas lanzadas el pasado 3 de abril ante la Junta Directiva Nacional del PP, parece que la esperada remodelación del Consejo de Ministros serviría para afrontar con caras nuevas los problemas de corte institucional más acuciantes del país, empezando por el del secesionismo catalán. Porque, erradas las torpes valoraciones previas de unos y otros sobre el tema, parece claro que la cuestión catalana necesita una atención urgente.

El príncipe Felipe, futuro rey de España, dijo no hace mucho tiempo que “Cataluña no es el problema” y se quedó tan pancho. Como flamante presidente del Consejo de Estado, confundiendo su deseo personal con una verdad histórica, José Ramón Romay afirmó más o menos a la par: “No hace falta hacer ninguna ley sobre la familia real. La Corona está muy bien”. Y Mariano Rajoy sostuvo a continuación, evidentemente sin saber lo que decía, aquello de que la “Declaración de soberanía y del derecho a decidir del pueblo de Cataluña” aprobada por su Parlamento, “no tenía efectos jurídicos”

Después, el Consejo de Ministros anunciaría la impugnación de la resolución que aprobó la declaración de marras, apoyándose en un innecesario y no vinculante dictamen del Consejo de Estado que la tacha de inconstitucional, porque declara la soberanía del pueblo catalán y acuerda la iniciación de un procedimiento para hacerla efectiva. Pero, eso y más, agua de borrajas.

El secesionismo catalán sigue su curso (con el vasco a punto de caramelo) y, claro está, algo se debe hacer para evitarlo. Cada gobierno es muy libre de elegir el camino que considere más adecuado para ello y Rajoy parece haber elegido el suyo, acorde con su personalidad, temperamento, cabeza política y todo lo que se le quiera poner encima: el camino antipatriota del nuevo “café para todos”, que, más que traer cola, que desde luego la traerá, apunta directamente al desiderátum final del Estado español. Atentos al caso, porque es de órdago a la grande.

Rajoy parece haber hecho suyo (ahí está la reforma del Estado de las Autonomías anunciada por García-Margallo basada en “conciertos forales para todos”) el “Delenda est Carthago” con el que Marco Porcio Catón (Catón el Viejo) concluía todos sus discursos en el Senado romano durante los últimos años de las Guerras Púnicas, que también tuvieron su origen en conflictos de dominio territorial. De hecho, la expresión se utiliza para identificar una idea fija que se persigue sin descanso hasta que se ve realizada; pero con la triste salvedad de que si entonces Roma terminó destruyendo Cartago, el camino apuntado por Rajoy terminará destruyendo España.

En estas mismas Newsletters apoyamos, al principio de la legislatura, el mandato mayoritario otorgado a Rajoy en las urnas para afrontar las reformas necesarias en el contexto de la crisis económica y política del momento. Pero el análisis objetivo de la realidad subsiguiente, obligó en primer lugar a cuestionar seriamente la capacidad de su gobierno, después a advertir que caminaba por la misma senda de inoperancia por la que había transitado Rodríguez Zapatero y, finalmente, a denunciar su nirvana político, ensimismado, entre otras cosas, en papar moscas y lametearle los pies a “frau Merkel”…

Y ahora resulta que, tras haber declarado el propio Aznar urbi et orbi que él mismo había llegado al límite de las transferencias competenciales, es decir a su máxima consumación, y denunciar los posteriores excesos de Zapatero al respecto, viene el espabilado registrador de la propiedad pontevedrés, toma carrerilla y supera la deslealtad institucional de ambos (en realidad el límite más que adecuado ya lo había marcado Felipe González). Porque lo que el presidente del Gobierno ha ofrecido finalmente a Artur Mas en sus “entrevistas secretas” (que desde luego se las traen) es el mismo concierto económico “al alza” que le negó antes de que éste convocara las elecciones anticipadas que derivaron en la eclosión del secesionismo.

El problema inmediato es que, como era previsible, el resto de las gobiernos autonómicos han exigido las garantía de igualdad de trato que establece la Constitución, llevando al consabido “conciertos para todos” cediendo a las autonomías la gestión plena del IRPF (la solución publicitada por García-Margallo a modo de “sonda” política). Por supuesto con el riesgo evidente de que saqueen las recaudaciones como han saqueado sus presupuestos y las Cajas de Ahorro.

Una remoción antipatriótica del agotado Estado de las Autonomías que, de consumarse, conducirá a su vez a nuevas exigencias “asimétricas” por parte de las mal llamadas “históricas”. Y vuelta a empezar…

Este pobre y torpe juego político, más allá de reconfirmar la poca talla de estadista que tiene el actual presidente del Gobierno (más o menos la misma de ZP, que ya es decir), vendría a imputarle una condición de malversador del Estado español mucho más grave de lo que él y quienes le acompañen en esa desgraciada aventura puedan suponer. Incluida la Corona, que debería arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones y no lo hace (que esa es otra).

Esto es lo que intuimos que cocina Rajoy y lo que parece avecinarse en el curso de este mismo año, sólo por la soberbia de un político de segunda clase venido a más gracias al descalabro nacional que supuso el tránsito de ZP por la presidencia del Gobierno. Atrincherado en permanente “oídos sordos” ante las mil y una recomendaciones informadas que le llegan desde dentro y fuera del PP para que acometa, con esa mayoría parlamentaria de la que tanto presume y tan torpemente está despreciando, las reformas institucionales hoy imprescindibles para salir de la crisis económica y, algo todavía mucho más trascendente, de la grave crisis política que de forma irremisible nos está llevando al “Delenda est Hispania”.

PERO ¿QUIÉN TIENE MANÍA PERSECUTORIA CONTRA RAJOY?

En nuestra Newsletter recogemos de forma habitual algunas opiniones ajenas relacionadas con los temas en discusión. Hoy no queremos prescindir de esa práctica, sobre todo para dejar claro que nuestras insistentes críticas al presidente Rajoy no devienen de manía persecutoria alguna, sino que son compartidas por muchos articulistas que no cabe catalogar de anarquistas y ni siquiera de transgresores. Analistas y líderes de opinión que, cuanto antes y como toda persona con dos dedos de frente, aplaudirían también, como nosotros mismos, cualquier decisión política razonable que pueda tomar Rajoy en el verdadero interés de los gobernados y no sólo en favor de la clase política y las oligarquías dominantes.

Así, tomando el diario “El Mundo” como referencia plausible de un medio informativo no precisamente antisistema, en su edición del pasado 2 de abril se incluye un artículo de opinión, titulado “El Mudo”, bien afinado sobre la inoperancia gubernamental que nosotros mismos mantenemos. En él, Antonio Lucas escribe:

En su viaje a ninguna parte, Mariano Rajoy sigue creyendo que aquellos que en las últimas elecciones le votaron depositaban en él su esperanza, cuando lo que la mayoría desovó en las urnas fue el principio de un desconcierto. El arpegio de una desesperación. Esta mala percepción de sí mismo le ha perdido hasta dejarlo ajeno al mundo. Algo así como un trasto que ha decidido callar. Un ser encumbrado como el más afásico de los inquilinos que antes ocuparon el batiscafo de Moncloa. Hay hombres que deciden no hablar por no tener que explicarse. Creen que el silencio deja una estela de honor tardío, aunque provenga de la nulidad.

Rajoy no siente la obligación de dar razones porque esto que ahora sucede dejó de interesarle en la misma madrugada de su debut, cuando aquel salto de la rana en el balcón de Génova tras el triunfo a la tercera. Él, con ganar, había cumplido... Entonces ya se dejó ver como un señor que no estaba.

Un presidente del Gobierno que confunde su mudez impotente con la revalorización del cargo suele destilar un eco prematuro de antepasado. De difunto que aún respira. En Rajoy no hay líder, sino un burócrata a control remoto que se activa con dos palmadas alemanas. Un mal actor, a lo David Hasselhoff, que cuando le toca pilotar la nave resuelve su “vocación de servicio” (¡cursi!) con un lacónico: “Kid, conduce tú”. Y así nos va.

Hasta ahora sabíamos que los presidentes suelen acabar sus días presidenciales agachapados en un búnker interior, pero no intuimos que se podía empezar en el oficio ya bunkerizado. Rajoy es un pionero. A este gallego presuntamente sereno le gana la impaciencia de los abúlicos, que es lo que sucede con aquellos que no creen en lo que hacen. Y de ahí viene mi sospecha: creo que se la sudamos muchísimo. Cada silencio suyo es una declaración de indiferencia. Está al resguardo de un vallado de ministros que sonrojan mayormente. Y así se va remachando este país como un acto fallido, como otra cosecha perdida de generaciones.

Mariano Rajoy es uno de esos fracasos que encierran algunos falsos triunfos muy intentados. No lo digo por nada en concreto, sino por todo en conjunto. A España la están llevando en andas al crematorio entre los inútiles, los corruptos, los codiciosos, el Monarca y toda esa saga/fuga del mocasín a la que el presidente observa asustado con un lancero tras los visillos, como si no fuera con él. Eso no es gobernar, sino cobardear. Pues aún hay algo peor en un político que hacerse el mudo: fingirse, por miedo, sordo. Y ahora qué. 

Y por si las impresiones de Antonio Lucas, uno entre tantos, no  estuvieran claras, Lucía Méndez remacha en otro artículo publicado en el mismo medio y en la misma fecha, titulado “Sin palabras y sin esperanza”, lo siguiente:

(…) El PP ha perdido la palabra y la esperanza, encerrándose en el silencio de sus sedes vacías. No queda rastro de su prestigio como buen gestor de la economía y la honorabilidad de sus dineros está en manos de la Audiencia Nacional. Cercado por todos los problemas posibles -la crisis que no cesa, los desahucios, los ERE, la corrupción- el PP guarda silencio porque no sabe qué decir. Ni sabe cómo explicar que su tesorero tuviera 38 millones en Suiza ni acierta a dar razón y sentido a esos 400.000 españoles que irán al paro este año. El PP no se había preparado para esto y aparece ante los ciudadanos como un partido desnortado cuyos dirigentes se limitan a tirar de argumentario cuando deben dar cuentas ante la opinión pública.

Los partidos suelen mimetizarse con el líder. Se vuelven hacia él como los girasoles hacia el sol, de donde les viene la vida. El PP aprendió a interpretar los silencios de Aznar. Cuando Mariano Rajoy fue elegido líder, sus conocidos ya advirtieron: “Si creíais que Aznar no hablaba, ahora os vais a enterar de lo que es un tío que no habla”. Se enteraron, en efecto, y ya se han acostumbrado. El PP ni se molesta en interpretar los silencios, ni las ausencias, ni los vacíos de su presidente. Los asume con fatalismo y sin rechistar. Cuando reaparece, le aplauden y en paz.

Los dirigentes del PP, por lo menos la mayoría, no son tontos. Saben, sobre todo los que viven en casas sin blindaje ni vigilancia ni muros ni garitas, que la gente les ha dado la espalda y que carecen de capacidad para paliar el inmenso dolor que la crisis está causando en la sociedad. No saben qué hacer, ni qué decir, ni con qué cara presentarse delante de sus vecinos. Sólo pueden cenar con los amigos con la condición de no hablar de política. De otro modo, prefieren quedarse en casa, desde donde siguen oyendo el incesante rumor de la calle…

Quede claro, pues, que nuestros análisis y comentarios se sujetan siempre, con mayor o menor crudeza expositiva, a la realidad de los hechos, bien alejados de cualquier tendenciosidad o aversión personal contra nadie. Un compromiso informativo que, por supuesto, también mantenemos en relación con la Corona, que se tiene bien ganado a pulso el diluvio, más que el chaparrón, que le está cayendo encima.

COLOFÓN: LA IMPUTACIÓN JUDICIAL DE LA INFANTA CRISTINA

Este es otro tema que, por muy inconveniente que pueda ser, se ha venido cociendo en su propio jugo; es decir, por obra y gracia de la propia Corona. Al Rey ya se le perdonó con gran generosidad y sentido de la prudencia, y una “vista gorda” sin precedentes históricos, la chafarrinada del 23-F (nada comparable con lo de tirotear a “Dumbo” en Botsuana); y dejémoslo aquí porque, más o menos conforme todo el mundo en la superación de aquel triste suceso, y en que pagaran los platos rotos quienes los pagaron, justa o injustamente, para nada vale tratar de mover el molino con agua pasada.

Pero es que, a partir de ahí, de que entonces “el Rey salvara la democracia” según se ha terminado imponiendo en la falsa historia de España, la Corona pensó que el país era, efectivamente, el “reino de Jauja”, poniéndoselo por montera.

Su Majestad se granjeó el aprecio de los españoles, pero no precisamente por las virtudes y exigencias propias de la institución monárquica, sino más bien por su campechanía personal (dentro de lo que cabe) y por la imagen de singularidad y de “prestancia” que aportaba a España en el ámbito internacional; algo que, sin ser despreciable, tampoco se puede decir que fuera lo esencial ni suficiente. El exceso de “discrecionalidad” en muchas de sus actividades y decisiones, que no viene al caso enumerar, y su continua pasividad como Jefe del Estado ante el progresivo deterioro de la política y las instituciones públicas, que no ha dejado de chocar con dedicaciones más frívolas y con una corte de amigos indeseables y de asesores tan serviles como inútiles, prescindiendo de quienes con el mayor rigor y lealtad fueron los valedores de la Corona, es bien elocuente al respecto…

Con todo, la imputación judicial de la infanta Cristina en el caso que está destruyendo civilmente a su esposo Iñaki Urdangarin, duque de Palma y un miembro más de la Familia Real (su exclusión “a egregia conveniencia” no deja de ser cosa de opereta), es un acto más de una tragicomedia con final anticipado desde hace tiempo, una deriva natural coherente con toda una línea de actuación a la que ya quedan pocos pasos por dar, y que marca el ingente pedaleo en “cuesta arriba” al que tendrá que aplicarse el Heredero de la Corona (los demás yo no cuentan) si se encuentra con ánimo para salvar la maltrecha institución monárquica, cosa que está por ver.

Desde luego, el tratamiento que el Rey y los inútiles asesores áulicos de La Zarzuela están dando al “caso Urdangarin”, en la fase implicatoria de la infanta Cristina, que por razones de estricta justicia se veía venir de lejos, ayuda muy poco (por no decir que lastra) tan respetable fin. Esperemos que Miguel Roca (político antes que abogado experimentado en causas penales), curiosamente seleccionado para liderar tan trascendente defensa jurídica, tenga más éxito en esa delicada tarea del que tuvo al frente de la fracasada “Operación Reformista”. Porque, para que termine ayudado por un auténtico penalista, como parece que va a suceder, no se entiende necesario pasar por su extraña intermediación.

En fin, la estupidez de la corte de palanganeros reales empeñados a estas alturas de la historia en arremeter contra el juez Castro; proclamar la enorme sorpresa que les produce su impecable auto; aplaudir el recurso del fiscal del caso como si fuera San Jorge combatiendo al Maligno; protestar porque a la infanta Cristina se la trate de “imputada” (que lo es y aún con mayor razón que Ana María Tejeiro, la esposa del Diego Torres que “podía cargarse la Monarquía”) y tenga que entrar en el Juzgado por donde y como entran los demás mortales, y en tantas sandeces más, sin nada que ver con la sustancia de los hechos ni con la inteligencia de su solución, solo conduce a una cosa: al despego social de la Corona y a fabricar republicanos como churros. Con su pan se lo coman.

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