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Los aficionados al cine habrán captado que el título de esta Newsletter se inspira en el de una revulsiva película antibelicista y de apoyo a la eutanasia de Dalton Trumbo (Johnny cogió su fusil), laureada en el Festival de Cannes de 1971 con el Gran Premio Especial del Jurado y el premio de la FIPRESCI (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica).

En ella, un joven combatiente de la I Guerra Mundial despierta totalmente confuso en un hospital en el que tendrá que quedar confinado de por vida, ciego, sordomudo y con las piernas y los brazos amputados por efecto de una explosión soportada en el frente. Al principio no es consciente de lo que le ha sucedido y en qué lamentable condición se encuentra, pero poco a poco comienza a darse cuenta…, llevando al espectador al límite en el que se separan la vida y la muerte, exprimiendo la afectividad humana hasta la extenuación, ante la visión de un simple armazón de tela blanca sobre una cama sanitaria.

Pregunta: ¿Hay alguna relación entre los restos humanos de Johnny y la senda de autodestrucción por la que parece caminar España…?

Sea como fuere, el parangón del título viene a cuento de las combativas declaraciones del ex presidente Aznar en la entrevista que concedió a Antena 3 el pasado 2 de mayo, planteando una ‘enmienda a la totalidad’ de la política del Gobierno al exigir una bajada de los impuestos “ahora”, que se cumpla tal cual el programa electoral del PP y, claro está, poniendo en tela de juicio el liderazgo interno del PP. Aunque esta especie de analogía podría “ser acertada (o no)”: la simplicísima fórmula de expresión con la que Rajoy acostumbra a ironizar, cada vez con menos gracia.

“VAMOS, MARIANO, ALÉGRAME EL DÍA…”

Porque la verdad es que todavía no sabemos si el fusil con el que Aznar ha reaparecido en el teatro de la política, es el de Gila (que disparaba balas de madera porque las de verdad eran caras y hacían ‘pupa’), el de los soldados portugueses de la revolución del 25 de abril de 1974 (que ensartaban claveles en sus bocas de fuego como símbolo de que no iban a disparar) o el de mira telescópica y alta precisión con el que los francotiradores de élite abaten de forma irremisible a sus objetivos más precisos (sin daños colaterales).

Si este último fuera el caso, recordemos el duelo que el soldado ruso Vassili Zaitsev (papel interpretado por Jude Law) mantiene con el mayor König (Ed Harris) del VI Ejército de la Wehrmacht hitleriana en Enemigo a las puertas (2001), la original película de Jean-Jacques Annaud que narra el fracasado asedio de las tropas alemanas a la ciudad de Stalingrado en 1942, con la estética dramática del mejor western norteamericano. Una cita textual del film, que los posibles émulos de la situación (¿Aznar y Rajoy?) deberían tener bien presente, reza: “Un héroe nunca elige su destino. Su destino lo elige a él”

Pero también puede que el arma con la que Aznar se termine enfrentando a Rajoy en su particular duelo político, sea una escopeta ‘maraburros’ como la que usaba Jim Malone (Sean Connery) en la película dirigida por Brian De Palma Los intocables de Eliot Ness (1987), capaz de dejar hecho un colador a quien se pusiera por delante sin necesidad de afinar mucho la puntería. O, peor todavía, el Smith & Wesson 29, con cañón de 214 mm y munición del calibre .44 Magnum, amigo inseparable del inspector Harry Callahan (Clint Eastwood) en Harry el Sucio (1971), celebrado thriller policiaco de Don Siegel que derivó en la producción de cuatro secuelas.

¿Se imaginan a un Harry ‘el Sucio’ Callahan disfrazado de José María Aznar, apuntando a la cabeza de Mariano Rajoy con un revolver que puede tumbar a un bisonte y susurrándole con rechinar de dientes: “Vamos, alégrame el día…”? Lo que cuesta más trabajo es visualizar una escena similar pero con los papeles cambiados, en la que un Rajoy ‘blandiblú’ engatilla un descomunal SW 29 a cañón tocante sobre la cabeza de Aznar, mientras le masculla en la oreja: “¿No crees que deberías pensar que eres afortunado…?

En cualquier caso, la cuestión importante desde una perspectiva analítica  es saber no sólo cómo se arma el personaje, sino, sobre todo, cuál es su propósito (noble y libertador, vengativo, chantajista…) y si puede sobrevivir o no al duelo que plantea (con un objetivo plausible o con uno utópico).

Dicho de otra forma, lo definitivo, porque ahí está la clave de la valoración, es calibrar si estamos o no, por ejemplo, ante un guerrero jedi de Star Wars (la opereta galáctica lanzada por George Lucas en 1977). O, acaso, ante un mercenario de buen corazón y gatillo ligero, como el Chris Adams (Yul Brynner) que comanda la tropa de aventureros enfrentada al sanguinario ‘Calvera’ (Eli Wallach) en Los siete magníficos de John Sturges (1960), remake del film Los siete samuráis (1954) que el cineasta japonés Akiro Kurosawa convirtió en una de las mejores películas de todos los tiempos.

Es posible que los registros personales de Aznar, alguno todavía inédito, puedan aproximarle a personajes de la épica caballeresca, como Hugo de Payens, Godofredo de Saint-Omer o cualquiera de los otros siete nobles franceses que en 1118 fundaron la Orden del Temple. O tal vez a una suerte de Lanzarote del Lago (Lancelot du Lac), que es el más grande y confiable de todos los caballeros de la Mesa Redonda y las ‘leyendas artúricas’. E incluso a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador al que no faltó valor en Santa Gadea de Burgos -según cuenta la leyenda- para tomar juramento al rey Alfonso VI ‘El Bravo’ de no haber tenido arte ni parte en la muerte de su hermano y predecesor en el trono de Castilla, Sancho II ‘El Fuerte’.

Pero quienes así lo estimen, pueden equivocarse. Porque, si se observa con atención la fría expresividad de Aznar y el retoque tradicional de su bigote (ahora descargado y encanecido), poco le separan del detective Germán Areta (Alfredo Landa) en El crack (1981) de José Luis Garci, film del género negro a la española que también mereció su segunda parte.

Aunque algunos de los gestos de Aznar sintonicen más con el detective Philip Marlowe -creado por Raymond Chandler- y, de forma especial, con los tics aportados al personaje por Humphrey Bogart y Robert Mitchum. Y otros quizás con la imagen del inspector Clouseau (con el tiempo inspector-jefe) de la serie de películas La Pantera Rosa, del admirado Blake Edwars (Días de vino y rosas, Desayuno con diamantes, Victor Victoria…), sobre todo en la versión interpretada por Peter Sellers…

PUÑO DE HIERRO EN GUANTE DE SEDA

Aristóteles ya advirtió que “la política no es el conocimiento, sino la acción”, una realidad que Hernán Cortés, el gran conquistador del imperio azteca, hizo suya en esta afirmación: “En circunstancias especiales, el hecho debe ser más rápido que el pensamiento”. Aunque sea igual de cierto que “la acción sin la cordura es siempre desastrosa”, como bien ha matizado en nuestros días Lin Yutang, autor de la memorable novela histórica “Un momento en Pekín”.

Aunque, con lo mucho que se huele a cera ‘opusina’ en el entorno del PP (nada que objetar), Rajoy no tendría que olvidar, sino más bien tratar de seguir a rajatabla, este celestial consejo de San Josemaría (sic):

“Voluntad. -Energía. -Ejemplo. -Lo que hay que hacer, se hace… Sin vacilar… Sin miramientos…

Sin esto, ni Cisneros hubiera sido Cisneros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa…; ni Iñigo de Loyola, San Ignacio…

¡Dios y audacia! –Regnare Christum volumus!”.

(“Camino”, 11)

Y ello no quiere decir que el ala liberal del partido ande mal de máximas y sentencias, menos turíferas pero igual de recomendables. En especial, Rajoy debería tener bien presente esta otra: “Espabila Fabila, que viene el oso”, o sea un Aznar desinvernado y con el fusil a cuestas…

Atentos en cualquier caso a ese necesario equilibrio armónico entre el pensamiento y la acción, o en la acción del pensamiento, porque la respuesta inmediata ante sucesos inesperados suele ser errada, justo por su escasa meditación. Así acontece, por poner algunos ejemplos, con las lecturas rápidas de las encuestas políticas, con el análisis urgente de los resultados electorales imprevistos o con la réplica a algunas declaraciones sobrevenidas y de evidente mala leche entre colegas de partido (o de partida, que ya va siendo más o menos lo mismo), como las de José María Aznar con la bayoneta montada contra su indolente heredero político.

De hecho, las primeras reacciones ante su pura y dura ‘bofetada a Rajoy’ (ya le lanzó el guante con algo más de suavidad -“Sufro observando a España”- en la entrevista de Victoria Prego publicada por El Mundo el pasado 2 de diciembre), no dejaron de ser excesivamente descalificadoras, con acusaciones de ‘deslealtad’ a nuestro juicio erradas en el análisis objetivo del caso. Por ello, los palanganeros gubernamentales que con tanta rapidez como ligereza se aprestaron a lavar las cascarrias políticas de Rajoy, que las tiene y cada vez más apestosas, recibirían otro inmediato disparo de precisión del ‘insurgente’ Aznar, nada menos que en un acto político-cultural de verdadero lujo celebrado en el Congreso de los Diputados (27/05/2013): “No estoy contra nadie, estoy con los españoles” (otra cosa es que los españoles estén con él).

Y, para demostrar que reaparece en plena forma y con reflejos para lidiar lo que le salga por los toriles, y ‘mano a mano’ con quien sea (lo de Duelo de titanes, también de John Sturges -1957-, es poca cosa comparado con la que se puede armar en el ‘OK Corral’ particular del PP), Aznar no dudó en advertir que “el mandato de las urnas es inequívoco” y que “el coste de la no reforma sería inasumible”. Parece claro, pues, que el ex presidente ha vuelto a la vida pública para quedarse, al menos, como conciencia crítica y, a lo más, para mandar a Rajoy al retiro político; aunque el temple y alcance de su faena se irán viendo pase a pase y paso a paso, con el próximo anunciado para el mes de junio con una conferencia en el Club Siglo XXI, ahora presidido por Eduardo Zaplana (otro dispuesto a enredar y que ya fue ministro de Trabajo y Asuntos Sociales y Portavoz de su Gobierno).

Paréntesis: Claro está que el desleal radical en toda regla, no sólo con la ideología de su partido sino también con quienes, creyendo sus promesas, le votaron de forma mayoritaria el 20-N, es Mariano Rajoy y no José María Aznar. Y cuando Aznar, que es presidente de honor del PP, afea de frente y por derecho ese comportamiento político reprobable, después de ser desoído dentro de casa, lo que se produce puede entenderse como una ‘deslealtad’ pero también como una defensa de los principios y valores propios en vía de dilapidación.

¿REBELIÓN EN LA GRANJA…?

Simpatía o antipatía personal aparte, el ex presidente Aznar (que -cierto es- nunca ha exhibido en público la menor calidez o proximidad humana) tiene todo el derecho del mundo a manifestar sus opiniones políticas, ya sean favorables o desfavorables al Gobierno (instalado -quede bien claro- en el autismo político), cosa que además ha hecho angustiado sin duda alguna por la ruinosa deriva de la gestión gubernamental de la crisis, al margen de ajustar otras cuentas personales. Y eso es lo mismo, ni más ni menos, que vienen haciendo de forma infructuosa muchos y prestigiosos profesionales españoles, de gran relevancia social y muy próximos al PP, sin que nadie arremeta contra ellos; aunque la actitud de Aznar conlleve un cierto plus de responsabilidad y atención como antiguo presidente del Gobierno durante dos legislaturas que, frente a las inmediatamente anteriores y posteriores, soportan muchas menos críticas razonables. Y punto.

Porque una cosa es el criterio y la actuación de quienes de forma voluntaria se puedan considerar políticamente amortizados, como Felipe González, que, un tanto soberbio, ha concedido: “Si quiere [Aznar], que vuelva, pero no como salvador”. Otra muy distinta el obligado silencio de Rodríguez Zapatero, defenestrado por incompetente. Y otra mucho más diferenciada la actitud y el comportamiento de quien, con un saldo político positivo y sin impedimentos de ninguna clase, se pueda creer en condiciones de aportar al país ideas, esfuerzos y dedicaciones legítimas, que en democracia sólo la voz y la voluntad de los electores pueden rechazar.

En la entrevista de marras, el ex presidente Aznar afirmó: “Cumpliré con mi responsabilidad, con mi conciencia, con mi partido y con mi país, con todas sus consecuencias, y no tenga usted ninguna duda de ello”. ¿Y, de verdad, hay en ello algo que objetar por daño que haga a otros políticos, que al fin y a la postre también van a lo suyo…?

El hecho de que las críticas a Rajoy puedan suponer de alguna forma una enmienda de Aznar a sí mismo, como han apuntado algunos, porque él fue quien nominó sucesor al hijo pródigo ahora criticado, no deja de ser un in-put más en su propio balance político, que juzgará quien debe juzgarlo (el electorado) y mucho más llevadero en cualquier caso que los de quienes le sucedieron formalmente al frente del Gobierno.

Quiérase o no, Aznar salió de la política de forma voluntaria y por la puerta grande, sin querer chuponear una tercera legislatura que su labor política y las encuestas al uso le daban por ganada, aunque también se pudo quedar para tratar de escribir una historia distinta a la que ahora le incomoda. Realidad incuestionable que no ha tenido precedente en el vigente régimen democrático; porque, sin querer meter a nadie el dedo en el ojo y respetando toda la parte positiva de la labor de cada uno, los demás presidentes del Gobierno (Suárez, Calvo-Sotelo, González y el ínclito ZP) han salido de la escena política como salieron: malamente.

Aparte de que cualquier observador imparcial de la realidad social, apostaría por afirmar que Aznar sintoniza mucho más que Rajoy con las bases electorales propias y más estables del PP, al igual que Esperanza Aguirre. Algo fácilmente deducible a partir de la pésima valoración social que los propios votantes del partido hacen del Gobierno, con su presidente a la cabeza, en todas las encuesta al uso…

Eso hablando de presidentes, porque si hablamos de jefes de la oposición la cosa se las trae; empezando por el propio Pérez Rubalcaba, que, a pesar de su innegable inteligencia y capacidad política, anda como anda y con muy malas perspectivas para resolver su propia sucesión. Y no digamos nada de lo que, vista la dimensión y categoría de la crisis, queda suelto por ahí en los partidos autonómicos y en los que emergen a nivel nacional, que a pesar de lo que luzcan por defecto ajeno tampoco están para tirar cohetes.

LOS REBUZNOS DESDE EL PESEBRE…

Quizás esa precariedad del sistema, sin el menor estímulo ni facilidad para fomentar la incorporación ciudadana a la política, sea la que ha generado que las críticas a Aznar más agresivas y menos meditadas hayan sido auténticos ‘rebuznos de pesebre’. Más sonoros cuando son lanzados por quienes viven de prestado total, agarrados al ronzal del partido y temerosos de perder su canonjía personal: estómagos agradecidos sin peso específico ni respaldo electoral personal.

Por eso, frente al desplante de Aznar, se han distinguido rápidamente las posiciones activas o pasivas de los ‘pichicomas’ y ‘pelamanillas’ marianistas, que se ven caninos de futuro, y las de aquellos otros que, siendo alguien dentro del PP -o simplemente siendo más osados-, se atreven a expresar sus ideas con mayor libertad.

Entre las primeras, quizás la más injustificada y sorprendente de todas haya sido la del presidente de las Cortes Generales, Jesús Posada, quien, de forma inmediata y con toda contundencia, afirmó que Aznar es “el pasado” y que “las cosas se van para no volver”. Una apreciación del tiempo político verdaderamente curiosa, porque él mismo, introducido en el negocio de la vida pública por la vía del franquismo (su padre fue alcalde y gobernador civil de Soria y después gobernador de Burgos y de Valencia en los primeros y más duros años de la dictadura), desempeñó cargos en la extinta UCD (gobernador de Huelva en 1979 y director general de Transportes Terrestres en 1981) antes aún de que Aznar, ocho años más joven que él, fuera elegido diputado por Ávila en 1982…

Y ello al margen de que Posada, desagradecido donde los haya, parezca olvidar que, sin mayor mérito ni gloria -porque tampoco es un Conde de Romanones ni un Emilio Castelar-, fue nombrado consejero de Fomento de Castilla y León en 1987 y dos veces ministro (de Agricultura, Pesca y Alimentación en 1999-2000 y de Administraciones Públicas en 2000-2002) por el propio Aznar, presidente de los gobiernos correspondientes. Pero, sacándole nada menos que ocho añitos de ventaja y viniendo cada uno de donde vienen, ¿cómo se atreve este político-plasta de segunda clase a situar Aznar en “el pasado” y amarrarse él mismo a un futuro que el Gobierno de Rajoy está destruyendo para millones de españoles…?

Por salpicar los rebuznos políticos lanzados contra Aznar con un poco de todo, quédense también los lectores con esta frase lapidaria de Cristóbal Montoro, ministro outsider de la economía real y la fiscalidad razonada, paladín esperpéntico de la contrarreforma administrativa y todo un ‘profesor chiflado’ empeñado en hundir España: “Me dejo las añoranzas melancólicas para otro día”. O con la boutade de un tal Francisco de Borja Sémper que, graciosillo él y a falta de unos cuantos hervores de sensatez, resulta ser nada menos que presidente del PP de Guipúzcoa y portavoz del Grupo Popular en el Parlamento Vasco: “Zapatero se consolida como el mejor ex presidente de Gobierno”.

LAS VOCES PROPIAS MÁS AFINADAS…

Bastante más inteligentes fueron las declaraciones al caso de Núñez Feijóo, quien, pudiendo ser un posible líder nacional del PP en el futuro, no dejó de compaginar el elogio de Aznar con su adhesión a Rajoy: “Mi respeto y admiración por los ocho años del presidente y el Gobierno de Aznar es difícilmente superable. Por tanto, no soy nada sospechoso de no respetar sino, al contrario, de admirar lo que hizo”, afirmando a continuación que “esa misma lealtad que hemos tenido y tenemos con el presidente Aznar es la misma lealtad inquebrantable que tenemos con el presidente Rajoy y todo su Gobierno”.

Rita Barberá, con un palmarés inigualable de mayorías absolutas al frente del Ayuntamiento de Valencia, descartó de raíz la “deslealtad” de Aznar y esgrimió su “enorme respeto por la libertad de las opiniones”. Mientras, Ignacio González, que pretende consolidarse como presidente de la CAM por méritos propios -cosa difícil-, calificaba a Aznar de forma explícita como “probablemente el mejor presidente de Gobierno que ha tenido España en estos años” y aseguraba que sus opiniones son “de enorme interés”.

Por su parte, Pedro Sanz, presidente del Gobierno de La Rioja desde 1995, afirmó que “en estos momentos quien está toreando en plaza, con el toro, es Mariano Rajoy, y por tanto los de la barrera pueden gritar y pedir que se arrime, pero el que tiene que estar todos los días luchando con los problemas es Mariano Rajoy, con el que hay que estar”. No obstante, señaló que le parecía “legítimo” que cada uno pueda “valorar, criticar las políticas que pueda llevar Mariano Rajoy”, y que él “ni esperaba, ni no esperaba” las declaraciones de Aznar, que es “algo que entra dentro de lo normal y lo habitual”.

De forma igualmente componedora, han levantado su voz otros políticos con posición relevante en el PP, como el portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados, Alfonso Alonso, quien, tras sostener que el posible regreso de Aznar a la política activa es una cuestión “muy lejana”, señaló que el ex presidente “siempre va a estar en primera línea de la política”. Una línea en la que, por razones muy distintas, se han significado también dos ministros del Gobierno: la titular de Sanidad, Seguridad Social e Igualdad, Ana Mato, y el de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón.

La primera, perteneciente al ‘Clan de Valladolid’ que se conformó en torno a José María Aznar cuando fue elegido presidente de la Junta de Castilla y León en 1987 y cortita donde las haya, aseguraba que el ex presidente es “un referente” en el partido y también en la política española, porque en sus dos mandatos presidenciales hizo una “magnífica gestión”. El segundo, de quien se dice en Moncloa que es ‘un verso libre’ del Consejo de Ministros, aseguró rápidamente que “la voz de un expresidente de Gobierno siempre debe ser oída, al margen de la coincidencia o la discrepancia”, añadiendo que lo de Aznar “no es tanto volver a la política activa como estar en el activo de la política, y es lo que corresponde a cualquier expresidente, y, por supuesto, a Aznar”.

Inciso: De Esperanza Aguirre, presidenta del PP de la Comunidad de Madrid y ex presidenta de su Gobierno Autonómico durante tres legislaturas sucesivas de mayoría absoluta, además de ex ministra de Educación y Cultura y ex presidenta del Senado, todo un peso pesado del PP, cabe decir poco al respecto, porque ella fue quien dio el pistoletazo de salida  de las discrepancias con Rajoy, sacando con sus críticas varios cuerpos de ventaja al propio Aznar.

…Y LAS COCES DESDE LA OPOSICIÓN

Pero lo verdaderamente llamativo del caso, es que el mero apunte de un posible regreso de Aznar a la política activa, cosa que todavía está por ver, haya exasperado a los actuales dirigentes socialistas como ha llegado a exasperarles. Algo sin duda contradictorio, porque, considerándole de forma tan despectiva como le consideran, no se entiende que no le prefieran de adversario político antes que a Rajoy (tal vez le tienen pánico y por eso quieren cortar la nata antes de que suba como la espuma).

Desde Leizpig (Alemania), donde participaba en la conmemoración del 150 Aniversario del SPD junto con otros líderes socialdemócratas europeos, el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, atizó a doble palo: “El que las cosas que dice Aznar me produzcan espanto, no quiere decir que las políticas de Rajoy sean magníficas”. Lo dicho: sin querer mirarse él mismo en el espejo (¡vaya trago!), el jefe de la oposición, todavía más reprobado socialmente que Rajoy, se queda con éste de candidato, porque, a tenor de su faena, ya parece verle con los tres avisos y el toro del gobierno devuelto a los corrales.

Para la ‘número dos’ del PSOE, Elena Valenciano, las palabras de Aznar son un intento de desviar la atención cuando está señalado en el ‘caso Gürtel’ y, estirándose algo más, dijo que el asunto le suena a mezcla entre el “túnel del tiempo y el túnel de los horrores”, añadiendo que con sus declaraciones el ex presidente Aznar se ha convertido “en un propagandista de cuarta, que rezuma resentimiento y que muestra su vuelo bajo”. Podría tener razón, pero ¿es que, entonces, también prefiere un Rajoy que ‘vuele alto’…?

En esa misma línea simplista de arremetimiento contra Aznar, que apareja un apoyo al sostenimiento de Rajoy en teoría poco consecuente con sus propios intereses electorales, Pere Navarro, primer secretario del PSC falto también de alguna cochura política, manifestó que “España no se merece que vuelva” porque “hizo muchas cosas por España y muy mal hechas”, concluyendo que el ex presidente “está bien donde está”. ¿Y acaso no se acuerda este espabilado socialista de las cosas que todavía hizo peor ZP…?

Todo ello, y mucho más que largaron otros personajes de escaso fuste político, sucedía mientras el ex vicepresidente socialista Alfonso Guerra, siempre afilado y lapidario, se limitaba a decir, sin duda con mayor acierto, que el caso sólo escondía una “pelea de gallos” entre Aznar y Rajoy.

Aunque, al hilo de nuestras referencias filmográficas y porque el país da para todo, también habrá quienes, dentro o fuera de cualquier partido, puedan ver ahora a un Aznar favorecido en el papel del Wade Hatton (Errol Flynn) de Dodge, ciudad sin ley (Michael Curtiz, 1939), ‘Dodge City’ en la versión original: el sheriff que en 1866 impuso el orden y la justicia en una ciudad dominada por el caciquismo, la corrupción y los pistoleros de turno, con la ayuda de Abbie Irving (Olivia de Havilland), sobrina del médico local que también podría representar a la Esperanza Aguirre de nuestros días. Una tarea que, además, el final de la película deja abierta a que ambos continúen juntos, ‘limpiando’ Virginia City (Nevada)…

COMENTARIOS PARA TODOS LOS GUSTOS

Claro está que este morboso desplante político de Aznar, y sobre todo su anuncio de ‘menearle’ la poltrona a Rajoy, va a dar para mucho mientras se ve cómo y de qué manera evolucionan los acontecimientos. De momento, los analistas políticos ya han lanzado comentarios para todos los gustos.

Uno de ellos, el de Guillermo Dupuy en LibertadDigital.Com (23/05/2013), titulado “La vuelta del PP – Posible sin Aznar, imposible con Rajoy”, incluye dos párrafos explosivos:

(…) La traición de Rajoy al ideario y a los votantes de su partido va mucho más allá de la política fiscal y estoy absolutamente convencido de que la opinión de Aznar respecto del Gobierno del PP es mucho peor aún y muy anterior a la que puso de manifiesto el pasado martes en Antena 3. En este sentido ¿qué habría dicho Aznar si le preguntaran por las declaraciones de Fernández Díaz en las que elogió la “ejemplar” gestión de sus antecesores socialistas al frente del Ministerio del Interior? ¿Qué habría dicho Aznar respecto del compromiso del PP de expulsar a los proetarras de las instituciones? ¿Qué habría dicho el expresidente de la persistencia de traductores de lenguas regionales en el Senado? ¿Qué habría dicho de la ‘reforma’ del mercado energético? ¿Y del más inexistente plan hídrico nacional? ¿Consideraría Aznar, tal y como ha hecho el Gobierno, que la excarcelación de Bolinaga obedecía a un imperativo legal?

(…) La vuelta del PP es posible sin necesidad de que vuelva Aznar pero imposible sin la marcha de Rajoy. Rajoy ha hecho de la herencia de Zapatero la excusa para imitar al que se la dejó. El carácter de Rajoy nos condena a la inercia y a la decadencia. Pese al aldabonazo de Aznar, todavía creo, como creía el año pasado, que “son muchos los que no son conscientes de que la principal neutralización de la derecha es el Gobierno de Rajoy. No quieren ver la continuidad del peor zapaterismo bajo las siglas del PP. Se niegan a reconocer que el partido que tradicionalmente abanderaba los principios liberal-conservadores en nuestro país ha sido, sencillamente, usurpado. Con Rajoy al frente, abandonad toda esperanza”.

Otro muy distinto, interesante pero que yerra en la valoración del actual tiempo político, al no considerarlo de los que necesitan proyectos claros, coraje ejecutivo y decisiones contundentes”, es el publicado por Ignacio Camacho en ABC con el título “Liderazgos Autoritarios” (24/05/2013), que se inicia con este párrafo sustancial:

A Aznar le sucede lo mismo que a Mourinho: ambos poseen personalidades divisorias que acaban causando tantos estragos entre sus partidarios como entre sus rivales. Es el problema de los liderazgos autoritarios, que sólo funcionan durante períodos limitados de tiempo pasados los cuales corren el riesgo de convertirse en tóxicos para sus propias filas. Las virtudes de Mou, como las del ex presidente, son aptas para tratamientos de choque, épocas que necesitan proyectos claros, coraje ejecutivo y decisiones contundentes; sucede que luego se trata de tipos con un carácter tan potente, con una pasión de poder tan definida que terminan por sobreponerse a su propia misión para establecer en torno a ellos una especie de asfixiante desafío de autoridad. Se transforman en material radiactivo, tan peligroso para los adversarios como para quienes lo tienen cerca…

Y otro, sin duda de registro mucho más afectivo -por tocar todos los palos-, es el de Javier González Ferrari, que fue director general de RTVE entre 2000 y 2002 con el Gobierno de Aznar, publicado en La Razón con el título “Curados de espanto” (27/05/2013):

Aznar no es simpático. Desde luego, no tiene la sonrisa en la boca las 24 horas del día como tenía Zapatero mientras en apenas dos años dejaba el país en quiebra. Tampoco Dios le dio la labia de su antecesor, Felipe González, ni su capacidad de seducción en el cuerpo a cuerpo aunque supieras que te estaba vendiendo una burra ciega. Aznar era, y sigue siendo, otra cosa que nada tiene que ver con el arte del fingimiento que tan arraigado está entre una parte significativa de la clase política española. Cuando hace una semana concedió la entrevista a Antena 3 sabía perfectamente que después le iban a llover críticas desde todos los frentes, y que quienes no le perdonan que consiguiera gobernar cuatro años en minoría, con un éxito tan indiscutible que su reelección se produjo por una mayoría como nunca antes había tenido el centro derecha en España, se iban a cebar con sus declaraciones hasta la náusea. Porque algunas de las cosas que se han dicho y escrito en los últimos días sobre el ex presidente sólo se pueden entender desde posiciones sectarias y ese odio africano con el que le llevan distinguiendo desde hace dos décadas algunos de los especialistas en señalar la paja en el ojo ajeno. Los mismos que, cuando España crecía y se creaba empleo, le negaban el pan y la sal, y se situaban detrás de las pancartas en manifestaciones donde se proferían insultos gravísimos contra él y su Gobierno amparados en la impunidad de esa falsedad que asegura la superioridad moral de la izquierda. Al día siguiente de la entrevista con la que los informativos de A3 se apuntaron un éxito periodístico de primer orden, Rubalcaba declaraba su espanto por las palabras de Aznar. Pero la realidad es que mucha gente en España, a pesar de que se nos quiera hacer creer lo contrario con la agitación callejera, está curada de espanto después de los 21 años de gobiernos del PSOE.

¿BUSCAN RAJOY Y AZNAR SU ‘LITTLE BIGHORN’ PERSONAL…?

Si las declaraciones de Aznar tienen continuidad, cosa más que probable dado el carácter del personaje y las circunstancias que le animan -lo de pringar a la familia con el ‘caso Gürtel’ y salvar económicamente al Grupo Prisa desde Moncloa ha sido definitivo-, es obvio que seguirán despertando voces y sentimientos de diferentes registros.

Todos con expectativas interesadas en ver cómo se resuelve su duelo con Rajoy y con reproches cargados de polémica, que están ahí por mucho que se quieran ignorar. Desde la debacle de la economía (con el Gobierno realimentando torpemente el paro y la España asimétrica), hasta el desmán autonómico (siempre en huida hacia adelante), pasando por el problema catalán (y el vasco), la dilución de lo nacional, la batalla siempre perdida del modelo educativo, la corrupción política, el insoportable agobio de la partitocracia, el mal ejemplo de la Corona…

Si Aznar no deja de gallear, cosa improbable hasta que Rajoy (un político cobarde y lánguido, of course) no ponga más aplicación y coraje en la faena de gobierno, habrá pelea con coro mediático incluido. Y quizás con un duelo terminal; pero no al estilo caballeresco de los espadachines llevados al cine por George Sidney (Los tres mosqueteros, 1948; Scaramouche, 1952….), sino al más sangrante de Tarantino en todas sus versiones (Reservoir Dogs, 1992; Kill Bill, a partir del 2003; Django desencadenado, 2012…). O, tal vez peor, al estilo devastador que ilustra el film de Raoul Walsh (1941) Murieron con las botas puestas, con el que los guerreros de diversas tribus indias comandados por Caballo Loco acabaron con el 7º Regimiento de Caballería en ‘Little Bighorn’ (Montana, 1876).

En aquella trágica batalla, este sencillo jefe sioux tuvo bien poco que hacer para vencer al legendario general Custer, que en realidad sólo era teniente coronel: dejar que el irracional temperamento del ‘rostro pálido de largas cabelleras’ le llevara a una muerte anunciada por el penoso planteamiento de la batalla, dividiendo sus fuerzas y desoyendo el sensato consejo de sus compañeros de armas. Un ejemplo que ya esgrimimos en otra Newsletter dedicada al nefasto Estado de las Autonomías.

Entonces advertimos que las autonomías tendrán que morir más pronto que tarde, por fas o por nefas, y acaso aniquiladas como las tropas de Custer. Entre otras razones porque, aparte de la escasa capacidad y visión de sus más interesados y conspicuos valedores -los caciques de la democracia-, son un invento político realmente diabólico, divisionista y de miserable recorrido en el mundo actual, y menos todavía en el que se avecina.

De hecho, sostuvimos que lo más procedente sería acabar con las autonomías mediante una eutanasia política consensuada por los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP, sin torturas ni sufrimientos inútiles y evitando con ello una masacre similar a la que se produjo en ‘Little Bighorn’. Aunque para eso haría falta una inteligencia y una grandeza de miras que la actual clase política no tiene ni por asomo.

Tras otras diversas consideraciones sobre el absurdo autonómico, también nos preguntábamos cuál debería ser el papel a jugar por Rajoy en aquella suerte de comparación. ¿El de Caballo Loco (Anthony Quinn), que arregló dignamente su propia cuenta con la historia, o el del general Custer (Errol Flynn), que finalmente murió con sus botas puestas y embarradas, con su preciosa cabellera arrancada y con más pena que gloria…?

Pero entre las dos opciones del presidente Rajoy para lidiar la brutal crisis general del momento (su personal ‘Little Bighorn’, que también puede serlo de Aznar), ganarla sin piedad como ‘Caballo Loco’ o sucumbir aniquilado como Custer, porque él es quien se enfrenta directamente al problema y quien dispone de los medios para resolverlo, también cabría una postura inteligentemente disuasoria de males mayores.

La de tomar las medidas inmediatas que activen la economía productiva, despoliticen las instituciones públicas, adelgacen el Estado, regeneren el escandaloso funcionamiento de los partidos políticos, repongan en todas sus vertientes la legitimidad del sistema democrático, extirpen de raíz toda la podredumbre que hoy envuelve nuestro sistema de convivencia... Y algunas cosas más que constantemente le sugieren al presidente Rajoy compañeros de partido que tampoco son los más tontos de la clase, como José María Aznar o Esperanza Aguirre.

Una decisión que bien podría inspirarse en el diálogo previo a la escena de la batalla final en ‘Little Bighorn’. Cuando el ex sargento Ned Sharp (Arthur Kennedy), un despiadado especulador que se enriquece vendiendo alcohol a los soldados y armas a los indios, pregunta receloso a Custer “¿A dónde va el Regimiento?”, éste le responde: “Al infierno o a la Gloria. Es cuestión de puntos de vista…”.

Pues eso, a espabilar. Porque si finalmente Aznar se encara el fusil y le da al gatillo, con el consiguiente fuego cruzado de réplica, difícil será que el Gobierno no termine enterrado con las botas puestas, y el PP también.

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