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Que la corrupción política alimentada por el aparato del PP terminaría ardiendo en la hoguera pública, ya se advirtió en esta misma web de forma temprana en un artículo de opinión de Fernando J. Muniesa titulado El trasfondo profundo del “caso Gürtel” (19/02/2012). Previsión que se precisó más tarde (27/01/2013) en la Newsletter 46 (El “caso Gürtel-Bárcenas” y la autodestrucción del PP) y que, a renglón seguido (28/04/2013), se remató en la Newsletter 59 (El “caso Gürtel-Bárcenas”: la verdad os hará libres).

Esos tres análisis sucesivos del caso y de su grave sintomatología política, lo dejaron bien radiografiado y diagnosticado para que el lector menos informado pudiera tomar justa conciencia de la situación y procurarse un estado de opinión correcto, digamos que ‘listo para sentencia’. Cualquiera podía constatar que el ‘caso Gürtel’ (que en realidad era el ‘caso Gürtel-Bárcenas’) presentaba las características propias de un ‘cáncer de partido’ en avance terminal si no se le aplicaban terapias de urgencia, incluidas las amputaciones quirúrgicas necesarias.

Pero parece ser que, ni eso ni todo lo masivamente publicado al respecto en infinidad de medios informativos, fue suficiente para mover a las cabezas pensantes del PP y del Gobierno al que sustenta a frenar la metástasis degenerativa que estaban padeciendo, y ni siquiera a aliviarla de forma paliativa. A tenor de la situación, la dejación asistencial  del caso se debió sustituir por los rezos a Santa Rita de Casia, abogada de los imposibles, o por pactos diabólicos para que el infierno judicial se centrara y cebara sólo en los ‘pringados’ de turno (palmaditas sobre el hombro del pillado y “A mí plin… yo duermo en Pikolín”).

Lo que pasa es que el cáncer de la política, y en particular su variedad ‘res publica corruptio-latrocinium’, al igual que sucede con otros grandes males que aquejan al actual sistema de partidos, suele perseverar en su perniciosa marcha de forma irreversible si no se combate con la debida decisión y ocupación, sin dejar de aplicar los conocimientos y medios técnicos más avanzados. Pero Rajoy (presidente del PP y del Gobierno), que es el padre de la doliente criatura, no ha estado jamás por esa labor, ni lo estará, porque metafísicamente le es imposible: no soporta los problemas y por eso los bandea de mala manera sin cogerles por los cuernos.

LO QUE YA ESTÁ EN CUESTIÓN ES LA INTEGRIDAD DE RAJOY

Muchos españoles, votantes o no del PP en las pasadas elecciones generales (más que de Rajoy), ya estaban con la mosca detrás de la oreja sobre su posible vaguería personal, su languidez política (por no hablar de pasotismo o de falta de coraje), su capacidad para ocultar la verdad (mentir al fin y al cabo) y su incapacidad para gobernar… Pero, ahora, la mala gestión del ‘caso Gürtel-Bárcenas’ y las novedades afloradas al respecto (como las reveladoras declaraciones de Bárcenas a Pedro J. Ramírez rectificando afirmaciones realizadas previamente en la instrucción judicial y aportando documentos originales de la Contabilidad B del PP, a modo de ‘continuará’) han puesto en cuestión, incluso, su integridad personal.

Victoria Prego, siempre aguda en sus análisis y en la lectura de los grandes acontecimientos políticos, señala esa precisa y definitiva llaga en un artículo de opinión titulado de forma significativa “Cohecho y reputación” (El Mundo 12/07/2013):

Son dos cuestiones distintas las que ahora mismo están cargando el aire que tanto crispa al PP. Ambas de la máxima importancia pero de distinta naturaleza.

Una de ellas, la que parece que interesa especialmente al juez, es la de la presunta financiación irregular de ese partido. La extraordinaria importancia que tanto el juez Ruz como el fiscal Romeral han dado a ese manuscrito original de Bárcenas, tiene que ver con el rastreo de las donaciones, muy por encima de los límites que marca la ley, que el PP podría haber recibido.

La cuestión, en ese caso, estaría en comprobar quién aportó dinero, en qué cantidades y a cambio de qué concesiones. Y, por supuesto, descubrir también la dimensión de las comisiones que, por el camino, se hayan podido distraer hacia los bolsillos particulares de algunos. Hacia el de Luis Bárcenas desde luego, aunque esa siga siendo de momento una hipótesis.

Lo que los dirigentes populares no saben todavía es hasta dónde está dispuesto a llegar su ex tesorero en la denuncia, más allá del caso Gürtel, de esa supuesta financiación ilegal. Ni qué es lo que puede probar. Y no porque la financiación irregular sea un delito, que no lo es. Ojo a eso, no nos vayamos a equivocar. La financiación puede ser contraria a determinadas leyes pero no está contemplada como delito en el Código Penal. Lo que sí es un delito es el cohecho, que tiene pena de prisión. Y pudiera ser que Bárcenas estuviera dispuesto a hacer ante el juez nuevas aportaciones en ese sentido. De ahí la tensión que el portavoz del PP mostró ayer en el Congreso, llamando directamente delincuente al hombre que durante 20 años administró las cuentas de su partido y que, de momento, no ha sido condenado como tal.

Y luego está la segunda parte, que sólo tiene ribetes políticos pero que es de una enorme trascendencia: quién recibió dinero que, según la Ley de Incompatibilidades, no debía recibir. Y quién lo recibió pudiendo hacerlo, pero lo ocultó a Hacienda.

Y ahí es donde se hace foco en Mariano Rajoy porque es presidente del Gobierno de España. Los demás nombres tienen también su importancia, pero casi todos están ya fuera de las estructuras de poder del PP y, en todo caso, su falta habría prescrito.

De modo que lo que se dirime aquí es algo tan simple como trascendental: si Rajoy es, o no es, el hombre íntegro, transparente y estricto cumplidor de las normas que él siempre ha dicho que era y que, desde luego, parece. Él acuñó para la Historia una frase rotunda: “Es falso: nunca, repito, nunca, he recibido dinero negro, ni en este partido, ni en ninguno”. Dicho queda.

De la documentación que pueda aportar Bárcenas depende ahora que su reputación se mantenga, e incluso se refuerce o, al contrario, salte hecha añicos. Pero si Rajoy está tranquilo, como dicen que está, aunque se empeña en seguir callado, lo que no se comprende es por qué los suyos se comportan como si llevaran los dedos metidos en un enchufe.

El lunes [14 de julio de 2013] empezaremos a despejar dudas.

Pero es que esa esperada aclaración de dudas por parte de Rajoy y del PP no sólo no se ha producido sino que, en su ausencia, lo que se ha fortalecido de forma inmediata es el análisis y los temores de Victoria Prego sobre la integridad del presidente del Gobierno. Tras la ‘pérdida de papeles’ de los populares, que salieron en tromba para acusar a Bárcenas de vulgar “delincuente” desvinculado del partido, como si fuera un extraterrestre que nunca fue su gerente, su tesorero, su senador cunero por Cantabria ni “El Cabrón” que atornillaba con la ‘trama Gürtel’ sus colectas y repartos de sobresueldos ilegales, el peligroso tándem Ramírez-Bárcenas ha encendido, sin más, la hoguera de la cremá terminal de Rajoy, que es la del PP.

Claro está que este incendio político se acompaña con la correspondiente pugna concursal por convertirse, cada facción del partido, en el ninot indultat de la larga noche de San Juan (por no decir de los cuchillos largos) que tan torpemente se acaba de inaugurar. Ya veremos quién gana esa posición o si se queda desierta.

¿ES EL MINISTRO RUIZ-GALLARDÓN EL PIRÓMANO DEL PP…?

La lamentable opción de Rajoy en el tratamiento del ‘caso Gürtel-Bárcenas’, enrocado en el silencio y en la negación de la evidencia, aderezados con el insulto generalizado (esgrimiendo un falso catálogo de ‘causas generales’, ‘conspiraciones’  e intentos de ‘arruinar la recuperación’…), y en particular con el insulto más grave y peligroso a la inteligencia de los electores, ha marcado el principio del fin de su vida política y lleva al PP a su ruina existencial. Es la terapia del fuego arrasador, de la tierra quemada.

Ahora, la cuestión importante para -si fuera posible- reaccionar de forma inteligente y salvar los muebles (limitar los daños), sería no sólo reconocer la realidad y reconducirla con decisiones ajustadas, sino comprender que el fuego no ha sido accidental, sino provocado y, en su caso, detectar y detener al pirómano de turno, al que, si hace falta, está visto que no le faltará valor para avivarlo con gasolina de alto octanaje.

En un Confidencial de esta misma web, ya se señala el paralelismo que existe entre el comportamiento del actual ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, en relación con el presidente Rajoy, y el que tuvo el ex ministro socialista de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, con el entonces presidente González. Algunos de sus párrafos advierten:

(…) Con lo ‘cantado’ a última hora por Luís Bárcenas en la instrucción judicial del caso que lleva su nombre, tras esperar de forma infructuosa el socorrido favor del Gobierno para no ingresar en prisión, Ruiz-Gallardón aparece desentendido de esta comprensible demanda del ‘compañero’ ecónomo del PP, como un émulo del ex ministro socialista de Justicia e Interior Juan Alberto Belloch cuando, en su afán por acabar con la carrera política del entonces presidente del Gobierno Felipe González, le puso a las patas del ‘delincuente’ José Amedo. Porque quien ahora ha puesto al ‘delincuente’ Bárcenas en el disparadero contra el presidente Mariano Rajoy ha sido el actual ministro de Justicia, que no ha movido un dedo cerca de la Fiscalía bajo su directa autoridad para atemperar la actitud de las fiscales que participan en la instrucción del caso (o bien para sustituirlas como pedía Bárcenas), al igual que se ha hecho -de forma acertada o desacertada- en otras muchas ocasiones…

(…) Pero más revelador todavía del papel jugado por el Ministerio de Justicia en contra de Luis Bárcenas (que al final tiene su efecto obvio contra Mariano Rajoy), es la posición de la Fiscalía Anticorrupción en el caso. Cuando una de las acusaciones privadas pidió ‘prisión con fianza’ para Bárcenas, lo que podía evitar su ingreso carcelario, fue la fiscal adscrita la que, ante el asombro de todas las acusaciones y hasta del propio juez instructor, la que, previa consulta a sus superiores, solicitó la ‘prisión incondicional y sin fianza’, petición que es la que en realidad produjo el ingreso del imputado en la cárcel de Soto del Real...

Y, finalmente, se concluye: “La Justicia se encargará de Luis Bárcenas (y compañía) y éste del jefe del PP. Lo dicho: ¿Es Ruiz-Gallardón el Belloch del presidente Rajoy...?”.

Pero, para no seguir en la auto-cita y poder informar la opinión de nuestros lectores de la mejor forma posible, recuperemos una excelente crónica de Jesús Cacho publicada en VozPópuli.Com (07/07/2013), cuyo análisis esencial compartimos, y que por su riqueza informativa no queremos resumir:

El Rey desnudo y el doble juego de Alberto Ruiz-Gallardón

En los recesos que tienen lugar en el salón de sesiones del Parlamento se les ve compartir confidencias muy al oído, guiños de complicidad, a veces risas reprimidas que en otro entorno hubieran aspirado a carcajada. Casi parecen una pareja de novios. Se sientan en el banco azul y comparten tareas de responsabilidad en el Gobierno de la nación. Él, ministro de Justicia, es hombre poliédrico y polémico donde los haya; ella, vicepresidenta del Gobierno, es la persona que más poder acapara en este Ejecutivo como mano derecha de Mariano Rajoy, además de ser la figura de mayor proyección de entre los políticos con futuro que pueblan la nómina del PP. La estrecha relación que une a Alberto Ruiz-Gallardón y a Soraya Sáenz de Santamaría no ha pasado desapercibida para nadie. Lo que aquél supo encontrar en Ana Botella, la atrabiliaria alcaldesa de Madrid a la que incluyó en su lista para así poder gozar de la protección de su antaño poderoso marido, ahora lo ha volcado sobre la mujer que goza de toda la confianza del Presidente, convencido de que no hay mejor farallón tras que el protegerse de los muchos enemigos que con cuchillos cachicuernos le esperan embozados tras las esquinas de la derecha española.

En la ciénaga en la que chapotea un PP cuarteado por la corrupción galopante de ‘Gürteles’, Bárcenas y demás escándalos, la vicepresidenta encarna una postura, encabeza un núcleo de gente más o menos joven y no contaminada que rechaza de plano esa situación, personas que en palabras de la ex presidenta madrileña se sienten “abochornadas” por la corrupción y reclaman, exigen, mano dura, operación limpieza y depuración de responsabilidades. Son los ‘sorayos’, un conjunto que se agrupa bajo el paraguas de la vicepresidenta. En una maniobra calculada, Ruiz-Gallardón se ha puesto a la sombra de ese grupo, intentado una alianza no explicitada pero de largo recorrido político. Es el rumor que recorre Madrid en las últimas semanas. En la tormenta que, por debajo del efecto balsámico de la mayoría absoluta, agita las aguas del partido y compromete su futuro, está en juego la sucesión de Rajoy y el liderazgo del PP. Gallardón sabe que sólo la vicepresidenta podría discutirle ese entorchado en un futuro no lejano y, calculador cual es, ha decidido hacer la primera parte de la carrera a su lado, pegado a su rueda, convencido de que cuando llegue el Tourmalet sabrá esprintar hacia la meta donde se coronan los elegidos.

La palanca que mueve a la Fiscalía a pedir prisión sin fianza para Luis Bárcenas la maneja Gallardón, pero el permiso para hacerlo posible lo solicita a Sáenz de Santamaría, quien, tras consulta con Rajoy, lo concede. “Ya no te puedes fiar de nadie”, dijo aquella noche Rosalía Iglesias. Soraya se moja porque está convencida de que Mariano no tiene nada que temer, segura de que está limpio, de modo que la amenaza de Bárcenas de abrir la santabárbara y hacer explotar la munición que guarda en ella no podrá acabar con la carrera política del presidente. Rajoy no es un corrupto. Las fuentes más solventes, sin embargo, sostienen que el exalcalde de Madrid opina otra cosa. Gallardón cree que la bomba Bárcenas, reforzada con metralla Gürtel, acabará llevándose por delante a la actual generación de altos cargos del PP, con el propio Rajoy al frente, y que tras esa explosión no quedará políticamente vivo más que él mismo y, quizá, la vicepresidenta.

Cuentan en la cúpula popular que Javier Arenas, mitad confesión mitad reproche, habría puesto al corriente a Gallardón de que la última partida de dinero localizada en Suiza en las cuentas de Bárcenas, esos 23 millones finales que elevan la suma total manejada por el extesorero a 48, pertenece al propio PP, es dinero del partido que se ha ido acumulando a base de comisiones colocadas en Suiza por constructores y demás familia, y que habría manejado en el tiempo Álvarez Cascos, el propio Arenas y otros… Dinero del partido y/o de prohombres del partido, un escándalo en todo caso que habría decidido a Gallardón a pisar el acelerador a fondo para llevarse por delante a toda la cúpula, permitiéndole a él encaramarse a la cúspide como salvador de la democracia española. De modo que es ahora o nunca. El momento de jugárselo todo a una carta. Se trata de hacer explotar la bomba, evitando que el paso del tiempo, la casualidad o un pacto que la dirección pudiera urdir con el propio Bárcenas desactiven una espoleta que podría llevarle en volandas a la Moncloa.

Gallardón, candidato a salir del Gobierno en una crisis 

Aseguran las fuentes que el presidente conoce el doble juego de su ministro de Justicia y está “asqueado” y dispuesto a ‘cepillárselo’ en cuanto pueda, candidato seguro al cese en caso de producirse una de esas crisis del Gobierno a las que tan poco dado es el gallego. Las opiniones en torno a la eventualidad de una crisis de Gobierno más o menos próxima son muy dispares, incluso dentro de los propios equipos ministeriales. Cristóbal Montoro, por ejemplo, no ve por ningún lado esa remodelación, entre otras cosas porque las elecciones europeas, citadas siempre como frontera del cambio, están lejos. Sin embargo, su segundo, Antonio Beteta, opina lo contrario, y cree que existen muchas posibilidades de que la crisis se produzca en otoño.

Gallardón lo sabe. Sabe que su cabeza está en peligro y que si se produjera ese cambio ministerial sin que el artefacto Bárcenas hubiera hecho explosión, su carrera política, que tantos y tantos bandazos ha protagonizado, habría llegado a su fin. Necesita, por tanto, acelerar la depuración en el PP. Provocar la gran crisis. Activar la traca final a pesar de los riesgos, muchos, porque Gallardón, limpio de los sobresueldos de la calle Génova, no puede presumir de una hoja de servicios inmaculada, como algunos de sus millonarios amigos -“si los baños de Zalacaín hablaran” suele decir uno de ellos- se encargan de sugerir. Lo suyo, en efecto, ha sido caza mayor, siempre arrimado a lo más granado del capitalismo castizo madrileño, básicamente constructor, gente como ese ‘bon vivant’ que hace años declaraba como fraternal obligación “hacerle a Alberto un dinerito para cuando abandone la política”. Ni todo el oro del mundo, sin embargo, conseguiría apartar a este animal político de su suprema ambición: la de ser presidente del Gobierno de España como hombre de síntesis entre una derecha y una izquierda que, en pleno fin de Régimen, se baten hoy en retirada.

El aspirante ha encontrado uno de los aliados más poderosos que podía soñar sobre la piel de toro en la persona de Su Majestad el Rey. Conocida es la frialdad que en el pasado presidió las relaciones entre ambos, conexión torcida desde que al príncipe de los munícipes se le ocurriera cortejar a la sobrina del Rey, María Zurita. Dicen que aquello iba en serio, tan en serio que en un decisión difícil de interpretar a la luz de lo sucedido después en su propia casa, el propio Monarca cortó en seco esa intención advirtiendo al pretendiente que jamás lograría emparentar con la familia Borbón. En línea con ese historial, don Juan Carlos se opuso en diciembre de 2011 a su nombramiento como ministro de Defensa del Gobierno Rajoy, puesto que el gallego le tenía reservado. Con derecho de pernada para nombrar al titular de ese ministerio y al responsable de los servicios secretos, tenía su propio candidato en su amigo Pedro Morenés.

El Rey ha tenido que llamar a la puerta de Ruiz-Gallardón 

La venganza, ese plato que se sirve frío, ha llegado para el político todo ambición del brazo del escándalo Urdangarin, y la posterior imputación de la infanta Cristina. El titular de la Corona ha tenido que llamar a la puerta del ministro de Justicia para pedir ayuda con menos humos que antaño. Salvar a su hija del banquillo se ha convertido para el Rey de España en una cuestión prioritaria, casi una obsesión. En el acercamiento entre ambos ha jugado papel importante la propia María Zurita, que ha respondido con la gentileza que de ella se esperaba. Y ahí está, estaría, el pacto, dibujado como una ensoñación cuya sombra se cierne sobre el futuro de España: uno tendría que embridar los corceles de la Justicia, empezando por la Fiscalía bajo su jurisdicción directa, para salvar esa gran sima judicial que por culpa del yerno trincón amenaza el futuro de la Corona, desde luego situando a la Infanta al margen de las asechanzas de los tribunales y, a ser posible, también a su marido, y el otro apoyando las aspiraciones políticas del fogoso ministro de Justicia, en el caso de que la olla a presión del PP termine por explotar llevándose por delante a toda la vieja guardia.

Para un jefe de Estado que llegó a manifestar sin ambages su incapacidad para cohabitar, vulgo soportar, a un presidente del Gobierno tan frío puro mármol como José María Aznar, un político que se opuso a muchos de sus caprichos, y que tampoco sintoniza con un hombre como Rajoy, tipo austero que pasa de las pompas y vanidades del mundanal entorno de los ricos del lugar, un Gobierno presidido por Gallardón podría significar para él el regreso a los años dorados de Felipe González y, sobre todo, de un Zapatero donde el Monarca hizo de su capa un sayo; tanto consintió, permitió tanto, que durante años hizo la vista gorda con la insólita situación de una rubia de lujo que, como si de una autoridad del Estado se tratara, llegó desfilar tras el Rey de España por la alfombra roja de más de una recepción real, además de permitirle vivir en el propio recinto de Palacio, en el Somontes madrileño, mientras la legítima consumía sus horas apenas a unos cientos de metros en La Zarzuela.

Mientras tanto, los intentos del Rey por recuperar imagen, dicen sus exegetas que por “hacer gala de transparencia”, chocan con la machacona realidad de la falta de costumbre. En vez de aclarar, enturbian. En vez de despejar dudas, crean otras nuevas y aún peores. Es el caso de lo ocurrido con las “explicaciones” ofrecidas el jueves sobre la situación fiscal de la fortuna heredada de su padre, el conde de Barcelona, intento del que ha quedado claro que el Rey no tiene documentación alguna que respalde su afirmación de haber cumplido sus obligaciones con el fisco, es decir, que no pagó un duro a Hacienda. Entre el espeso silencio que de nuevo parece rodear la información sobre la Casa Real en los grandes medios, también ha quedado claro que el Monarca, aparentemente restablecido de sus achaques, ha vuelto para quedarse, decidido a demostrar de nuevo quién manda aquí, y a ignorar esa asunción de responsabilidades que acaba de materializar Alberto II de Bélgica con su abdicación. Nuestro Rey sigue desnudo, pero aquí nadie se atreve a decírselo. En el sórdido horizonte español, no se adivina salida para este embrollo.

LOS MALES DE DESENTENDERSE DE LA REALIDAD

La abrasadora realidad del ‘caso Gürtel-Bárcenas’ ataca por los cuatro costados y cada vez es más evidente el precipicio, sobre todo político, hacia el que está empujando a Mariano Rajoy, con las consecuencias derivadas para el PP. Día a día se van teniendo más y más evidencias de la corrupción instalada en el aparato del partido y de la total falta de ética con la que se han desenvuelto sus finanzas, al margen de las consecuencias judiciales, que son cosa distinta y menos trascendente porque afectan a personas que son reemplazables, y en su caso condenables sin más, con nombres y apellidos propios.

Y ello, con independencia de la incapacidad política del Gobierno de Rajoy para gestionar la crisis económica, que sigue su curso fuera de control; y no digamos para gestionar la crisis institucional, que, lejos de ser reconducida con su mayoría absoluta, está a punto de saltar por los aires. Esta es la difícil situación del momento, avocada obviamente al empeoramiento y, más allá de acabar con el Gobierno del PP, a arruinar el país y a que éste mande a los populares al mismo infierno tenebroso que mandó a la extinta UCD tras sucesivas escisiones, ya veremos si en las urnas o a patadas y con qué consecuencias también para el PSOE y la Corona, en primera línea del mismo trile democrático.

Con todo, no es de extrañar que, como sucedió en la UCD durante sus estertores de muerte, haya gentes dentro del PP que, por diverso interés (desde el del poder personal hasta el más honorable de evitar la voladura del partido), estén alineándose en una lucha forzada contra Rajoy. Éste ha pedido al partido el imposible de que no se le juzgue hasta el final de la legislatura, cuando el juicio ya no sirva para nada, sin ofrecerse a tomar ahora las medidas mínimamente razonables siquiera para sortear el ecuador de la legislatura dignamente; entre las que se tendrían que incluir una remodelación del equipo de Gobierno que permita nuevos enfoques de política económica, más pactos y reformas institucionales, las amputaciones quirúrgicas que convengan a la imagen del partido y una mayor cohesión interna para zanjar la lucha cainita provocada por el actual pasotismo presidencial.

En definitiva, mientras Rajoy ignora el escenario real del momento, sin entender que la mayoría parlamentaria es del PP y no suya, y por tanto tocando el violón de oído, Ruiz-Gallardón parece moverse en ese contexto como pez en el agua, tratando de sobrevivir o prevalecer en el caos destructivo que provoca. Un deprimente teatro de operaciones en el que ya se perciben camarillas de jóvenes ‘sorayos’, posiciones de resistentes ‘marianistas’, movimientos de ‘aznaristas’ clásicos y, como no, el juego más sucio de zascandiles ‘oportunistas’ que gustan de intrigar por todas partes y navegar en aguas turbulentas, con fuegos cruzados entre ellos de creciente calibre político y judicial.

Uno de los efectos que provoca esta situación de descontrol y desgobierno partidario es el de las especulaciones periodísticas que, en ese ambiente de autismo político, no dejan de ser comprensibles y valorables. Un ejemplo bien evidente al respecto, es la noticia de que “El PSOE se malicia un pacto de Rubalcaba con Rajoy para poner sordina al ‘caso Bárcenas’ y al escándalo de los ERE”, publicada por Federico Castaño en VozPópuli.Com (09/07/2013). En ella se resume que, cuando en febrero aparecieron los ‘papeles de Bárcenas’, Alfredo Pérez Rubalcaba se lanzó a la yugular de Mariano Rajoy exigiéndole la dimisión y que, cinco meses después, cuando la onda expansiva controlada por el ex tesorero del PP está en pleno apogeo, los socialistas se han limitado a reclamar una comparecencia del presidente ante el Congreso: una actitud que, según dicho periodista, ha alimentado en el PSOE la sospecha de que “hay tongo”.

Federico Castaño escarba en la dinámica relacional PP-PSOE y precisa su información de esta forma:

(…) Para explicar el “tono bajo” elegido ahora por los socialistas para sacar los colores al PP por el ‘caso Bárcenas’, fuentes del partido se remontan a la entrevista que Rubalcaba mantuvo con Mariano Rajoy en el Palacio de La Moncloa el pasado 20 de junio. En ella, según la versión oficial, ambos acordaron una estrategia común ante la Unión Europea. Sin embargo, en la dirección del PSOE se sabe que en este encuentro, repasaron de forma genérica la situación del país, con altas posibilidades de que entraran también en los principales casos de corrupción que salpican a los dos partidos, el de Bárcenas por un lado y el de los ERE en Andalucía por otro. La sospecha es que pactaron los límites de su utilización como arma de erosión política en un momento en el que la corrupción es el segundo problema para la mayoría de los ciudadanos, según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Está claro que “hay tongo”, aseguran fuentes del PSOE, perplejas ante la tibieza con la que Rubalcaba está jugando esta partida…

Partiendo de lo escrito por Castaño, pocos días después, el director de su propio medio, Jesús Cacho, complementaba y enriquecía el enfoque en su habitual crónica semanal (15/07/2013), incluyendo en la maquinación política el interés de la Corona por diluir los perjuicios del ‘caso Urdangarin’ y definiéndola como ‘Operación Tijera’, con este atrevido tono:

(…) Cuentan en la Cuesta de las Perdices que el acuerdo a tres bandas -PP, PSOE y Zarzuela- está en marcha y ya tiene nombre: “Operación Tijera”. Se trata de rebajar hasta una dimensión controlable el tamaño de tres escándalos cada uno de los cuales, por sí solo, podría llevarse por delante un Régimen: el caso Bárcenas, el asunto de los ERE andaluces, y la pesadilla del yernísimo Iñaki Urdangarin. Para cada uno de ellos se estaría en el diseño de soluciones a la carta, que incluirían en algún caso cómodas estancias en prisión con salida y dinerito garantizado. Cuentan que la labor de Gómez de Liaño consistiría en reconducir a su cliente por la vereda de ese apaño, con alguna que otra ayuda mediática (un buen periodista es aquel que sabe distinguir el grano de la paja; publica la paja y negocia con el grano).

El PP se lo juega todo, incluso la eventualidad de una escisión, a esa carta. En cuanto al PSOE, aseguran que ese acuerdo tripartito es defendido por la columna vertebral del socialismo -Felipe González, Rodríguez Zapatero y Rubalcaba-, interesada en “no hacernos daño inútilmente con la derecha, si queremos impedir ‘il sorpasso’ de IU”…

De hecho, este es sólo un ejemplo, que podríamos acompañar de otros muchos, de lo que producen el silencio y la inacción de Rajoy ante el escándalo social que comporta el ‘caso Gürtel-Bárcenas’, ninguno de ellos bueno para la imagen del partido. Nosotros mismos llegamos a anticipar en su momento la posibilidad de que los ‘papeles de Bárcenas’ terminaran en una particular “Noche de los cuchillos largos” del PP: lo cierto -decíamos- es que “cuando el río suena, agua lleva” y que la derecha española más dura y reaccionaria siempre ha sido de faca afilada, ligera de gatillo y aficionada a no dejar heridos ni prisioneros en el campo de batalla…

RECTIFICAR SERÍA COSA DE SABIOS… Y DE SENTIDO COMÚN

Pero, volviendo a la torpe indecisión de Rajoy (que tendrá que rectificar por las buenas o por las malas), Raúl del Pozo, experimentado comentarista político de afilada e informada pluma, escribía en su crónica de El Mundo titulada “Verdad sin escondites” (18/07/2013), lo siguiente:

(…) Decir la verdad en muchas ocasiones cuesta la vida, decir la verdad en el caso Bárcenas quizá ni siquiera costaría la caída de un político, pero esta casta ha escogido del maquiavelismo la lección de que la verdad a veces es un estorbo para mantenerse en el poder y es más importante la habilidad para incumplir promesas o la astucia del silencio para sortear crisis. Creo que los ciudadanos están esperando la verdad sin artificios, la verdad pura, lo que llamaban la parresia y que Foucault definía como la verdad con franqueza, el coraje del habla franca sin escondites.

En estos días estamos comprobando cómo se sustituye la verdad por la lealtad, cómo la política sigue siendo una hipocresía consensuada y cómo la mordida abarca a casi todo el arco parlamentario. Mordida, condonación, unte, engrase…. Que siga la farsa.

Podíamos traer a colación más comentarios informados y periodísticamente honestos, que desde las distintas orillas ideológicas, más progresistas o más conservadoras, coinciden plenamente en la crítica a la actitud de Rajoy, en la inevitable necesidad que él y su partido tienen de reconocer la verdad -o al menos parte de ella-, en la apreciación de que cuanto más tarden uno y otro en bajarse del pedestal más dura será su caída y en las consecuencias a futuro de tanta torpeza política. Baste, por oponer otra línea informativa de peso a la ya conocida de El Mundo, reproducir el arranque del artículo de opinión firmado por Miguel Ángel Aguilar en El País (16/07/2013) titulado “Antes dimitir que ceder”:

La gestión de la mentira es el factor común que llevó a la derrota del PP en las elecciones del 14 de marzo de 2004 y que llevará ahora al relevo de Mariano Rajoy en la presidencia del Gobierno. Antes morir que pecar es frase que se atribuye a san Luis Gonzaga, modelo de congregantes. En nuestro caso convendría adaptar la frase para que dijera antes dimitir que ceder al chantaje. Una proposición a la que habría de atenerse todo político honorable. Porque en efecto las obligaciones elementales con los electores imponen que no se ceda al chantaje pero, a continuación, corresponde dimitir cuando ha quedado de manifiesto un proceder impropio. De la misma manera que el chantajista que presta un servicio de primer orden revelando los nombres de quienes delinquieron con él, en absoluto queda eximido de culpa aunque haya colaborado con la Justicia en el esclarecimiento de los hechos. Luis Roldán es de los que podría sostener eso de que si dijera la verdad mentiría pero lo que el juez ha de valorar son las pruebas que aporte para sostener sus afirmaciones.

Recordemos cómo Mariano Rajoy esquivó en aquel programa de TVE ‘Tengo una pregunta para usted’ del 19 de abril de 2007 la respuesta precisa a la cuestión de cuánto ganaba que desde entonces sigue irresuelta y ha ido dando tumbos, hasta que ahora el benemérito Tesorero Nacional del Partido Popular, en ejercicio durante décadas, comparece ante el juez Ruz y aporta las cantidades entregadas en sobres al entonces presidente del PP, además de otros datos irrefutables sobre la financiación ilegal de esa formación política. Una vez más, nos encontramos ante un caso de conflicto luminoso, en las antípodas del acuerdo cómplice para garantizar el oficio de tinieblas. Porque sabemos que el antagonismo entre ánodo y cátodo es el que permite que salte la chispa y se cierre el circuito entre esos dos polos de donde resulta la luminosidad del arco voltaico, la cual permitía al público de las antiguas salas de cine ver la película de los hechos. En sentido contrario, si se anulara la diferencia de potencial, si se anulara el disentimiento, entre los dos puntos nos quedaríamos rigurosamente a oscuras para que los más aprovechados pudieran hacer sus cambalaches fuera de la vista de los espectadores. Pudo haber un momento en que Bárcenas y sus beneficiarios, como los gánsteres que discuten en un garaje por el reparto del botín hubieran huido juntos al oír la sirena de la policía, según expresión certera de Cuco Cerecedo, pero esa oportunidad, si la hubo, ya caducó y estamos en otro escenario…

Por nuestra parte, ya advertimos que si en el ‘caso Gürtel-Bárcenas’ Mariano Rajoy hubiera seguido el consejo evangélico de acogerse a la verdad para ser verdaderamente libre (San Juan, 8.32), poniendo encima de la mesa las hechos ciertos, rectificando de forma visible los errores cometidos (incluso con ceses fulminantes), atajando de raíz la gangrena interna de la corrupción y asumiendo un coste político ‘acotado’ en el tiempo (al estallar el problema), está claro que su imagen y la del PP no serían peores de lo que van a terminar siendo, ni tan tremendo el daño que van a sufrir en la hoguera pública.

Porque, como sostienen los teóricos del pensamiento positivo, en lo que se centran las personas -la mentira y la corrupción, frente a la verdad y la ética, en el caso de marras- es lo que se expande ante la sociedad. Alexander Pope, reconocido poeta inglés del siglo XVIII, nos legó la máxima impecable de que “errar es humano, perdonar es divino y rectificar es de sabios”; pero rectificar es, sobre todo, cosa de sentido común, sin el que -honradez y votos aparte- nadie está capacitado ni legitimado de ninguna forma para gobernar.

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