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Lo soltó, ni corto no perezoso, el pasado 19 de julio en plena crisis del ‘caso Gürtel-Bárcenas’, sin haber ofrecido todavía a la sociedad española la más mínima explicación, plausible o no, de su escandaloso trasfondo: “Estoy legitimado por las elecciones”. Y lo hizo al inaugurar la VI Conferencia de Ministros de Asuntos Exteriores de la UE que, auspiciada por el denominado ‘Grupo de Reflexión’, se celebraba en Palma de Mallorca para intercambiar impresiones sobre la manera de afrontar los retos pendientes de Europa, con el ánimo evidente de reivindicar ante ellos su autoridad al frente del Gobierno.

Preocupado sin duda por el deterioro de su imagen personal con la acogida del caso en los medios de comunicación internacionales, lanzó una idea que, expuesta como la expuso, en ese momento y ante ese auditorio (una reunión de la élite política europea), tenía su miga: “Todos sabemos que la democracia europea emana de la cultura democrática de los países que la integran, y es en las elecciones democráticas donde los pueblos legitiman a sus representantes para ejercer las responsabilidades de gobierno”.

Porque, ¿acaso sus gobernados han subvertido la democracia a costa del ‘caso Gürtel-Bárcenas’? Antes al contrario, lo que la sociedad española (incluidos votantes y militantes del PP) critica a voz en grito, es la apestosa corrupción de los gobernantes, y precisamente en defensa de ese sistema democrático que, eso sí, la clase política violenta día a día…

RAJOY PROPAGANDEA LA ESPAÑA ANTIDEMÓCRATA

Para empezar, ante el lenguaje taimado y desde luego extemporáneo del presidente Rajoy (no sabemos a santo de qué vino cuestionar la democracia española en un acto institucional de ese porte), cabe pensar que algunos de los ministros europeos presentes no dejarían de ver al pueblo español como una vulgar pandilla de salvajes, dispuesta, faca en mano, a degollar a los gobernantes salidos de las urnas. Es decir, dando pábulo a una España de nuevo retrotraída a sus épocas más negras (el 23-F, la Guerra Civil, la revolución de Asturias de 1934, la semana trágica de Barcelona de 1909, los espadones del siglo XIX…), por fortuna superada aunque Rajoy diera a entender lo contrario, consciente o inconscientemente y machacando una vez más desde el poder el invento de la ‘Marca España’.

Si el actual presidente del Gobierno no acaba la legislatura como tal, no será por el comportamiento antidemocrático de los españolitos de a pie, sino por el suyo. Porque la democracia está frontalmente reñida con la corrupción y la mentira política, y porque el sistema cuenta con recambios y contrapoderes para sustituir a cualquier prescindible -como él- que no sepa, no pueda o no quiera ejercer su responsabilidad de gobierno.

Cultura democrática en este país existe la que existe. Pero la suya, a tenor de cómo se financia su partido y de cómo su gobierno politiza la Justicia e incumple su programa electoral, no es precisamente la más acrisolada: las suposiciones, sombras de dudas y posibles malentendidos al respecto, que la ensoberbecida dirección del PP a veces sostiene con ínfulas ridículas, se quedan para catequizar analistas torpes, sectarios o sobrecogedores.

Claro está que en democracia los gobiernos salen de las urnas, pero luego pasa lo que pasa. Y ahí, en esas derivas indeseadas, tenemos casos para todos los gustos. Por ejemplo, desde el nazi Adolf Hitler elevado por las urnas alemanas al podio más indigno de la humanidad, hasta el Mohamed Mursi que en Egipto las quiso convertir en derecho de pernada de los Hermanos Musulmanes; pasando por Jesús Gil y por Julián Muñoz, los alcaldes de Marbella con mayorías absolutas que se dedicaron a saquearla y que dieron con sus huesos en la cárcel, o por Adolfo Suárez, adalid de la democracia a quien sus mismos correligionarios aplicaron el garrote vil de la política.

Y no olvidemos la defenestración de Margaret Thatcher, quien, tras ejercer exitosamente durante sus dos primeros mandatos como primera ministra del Reino Unido y ganar un tercero, fue forzada por su propio partido a dimitir sin poder concluirlo, dejando también el liderazgo de su partido… O la infinidad de gobiernos elegidos democráticamente -incluso con mayorías absolutas- que, dentro y fuera de España, se han visto obligados a tener que convocar elecciones anticipadas por muy diversas razones...

De manera que, si el presidente Rajoy piensa que por disfrutar el PP -y no él- del respaldo mayoritario en el Congreso de los Diputados tiene su poltrona y su gobierno a buen recaudo, se equivoca. Sabido es que la política es insondable e inescrutable, como los juicios y los caminos de Dios; y por eso, en democracia, hay políticos que hoy se acuestan en brazos del poder y mañana, poco más o menos, se despiertan entre rejas, como el senador del PP Luis Bárcenas…

EL GOBIERNO SE PASA EL PARLAMENTO POR LA FAJA

Y se equivocó también Soraya Sáez de Santamaría, de medio a medio, al considerar que, ante el tremendo escándalo del ‘caso Gürtel-Bárcenas’, Rajoy no está obligado con las Cámaras, sino con “los ciudadanos”. Durante su intervención en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros del pasado 19 de julio, afirmó al respecto de forma literal: “El presidente del Gobierno ha dado, da y dará las explicaciones necesarias y oportunas a los ciudadanos, que es de lo que se trata, y en el momento que considere oportuno; no al servicio de la estrategia procesal de nadie ni a la estrategia política de otro, sino las que correspondan, las que se deban, a quien se debe el Gobierno, que son los ciudadanos”.

Parece mentira, y ello da medida de hasta dónde ha llegado la inconsistencia de la clase política, que toda una vicepresidenta del Gobierno y ministra de la Presidencia, que además pertenece al Cuerpo de Abogados del Estado, ignore (o pretenda ignorar) que las Cortes Generales, formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado -y sólo ellas- representan al pueblo español en su conjunto y que, además de ostentar la potestad legislativa del Estado y de aprobar sus Presupuestos, son el órgano legitimado para controlar la acción del Gobierno (art. 66 CE).

Pero es que al presidente del Gobierno no se le elige en las urnas (en ellas sólo se eligen parlamentarios), sino en el Congreso de los Diputados, previa propuesta de un candidato por parte de la presidencia de la Cámara, una vez consultados todos sus Grupos políticos. El candidato propuesto de esta forma, y no de forma directa por los ciudadanos (que sólo pueden votar a los diputados de su circunscripción electoral), expone a continuación el programa del Gobierno que pretende formar y solicita la confianza de la Cámara, que la puede otorgar o no (art. 99 CE); de forma que, en términos procedimentales y con sujeción a Derecho, las mayorías parlamentarias ni quitan ni añaden nada al nombramiento del presidente del Gobierno, que siempre es una elección de segundo grado.

Y ello con independencia de que, a la postre, quien haya sido nombrado sea presidente de todos los españoles: de los que han votado a su partido, de los que han votado a otros partidos y de los que no han votado, teniendo o no teniendo la condición legal de electores. Y ese conjunto de la ciudadanía -incluidos los no votantes- es la que está representada en las Cortes Generales por la totalidad de los parlamentarios elegidos.

El llamativo desprecio del Gobierno de Rajoy al Parlamento es tan torpe y errado que Joaquín Prieto, periodista de largo recorrido en el análisis de la política española, no ha dudado en aclarar las confusas ideas de Sáenz de Santamaría al respecto en un ilustrativo artículo de opinión publicado en El País (21/07/2013), y con un título bien sin duda bien agradecido por los políticos desinformados:

Rajoy depende del Parlamento; no al revés

“Nadie puede comprender la política británica si no comprende el funcionamiento de la Cámara de los Comunes (...) en ocasiones especiales, se convierte en el centro casi místico del sentimiento nacional”. Las ‘Memorias’ de Margaret Thatcher recogen esas palabras al relatar la jornada de su dimisión, el 22 de noviembre de 1990, tras 11 años y medio al frente del Gobierno británico. Nadie reconocerá algún rasgo similar en el Congreso de los Diputados. No es una avería del sistema, sino el resultado ‘natural’ de los esfuerzos alternados entre PP y PSOE para minusvalorar al Parlamento en beneficio del Ejecutivo, llevados al paroxismo por el férreo control de la actual mayoría.

Mariano Rajoy no es el mandatario directo de las urnas. En realidad, fue elegido por el Congreso de los Diputados. Parece un formalismo (¿a quién iban a elegir, sino al jefe de la mayoría?), pero la democracia se diferencia de los regímenes autoritarios por el respeto a las reglas y a los buenos usos. Un presidente elegido en el Congreso puede ser destituido por esa misma Cámara, que a su vez corre el riesgo de ser disuelta por aquel para provocar nuevas elecciones. De modo que existe un juego que los protagonistas no deben saltarse a la torera. Gran parte de la enorme desafección ciudadana hacia los partidos políticos se debe a haber reducido a los votantes a la impotencia, no solo a base de escándalos, sino de constreñir a los representantes a la condición de personas que han de ganarse el favor de sus jefes y no el de los ciudadanos.

Es verdad que las campañas electorales se montan en torno a los candidatos a presidente del Gobierno, lo cual contribuye a la sensación de vivir en un sistema presidencialista. Pero es falso. Los presidentes de Estados Unidos o de Francia sí están investidos directamente por las urnas. La posición de Rajoy (como antes la de Zapatero, Aznar, González, Calvo Sotelo, Suárez) es equiparable a la del canciller en Alemania o a la del primer ministro británico: dependen de sus respectivos Parlamentos. No al revés.

Si los jefes de las mayorías y de las minorías se llevan mal, es su problema. La Dama de Hierro nunca dejó de despreciar al jefe de su oposición, el laborista Neil Kinnock (“Jamás me decepcionó. Hasta el final mismo, siempre pronunció las palabras menos apropiadas”). Probablemente, Rajoy siente parecida antipatía por Alfredo Pérez Rubalcaba, pero no comparte con los jefes de Gobierno británicos el respeto al Parlamento. Solo por eso hay que valorar la iniciativa del líder de la oposición socialista, en recordatorio de que la moción de censura también existe.

Todo cuanto se ha dicho de que Rajoy puede ganar esa votación sin bajarse del autobús es más que cierto. También lo es que desempolvar el Gran Berta, solo para intentar que el presidente del Gobierno acuda al Parlamento, puede parecer un desperdicio. La situación ilustra el bloqueo al que el partido mayoritario somete a las minorías. Si la democracia representativa queda reducida casi a la incapacidad, porque la mayoría entiende que la soberanía es del presidente del Gobierno, se comprende que las minorías rebusquen el modo de rearmar al Parlamento. No es mala ocasión de poner bajo los focos el funcionamiento de una democracia que abusa de los decretos-ley, niega comisiones de investigación, es muy poco transparente y donde nadie se hace responsable político de finanzas partidistas más que dudosas.

La debilidad económica de España empuja hacia las prudencias conservadoras para tratar la crisis institucional. Esa oposición que desempolva el gran cañón está dividida: unos piden elecciones ya, otros quieren una sucesión ordenada en el seno de la mayoría y hay quien se conformaría con una explicación. Pero hace 26 años que portavoces de la oposición (uno de ellos, el ‘candidato’ a nuevo jefe de Gobierno) no tienen la oportunidad de subir a la tribuna y plantear ‘sin limitación de tiempo’ cuanto quieran decir, si finalmente se presenta la moción. La perderán, pero los mecanismos democráticos no deben oxidarse.

LA RECTIFICACIÓN LLEGA TARDE, MAL Y A RASTRAS

La realidad es tan tenaz y el precipicio por el que se despeña la resistencia de Rajoy tan evidente, que éste no ha tenido más remedio que admitir su error y anunciar su comparecencia parlamentaria en relación directa con el ‘caso Bárcenas’. Lo hizo el 22 de julio, durante una rueda de prensa que compartía en La Moncloa con el primer ministro de Rumanía, Víctor Ponta, dando de nuevo más proyección internacional a los trapos sucios de la política española.

La secuencia de los hechos es reveladora, porque muestra la contumacia de Rajoy y su rotundo fracaso. El escarceo se inició cuando, en el turno de preguntas al mandatario de su país, un periodista rumano lanzó sobre la marcha a Mariano Rajoy este misil de celo informativo: “Señor presidente, no sólo España, sino también muchos países y toda Europa, espera saber cuándo y cómo, de qué forma, va a responder a todas las acusaciones que tiene en este ‘caso Bárcenas’, enfrente del Parlamento o enfrente de un juez. ¿Lo va a pedir o va a ser en un discurso, como el pasado febrero?”.

Rajoy se fue en primera instancia por las ramas de la inconcreción -muy en su taimado juego habitual- con esta contestación literal:

Presidente Rajoy: En relación con la pregunta que me formula, ya sabe usted -que, por lo que veo, me parece que es un buen seguidor de la vida política española- que yo comparezco habitualmente en el Parlamento. Yo respondo a preguntas en el Congreso y en el Senado, participo también en debates y, lógicamente, en la medida en que me van preguntando, yo voy respondiendo, igual que ocurre en mis comparecencias ante los medios de comunicación. Por tanto, yo sobre este tema, siempre que me preguntan, he dado una respuesta.

A partir de ahí, yo ayer hablé con el presidente de las Cortes y le dije que iba a presentar una solicitud de comparecencia para tener una intervención en el Parlamento en la última parte de este mes o a principios del próximo mes de agosto, con el objetivo fundamental de explicar la situación en la que vive en este momento nuestro país, tanto desde el punto de vista económico, con nuevos datos económicos que estamos conociendo en estas fechas y que seguiremos conociendo en el futuro, y también la situación que vive desde el punto de vista político, y en la que, lógicamente, hablaré del tema que a usted le preocupa.

Lo he hecho porque considero que éste es el momento oportuno y adecuado para plantear el futuro de las cosas y lo que pretende hacer el Gobierno en los próximos meses.

Lo que, a continuación, llevaría a otro periodista a realizará una pregunta más incisiva y con respuesta forzadamente más concreta:

Pregunta: Yo tengo, en esta ocasión, dos preguntas para el presidente del Gobierno y las hago en nombre de los periodistas españoles.

Me gustaría saber por qué mantuvo usted el contacto con Luís Bárcenas, dándole ánimos, incluso, después de que se descubriera que tenía dinero en Suiza.

También me gustaría saber si usted considera que no ha hecho nada mal a lo largo de estos últimos meses para gestionar esta crisis y si no cree que los ciudadanos, también sus votantes, merecían algún tipo de explicación hace ya tiempo.

¿Y cómo piensa usted recuperar la confianza, que, según las encuestas, parece perdida, de los ciudadanos?

Presidente Rajoy: Sobre ese asunto, como acabo de decirle a su compañero periodista, compareceré en el Parlamento para dar todas las explicaciones, porque creo que es donde debo hacerlo, porque yo lo que quiero es darle explicaciones, contarle lo que ha ocurrido y cuál es mi versión, que también es necesaria, al conjunto de los ciudadanos. Y creo que el sitio es el Parlamento, donde está representado el conjunto de la soberanía nacional. Por tanto, ahí es donde yo diré todo lo que tenga que decir sobre este tema.

¿Cómo pensamos recuperar la confianza? Llevamos año y medio largo de Legislatura, ha sido una etapa muy dura y ha sido una etapa muy difícil. Nos hemos tenido que enfrentar a una situación de déficit fuerte, un déficit exterior y graves desequilibrios económicos. La situación económica no es buena. Creo que hemos tomado muchas decisiones, algunas complejas, difíciles; muchas no comprendidas por los ciudadanos, pero creo que ya empezamos a ver algunos datos positivos en la economía española

Por tanto, yo lo que voy a hacer es seguir trabajando, defendiendo única y exclusivamente lo que creo que es mi obligación defender, que es el interés general de los españoles. Me gustaría que la economía española pronto remontara el vuelo. De momento, las bases ya se han puesto muchas y algunas se pondrán en el futuro. Y me gustaría que los españoles vieran que estas políticas, que en muchas ocasiones no les han gustado, y soy plenamente consciente de ello, producen efectos.

De esta forma, la errada estrategia del Gobierno resistiéndose a explicar el ‘caso Bárcenas’ en el Parlamento, quedó hecha añicos, tal y como habían previsto todos los analistas políticos alejados de la influencia del PP. Ahora, está muy claro que la comparecencia de Rajoy (prevista para el 1 de agosto próximo en el Congreso de los Diputados) ya no será a petición propia, aunque él la presente de esa forma, sino forzada por la presión política y mediática. La vicesecretaria general del PSOE y diputada por Madrid, Elena Valenciano, lo advirtió inmediatamente de forma bien sencilla y descriptiva: “El señor Rajoy llega tarde, mal y a rastras”.

En su columna habitual de El País, Miguel Ángel Aguilar, siempre incisivo y habituado a confrontar la vida política con el conocimiento y las vivencias de la ilustración social, ahondaba en la repentina apreciación sobre el ‘caso Bárcenas’ de Elena Valenciano y destacaba el contraproducente resultado de la torpe pasividad a la que se había aferrado el presidente Rajoy. En la crónica titulada “En línea con Don Tancredo” (23/07/2013), escribe:

El actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, parece imbuido del principio según el cual aquí el que resiste gana. Un principio adoptado como lema heráldico por otro gallego, de Padrón, Camilo José Cela. En la versión particular de Rajoy se entiende que resistir es callar. De manera que nuestro presidente, enrocado en esa actitud, acaba componiendo la figura de Don Tancredo. Esa es la referencia con la que empezaba para los españoles el siglo XX, lo mismo que para los franceses se inauguraba con la torre Eiffel. En el ensayo que le dedica, José Bergamín (véase Obra Taurina. CSIC, Madrid, 2008), escribe que Don Tancredo encontró el valor por el camino más corto: por el del miedo. Esa es también la manera que ha tenido el presidente Rajoy de encontrar la elocuencia por el camino más corto: por el del silencio. Un silencio sostenido frente a la petición indeclinable de explicaciones que le han venido reclamando las fuerzas políticas parlamentarias y todo el arco cromático, que componen del rosa al amarillo las afinidades de la prensa, radio y televisión que se edita o emite desde Madrid, si se exceptúa a la Brunete mediática obcecada en el marianismo de estricta obediencia.

La invención del tancredismo, entendido como la voluntad de no hacer nada, se positiva en un esfuerzo heroico: el de no moverse lo más mínimo, conforme a los dictados del asesor áulico Pedro Arriola. Así se dejó arrumbar Rajoy, cuando era líder de la oposición, por las olas de la crisis hasta arribar a las playas de La Moncloa. Así, una vez alcanzada la presidencia, ha desafiado también, como Zapatero, su predecesor socialista, la vigencia del principio de contradicción fijado en la lógica aristotélica. Lo que resulta paradójico es que el hombre inmovilizado por el miedo se transfigure en la estatua viva del valor: del Rey del Valor, que era el sobrenombre con el que se anunciaban las actuaciones de Don Tancredo en los carteles taurinos. Señala nuestro autor que “para nada hace falta tanto valor como para expresar el miedo” y que “el valor de los hombres podría definirse por la calidad de su miedo”. También que hay dos escuelas de pensamiento al respecto. La primera, mantiene que Don Tancredo esperaba al toro con los ojos cerrados, la segunda que lo hacía con los ojos abiertos. Pero Bergamín resuelve el dilema invirtiendo el orden de los factores para advertirnos de que no es el Don Tancredo el que puede mirar con fijeza al toro; es el toro el que puede y tiene que mirar con fijeza a Don Tancredo, de forma que cuando el toro no se fija en él es cuando está perdido: porque le acomete, casi sin verlo, le arremete y le derriba. Así sucedió el primero de enero de 1901 con aquel toro Zurdito, de Miura, que sin duda no se fijó en él, le derribó al suelo y le obligó a salir de estampida.

La pretensión por parte de Mariano Rajoy de esquivar la cuestión de Bárcenas y de la financiación ilegal del Partido Popular solo ha generado resultados contraproducentes. Quien pensara que el tiempo todo lo borra o que después de llover escampa, habrá podido comprobar el fracaso de semejante predicción, porque también sucede que el paso del tiempo puede ser un agravante y que el silencio de la parte interpelada redobla la fuerza del requerimiento de quienes exigen respuesta. Más aún, si Manolo el del bombo se pone al frente de la percusión con la maestría que tiene acreditada en la administración de las dosis y de las pautas, sabedor de que para lograr el incremento de las sensaciones en progresión aritmética es necesario que los estímulos escalen en progresión geométrica (Ley de Weber y Fêchner) y sabedor también de cómo premiar o sancionar el comportamiento que cada uno de los implicados en las carpetas y sobres manejados por Bárcenas, que Jota Pedro presenta como descubrimientos. Máxime cuando, esta vez, en lugar de las conjeturas para extorsionar de otras ocasiones cuenta con datos irrefutables. En todo caso, según comentaba un magistrado del Supremo, cuando aparece una contabilidad b, siempre acaba por resultar la verdadera, mientras que la oficial apenas responde a la necesidad de guardar las apariencias legales.

Que las fuerzas de oposición hayan debido amenazar con una moción de censura indica la tozudez de la negativa de Rajoy a comparecer ante el Congreso de los Diputados, habida cuenta de que la censura es el único recurso que la Junta de Portavoces, de obediencia gubernamental, es incapaz de bloquear. Que el presidente haya dicho que solo debe explicaciones a los españoles que le votaron es contrario al hecho de que su investidura corresponda al Congreso de los Diputados, integrado por quienes han sido elegidos para ocupar sus escaños en las elecciones generales. Pero esto no se queda así. Esto se hincha.

Al igual que sucedió en su momento con el presidente Rodríguez Zapatero, quien tras eliminar de su particular vocabulario la palabra ‘crisis’ tuvo que recuperarla convertida ya en el arma de su propia autodestrucción, ahora Rajoy ha pretendido borrar del suyo al colega ‘Bárcenas’, siendo forzado también a reconocerle con luz y taquígrafos de por medio, ataviado con todos sus atributos de partido y cuando el personaje ya hiede políticamente a larga distancia.

Se trata, por tanto, de un ‘dar la cara’ que, además de llegar tardía y malamente, no va a permitir que se siga camuflando la verdad con medias palabras ni con retorcimientos del lenguaje y, mucho menos todavía, con mentiras formales. En relación con el camino recorrido hasta hora de forma bien torpe por el ‘marianismo’ en el escándalos asunto de Luís Bárcenas, no nos resistimos a reproducir un excelente artículo de Pedro G. Cuartango titulado “El neolenguaje del PP”, publicado en el anexo documental de El Mundo sobre los “20 años de Contabilidad B en el PP” (17/07/2013):

Si el pescado se pudre por la cabeza, la mentira empieza siempre por la manipulación de las palabras. Estos días estamos asistiendo al nacimiento de un neolenguaje que pretende desviar la atención de los ciudadanos y encubrir la financiación ilegal del PP y los abusos cometidos por sus dirigentes. Syme, uno de los personajes del '1984' de Orwell, asegura que el Ministerio de la Verdad conseguirá la implantación de ese neolenguaje en el que las palabras ya no tendrán ningún significado en el año 2050. En esa fecha, el poder habrá impuesto el doble pensamiento, que consiste en disociar lo que uno piensa de lo que tiene que decir, que son las consignas del partido. Muchos dirigentes del PP han hecho realidad la profecía del escritor británico 37 años antes de lo que preveía.

Lo que estamos viendo estos días es cómo las metonimias, metáforas, elipsis, hipérboles, sinécdoques, anacolutos y otras figuras del idioma son utilizadas por los portavoces del PP para ocultar unos comportamientos infames y para eludir responsabilidades, culpando a otros de sus propias miserias. El espectáculo es sencillamente indecente.

No sé si es peor la financiación ilegal del partido y el pago de sobresueldos o la burda propaganda que supera con creces a la del Gran Hermano. En este asunto no es que falte 'la finezza' que reclamaba Andreotti, sino que lo que sobra es estulticia y cara dura.

La reacción del PP muestra la profundidad de la crisis política e institucional que sufre este país, en el que la falta de ejemplaridad de los líderes y la esclerosis de los partidos han provocado un absoluto descrédito de los ciudadanos hacia el sistema.

Y hay que empezar por repudiar la actitud del presidente del Gobierno. Cuando Rajoy leyó anteayer [15 de julio de 2013] la respuesta que llevaba escrita en su comparecencia en Moncloa, habló de “rumores, insinuaciones e informaciones interesadas”. En lugar de esforzarse en buscar argumentos para defenderse, recurrió al demagógico recurso de quitar toda credibilidad a los abrumadores indicios que apuntan cuando menos a imperdonables negligencias.

Rajoy no explicó, no ha explicado nada. Desde que estalló la crisis se ha limitado a hacer juicios de intenciones contra quienes le piden algo tan elemental como que comparezca públicamente para responder a las muchas preguntas que suscitan los apuntes de la contabilidad B de Luis Bárcenas, que ha sido miembro de su círculo íntimo desde que fue nombrado presidente del partido hace nueve años.

Pero lo más repudiable de la actitud del presidente ha sido su identificación con el Estado y la estabilidad de las instituciones para blindarse de esa exigencia de responsabilidades políticas que es de puro sentido común.

Asumiendo ese neolenguaje, Rajoy declaraba hace pocos días que los medios deben ocuparse de lo "verdaderamente importante", sugiriendo que todo este asunto es secundario respecto a la crisis económica. Ello revela su escala de valores y su nulo interés en limpiar el partido, que es lo único que -parafraseándole- verdaderamente le importa.

Cuando, hace unos meses, puso la mano en el fuego por todos los dirigentes del PP de ahora y de antes, se comportó como el padrino que protege a su clientela a cambio de una fidelidad hasta la muerte. Ésa parece ser la cultura dominante en Génova.

Dolores de Cospedal también incurrió anteayer en el mismo error de negarlo todo sin ningún matiz, aunque, al menos, tuvo el valor no desdeñable de responder a las cuestiones que le plantearon. La 'número dos del PP' optó por desmentir categóricamente que su partido cobrara una comisión por unas contratas de limpieza en Toledo cuando existe un recibo firmado por uno de sus colaboradores al que Bárcenas entregó 200.000 euros. Puede que Cospedal no haya cometido ninguna irregularidad, pero ese documento merece una explicación prolija y convincente.

A lo largo de estos días, dirigentes y diputados del PP se han desplegado por todas las tertulias para amplificar la teoría del chantaje y desacreditar a El Mundo. Olvidan que chantajear no es hacer público lo que uno sabe, sino ocultarlo para sacar beneficio. Pero, además, sólo es posible chantajear a alguien si éste tiene algo que esconder.

El diputado Gil Lázaro se dedicó en un programa televisivo de la noche a despotricar contra este periódico, calificando todas sus informaciones de insidias, arremetiendo contra la oposición y tachando a Bárcenas de “delincuente”, en línea con lo que han dicho Floriano y Alonso. El discurso de los tres es una emulación del de 'Humpty Dumpty' cuando enfatizaba muy enojado aquello de que “las palabras dicen lo que yo quiero que digan”.

Pero la realidad es tozuda. Y siguen sin respuesta las cuatro cuestiones elementales que ninguno de ellos ha sido capaz de contestar: por qué sus superiores no se enteraron de nada, por qué le protegieron a Bárcenas, por qué han reconocido dirigentes como Nasarre y García Escudero que recibieron esos sobresueldos si todo es falso y por qué esos apuntes coinciden con la contabilidad de 'Gürtel', incautada por la Policía y que obra en el sumario.

Por mucho que se empeñen, no hay ninguna conspiración contra Rajoy. Pero, aunque la hubiese, que no es cierto, lo esencial reside en la fuerza de los hechos. Si este escándalo hubiera estallado en Gran Bretaña, David Cameron sería ya un cadáver político. Para quien lo haya olvidado, Helmut Kohl tuvo que dimitir como jefe de la CDU cuando los medios revelaron que su partido había cobrado una comisión por la refinería de Elf en Leuna.

Buscar la verdad no consiste en matar al mensajero. Si la estrategia del PP pasa por negar las evidencias, no hay que ser muy listo para darse cuenta de que todo acabará muy mal, porque no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

En nuestra Newsletter del pasado 25 de noviembre, titulada “La realidad objetiva y la manipulación política”, señalábamos que sólo cuando el político reconoce las cosas como son en sí, alcanza la verdad. De otra suerte cae en el error y, por tanto, en el gobierno pernicioso.

El gobierno de la razón, frente a la razón del gobierno (que a menudo incluye la ‘sinrazón’, la ‘razón de Estado’, el ‘secretismo’ y, efectivamente, la manipulación del lenguaje), se asienta en el conocimiento de la verdad objetiva. Porque la razón, en esencia, depende de la verdad…

Un ejercicio mentiroso que, además de ser propio de políticos de escasa capacidad, como la mayoría de los actuales, también es el refugio de los más mezquinos y de los más tontos, quienes, si uno se detiene en tal observación, no dejan de ser, efectivamente, los que más mienten. Y en el que, según clamaban los socráticos, el peor engaño es el de los que, careciendo de méritos para ello, se hacen pasar sin pudor alguno ante sus conciudadanos por hombres capaces de gobernar el país.

Pero, aún con todo lo dicho, ya veremos en qué queda la comparecencia parlamentaria de Rajoy del próximo jueves 1 de agosto, y si aclara el ‘caso Bárcenas’ y la oscura financiación del PP de forma comprensible o se sube por las ramas y vuelve a su taimado lenguaje político para ofrecernos ‘más de lo mismo’. Puestos a apostar, apostaríamos por la vía del ‘escapismo’, que es lo que mejor se le da.

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