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La “nueva regulación del servicio de alimentación” del Ejército de Tierra, con la que se pretende ahorrar 15 millones de euros en gastos corrientes, no ha dejado de mostrar una llamativa incompetencia gestora por parte del Estado Mayor que dirige el general de Ejército Fulgencio Coll, no en una sino en dos direcciones.

Para empezar, con la decisión de que desde el 1 de junio los militares de dicho Ejército paguen el 50 por 100 del coste del menú ordinario, que se cifra en 2,80 euros (5,60 euros de coste total), diversas empresas de catering industrial consultadas han asegurado que dichos precios exceden en más del doble a los que actualmente se vienen ofreciendo en régimen de competitividad. Este sobreprecio conlleva que, en realidad, los soldados afectados estén pagando no el 50 por 100 de su rancho, sino incluso algo más de su coste total, echando por tierra la idea mezquinamente difundida por algunos medios de comunicación de que “se les acabó el gratis total”.

Pensemos que ese diferencial de sobreprecio, que totaliza los mismos 15 millones de euros ahorrados, se debe a una mala gestión de la cocina militar y no a posibles corruptelas en dichos suministros, propias de tiempos pasados.

Por otra parte, tampoco deja de sorprender que, puestos a ahorrar de verdad, al EME no se le haya ocurrido ordenar los trabajos ordinarios de los cuarteles y demás dependencias militares en régimen de jornada intensiva (sin comida), con lo que el ahorro perseguido sería exactamente del doble: 30 millones de euros. Una medida que, además, igualaría el horario laboral de nuestros soldados con el establecido en otras Fuerzas Armadas de nuestro mismo entorno occidental, y por supuesto con el de la mayoría laboral del país.

Dentro de este despropósito, el Ejército de Tierra ha advertido en una nota de prensa que sólo se subvencionará el precio total de la comida “al personal que esté de guardia y a los alumnos de las academias de formación”. Una buena decisión, porque sería verdaderamente cutre que, prestando servicios de armas, los soldados tuvieran que apañarse el bocadillo o la tartera casera. A ese paso, podrían terminar como en “la guerra de Gila”: poniendo de su bolsillo las balas y, los de Caballería, el semoviente.

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