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Mariano Rajoy estuvo nada menos que  dos legislaturas seguidas ejerciendo como líder de la oposición, lo que sin duda tuvo que darle de si para poder analizar la coyuntura de crisis, meditar, esbozar y definir un proyecto alternativo al desastre del “zapaterismo”. Es decir, para tener prevista una reorientación en la marcha política del país realista y eficaz, haciendo simplemente lo que, desde aquella oposición, decía que “debía hacerse” para acabar con el despilfarro económico, la demagogia, la insensatez gubernamental…

Una opción bastante razonable. Hasta el punto de afirmarse entonces desde las filas populares que, tan solo con cambiar al presidente del Gobierno (quitar a ZP y poner a Mariano Rajoy), se evitaría el descalabro nacional, recuperando España sus fueros de grandeza tras la consabida avocación a la ruina y al desprestigio institucional que siempre se producía con los gobiernos socialistas (ellos han vuelto a vaciar la caja --se decía en el PP-- y nosotros, como hizo Aznar, la volveremos a llenar).

Teniéndolo todo bien pensado y repensado, el presidente Rajoy, hombre con larga y brillante experiencia política, hoy cuenta, además, con una mayoría parlamentaria absoluta para hacer y deshacer a su antojo, otorgada el 20-N sin vacilaciones por un electorado ansioso de verle al frente del Ejecutivo. Pero he aquí que el “Rajoy opositor” era una cosa y el “Rajoy presidente” de ahora es otra muy distinta.

Aupado en el poder, Rajoy ha optado por ejercer de Maquiavelo (más que de político gallego), conviniendo consigo mismo que le interesaba ganar tiempo, pensando, como pensaba el afilado florentino autor de El Príncipe, que “el tiempo todo lo oculta y con él llegan lo mismo las prosperidades que los infortunios”, aunque no siempre sea así. Tal vez, si el presidente del Gobierno hubiese tenido más presente a Voltaire, habría podido calibrar también que “el tiempo hace justicia, y coloca a cada uno en su sitio”, en nuestros días puede decirse que a velocidad supersónica.

LA REFINADA SOBERBIA DE LA INACCIÓN POLÍTICA

Puestos a utilizar citas ajenas, la actitud política de Rajoy, parsimoniosa y secretista a más no poder, nos recuerda otra afirmación sobre la vida pública, en este caso de Miguel de Unamuno, no menos lúcida: “Soberbia, y refinada, es la de abstenerse de obrar por no exponerse a la crítica”.

Esta inacción elata, practicada por Rajoy durante su primer semestre presidencial (que en tiempos de crisis extrema computa como toda una eternidad), con salvedades que ni por asomo se aproximan a lo exigido por la situación, queda patente en las palabras que él mismo pronunció el pasado lunes 2 de julio en Sevilla: “Hemos hecho muchas cosas, pero ahora toca pisar el acelerador”. Porque, si se han hecho tantas cosas (que en realidad no se han hecho), ¿qué acelerador habría que pisar ahora? Y, si ahora hay que pisar el acelerador, ¿qué es lo que se ha dejado de hacer hasta el momento? ¿Cuál es, en definitiva, la razón de no haber hecho en seis meses lo que ahora tenemos que hacer de forma tan acelerada…?

La realidad es que durante medio año el Gobierno ha estado tocando el violón con recortes y reformitas de andar por casa, vendiendo públicamente unas falsas soluciones y, en todo caso, tomando algunas decisiones que han realimentado la crisis en vez de atajarla, como facilitar los despidos sin mayores exigencias a la patronal o intervenir Bankia de la forma en la que se ha hecho, con poca finura financiera y escasa inteligencia política. Hoy estamos peor que antes del 20-N, dígase lo que se diga y por muchas que sean las responsabilidades y las chapuzas del anterior gobierno socialista, que ya no están en discusión.

Este es el balance de la situación a grosso modo: una reforma laboral que no ha servido para reactivar el empleo; varias reformas del sistema financiero que han concluido en un “rescate” duro y puro en efecto estigmatizador; una tardía renovación (no reforma) de las instituciones públicas que solo es un nuevo reparto de poltronas y pesebres partidistas; tijeretazos en los servicios sociales que podría hacer cualquiera (a costa de no tocar el grueso del despilfarro público)… y muy poco más. Es decir, que, verborrea política aparte, antes que haberse hecho “mucho”, “mucho” es lo que realmente queda por hacer.

Pero, teniendo en cuenta como se ha venido comportando el Gobierno, es de prever que seguirá habiendo discrepancias entre sus nuevas actuaciones “urgentes” (que sin duda se podían haber activado mucho antes) y las más necesarias que seguirán durmiendo el sueño de los justos. Entre las primeras estarán los nuevos ajustes fiscales que pretenderán enmendar errores anteriores, con nuevos apretones de tuerca para reequilibrar los objetivos incumplidos del déficit público, que probablemente volverán a mostrarse insuficientes. Y, entre las segundas, seguirá faltando con no menos seguridad el auténtico paquete de reformas institucionales y estructurales necesarias, para, entre otras cosas, adelgazar el aparato político del Estado, incluyendo las perniciosas autonomías, lo que realmente nos permitiría recuperar la credibilidad como país, la confianza de los mercados y, por supuesto, el crédito internacional.

Paréntesis: Gaspar Llamazares, diputado nacional y ex coordinador general de IU, ya ha lanzado en TVE el “avisito” de que quienes quieren reducir los gastos de los políticos electos, que según él no hay tantos, lo que en realidad pretenden es cargarse la democracia.

Rajoy ha anunciado también que las nuevas reformas, las que ahora va a imponer pisando el acelerador, representarán “un hito en la modernización del país”. Lo dudamos, porque ya sabemos que carece del arrojo político necesario para tal aventura: ahí queda sino, con su firma bien patente, la chafarrinada política del último reparto partidista de la “tarta institucional” (Tribunal Constitucional, Defensor del Pueblo, Tribunal de Cuentas, Junta Electoral Central, RTVE y lo que venga…).

Por su parte, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, acabe de anunciar como parte de ese mismo espectacular “plan revulsivo”, la desaparición de 80 empresas o fundaciones públicas, el 2 por 100 de las 4.000 existentes, instando al mismo tiempo (sólo “instando” y no exigiendo) a que las 17 comunidades autónomas hagan lo propio en sus respectivos virreinatos. Una forma verdaderamente graciosa de entender la situación: si eso es “pisar el acelerador” y “modernizar el país”, que venga Dios y lo vea…

LOS CORIFEOS DEL PODER

Claro está que, a pesar de la que está cayendo, “la vida sigue igual”, como cantaba Julio Iglesias en la España franquista, al menos en el estilo de gobernar y de hacer política. Porque, con tantas cosas que criticar, los corifeos del poder siguen de moda y batiendo palmas pase lo que pase.

Apenas terminada la última cumbre del Eurogrupo (28 y 29 de Junio),antes de conocerse de forma fehaciente la letra pequeña del rescate y de que se pueda disponer de una financiación asumible, cosa que de momento está por ver, algunos comentaristas demasiado inquietos no dudaron en lanzar las campanas al vuelo, por muy poquita cosa. Para empezar, jaleando la retracción inicial de la prima de riesgo cuando a principios de la semana se situó por debajo de los 500 puntos básicos, que no era para tanto, aunque nada dijeran cuando el viernes cerró por encima de los 560, nivel muy superior al que, por ejemplo, marcó la intervención de Irlanda, y con la rentabilidad de los bonos del Estado a diez años rayando el 7 por 100…

Esos mismos periodistas pro gubernamentales (el PSOE también los ha tenido), aplaudieron igualmente la bajada de la tasa de paro en el mes de junio, que contabilizó 98.853 desempleados menos que en el mes anterior. Pero despreciando el factor de la estacionalidad, la reducción en la demanda personal de puestos de trabajo (por infructuosa) y las altas netas de empleados del hogar (más de 20.000) debidas a los movimientos registrales derivados de la Ley 27/2011, aprobada por el anterior gobierno socialista. La realidad es que hoy hay medio millón de parados más que hace un año (muchísimos sin cobrar prestación de desempleo), y punto.

Hay quienes no quieren enterarse de que las cosas van mal, francamente mal, o no quieren contarlo por su dependencia directa o indirecta del poder político. Pero es que esa debacle ya la está reconociendo el propio Rajoy, aunque sea “a la gallega”. Y no digamos el ministro Luis de Guindos, quien, menos impuesto en silencios “maquiavélicos”, acaba de ser bastante más claro: “El rescate de la banca reducirá los préstamos al sector privado; el crédito no volverá a crecer hasta el 2015”.

Nosotros no nos cansaremos de recordar a nuestros lectores lo que, negado o enmascarado por el Gobierno de forma sistemática, hemos venido afirmando desde hace tiempo: hoy por hoy, que es cuando se necesita, el “rescate financiero” computará como deuda pública, y con todas sus consecuencias. Por si alguien todavía cree en los Reyes Magos, léanse algunas contundentes afirmaciones de Wolfgang Schäuble, el “zorro” responsable del Ministerio de Finanzas de Alemania, publicadas en “El País”, 08/07/2012:

- “El EFSF [Fondo Europeo de Estabilidad Financiera] da créditos a los países que lo solicitan, no hace donaciones. Según las normas de Eurostat [la oficina estadística europea], los créditos se suman al endeudamiento, aunque sean tan blandos como los del EFSF. Hablar sobre qué sucederá cuando esté funcionando el futuro organismo de supervisión bancaria sería construir castillos en el aire”.
- “Cada cosa a su tiempo: primero debemos poner en funcionamiento un supervisor bancario común eficiente, con participación del Banco Central Europeo (BCE). Después discutiremos cómo podríamos hacer posible el acceso directo de los bancos a los fondos europeos de estabilidad. No funcionará sin un supervisor que controle a los bancos, su uso de las ayudas y el cumplimiento de las condiciones. Pero el organismo supervisor no entrará en funcionamiento este año. Eso es poco realista”.
- “Para poder actuar ahora, acordamos que el FROB [Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria] haga la solicitud como agente del Gobierno español. El dinero saldrá del fondo provisional EFSF, porque el permanente ESM [Mecanismo europeo de Estabilidad] aún no está listo. El ESM asumirá el crédito, pero se mantendrá su estatus de acreedor no privilegiado. Lo que está por pactarse con España se aplicará tal cual”.

En el fondo, las cosas están bien claras, al menos para quienes realmente quieran saber de que van…

LA HORA DE LA VERDAD

Nadie, con dos dedos de frente, puede negar ya que la crisis está ahogando incluso a las clases medias. Por eso, el Gobierno (que administra el Estado) debe exigirse mucho más a sí mismo, a las instituciones públicas, a los propios partidos políticos… Y medir con acierto definitivo las nuevas reformas en ciernes (subidas del IVA, reducciones salariales en el funcionariado, compresión de las plantillas de los organismos públicos, privatizaciones…), sin confundir nuevos “recortes selectivos” con “hachazos indiscriminados” que pongan en pie de guerra al macizo social.

En relación con esas reformas sustanciales e inteligentes, hasta ahora en verdad inéditas, el Fiscal General del Estado, Eduardo Torres Dulce, un hombre esencialmente tranquilo y ponderado, también ha advertido que el traspaso de las competencias de Justicia a las comunidades autónomas fue un error, mostrándose partidario de que vuelvan al Estado. Un criterio ya expuesto públicamente por Esperanza Aguirre, por Rosa Díez y por muchos analistas políticos independientes, pero desoído por el Gobierno de forma rayana en la estulticia.

Más allá todavía de esa advertencia, y respondiendo a la pregunta que le formuló uno de los asistentes al curso sobre Justicia y Economía organizado por la Universidad de Verano Rey Juan Carlos en Aranjuez (02/07/2012), Torres Dulce afirmó: “Si somos un Estado federal, somos un Estado federal, pero tenemos los inconvenientes de un Estado federal y ninguna de las ventajas, como sucede en el actual desarrollo del Estado de las Autonomías”. Y, con el dedo puesto en la llaga del actual modelo político, puntualizó: “Un Estado en el que no haya un núcleo importante en Justicia, Sanidad y Educación difícilmente podrá funcionar”.

La necesidad de refundar el Estado, particularmente en lo relativo a su actual organización territorial, a la independencia de los tres poderes básicos que caracterizan la democracia (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y al sistema electoral y de partidos políticos, es tan evidente como urgente. Claro está que para acometer esta tarea histórica, se necesita una clase política más patriótica e inteligente que la que tenemos.

Otro paréntesis: Mientras la Generalidad de Cataluña se aprieta el cinturón suprimiendo la merienda de los reclusos ingresados en sus prisiones, su presidente, el Muy Honorable Señor Artur Mas, insiste todavía en que no dará “ni un paso atrás” en la inmersión lingüística, diga lo que diga la Justicia y pasándose por la entrepierna los últimos fallos del Tribunal Supremo en contra del modelo catalanista. Rajoy advirtió hace poco que “España no es Uganda”, pero a ese jefecillo de etnia tribal no se atreve ni a toserle, con los magistrados del Supremo tragando más que las alcantarillas de San Francisco (California, USA).

Una declaración perfectamente coherente con el desprestigio, por no decir desprecio, con el que los ciudadanos identifican a los políticos. De hecho, la tercera oleada del Barómetro de Confianza Institucional, revelador estudio iniciado hace un año por Metroscopia, refleja una desaprobación del funcionamiento de los partidos políticos masiva (el 88 por 100 de los encuestados), frente a una aprobación mínima (el 9 por 100).

Pero es que esa desaprobación social, aun en porcentajes decrecientes hasta llegar al límite del aprobado “ramplón”, alcanza a la mayoría de las instituciones y figuras públicas que cimentan el Estado de Derecho y el modelo de convivencia nacional. Detrás de los partidos políticos, se desaprueban también la banca, el Parlamento, la patronal, el Gobierno de la Nación, los sindicatos, los ayuntamientos, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional, los tribunales de justicia…

Cada vez hay menos dudas, incluso fuera de España, de que nuestra clase política sigue enrocada en unas prácticas (de gobierno y de oposición) absolutamente impresentables, que están destruyendo el país y que, sin quererse reconocer, nos avocan trágicamente a la desestabilización total: económica, política y social. ¿Cómo puede extrañarnos entonces que un país como Finlandia, con apenas cinco millones de habitantes, se niegue a pagar los platos rotos de la orgía político-económica montada por casi cincuenta millones de españoles y les deje a su propia deriva…?

A Rajoy le faltan algunos atributos (y sin duda muchas decisiones) para poder “liar” a un país como el finés, que aborrece la corrupción política y que, aun siendo uno de los más ricos del mundo, sustituye el jamón de pata negra y la ternera gallega por la carne de reno, los mariscos por el bacalao y la “movida” por clases de matemáticas… Y no digamos lo que todavía tendría que trajinar el presidente Rajoy, precoz y solvente “registrador de la propiedad”, para poder embaucar a la Merkel y a los malévolos “mercados” en la salvación de una “España cañí” verdaderamente irredimible.

Eso sin olvidar que Holanda, otro país poco aficionado a la gitanería política y a tragar con “cuentas del Gran Capitán”, también nos tienen sometidos  a “observación”.

Todo ello, mientras el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, advierte en el Parlamento británico que no renuncia a restringir la entrada de emigrantes al país si se rompe la Eurozona, señalando a países como Grecia, pero sin desechar a otros que entren en una dinámica de crisis similar. Presionado, además, dentro y fuera de su partido para someter a referéndum la pertenencia del país a la Unión Europea (UE).

Pero, cómo se verá por ahí fuera la verbena española, cuando esa misma UE, cuestionada por los británicos, tampoco se fía ni un pelo del Estado de las Autonomías, con toda la razón del mundo. Hasta el punto de que, mientras el Gobierno no garantice el control del despilfarro autonómico, Bruselas tampoco va a flexibilizar ninguna de las condiciones impuestas a España para la reducción del déficit presupuestario.

Con todo, la vicepresidenta del Gobierno, alter ego de Rajoy y aventajada “abogada del Estado” que también se pasa algunas cosas por donde quiere, sostiene risueña que “los mercados suben y bajan…”, sin encontrar mejor forma de pedir serenidad al personal. Un desparpajo ciertamente temerario ante una ruina económica en la que, además, la banca consta como “desaparecida en combate”, sin estar ni que se la espere.

Dicho de otra forma, el Gobierno está jugando al “tiki-taka”, pintando la mona por el espacio sideral y perfectamente agarrado a la brocha, pero sin escalera. Algo que el presidente Rajoy no pudo disimular el viernes 6 de julio durante la inauguración del nuevo emplazamiento europeo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), fijado en Madrid.

Balbuceante y con la mirada más perdida que nunca, Mariano Rajoy relanzó su discurso habitual, también más vacío que nunca, al ser interpelado por la situación ante los medios informativos: “Tenga usted y todos los presentes la total y absoluta seguridad de que España… hará… todo lo posible y además superará la crisis económica por la que estamos pasando en estos momentos; y que, además, su Gobierno hará todo lo posible para que también Europa haga todo lo posible para, entre todos, superar esta grave crisis económica”. Bla, bla, bla…

EL “CASO BANKIA”, ¿HITO PARA REGENERAR LA POLÍTICA?

Tras soportar desde hace años una insufrible nómina de políticos y banqueros/bancarios marcados genéticamente con el cromosoma de la delincuencia de “cuello blanco”, no queremos dejar de criticar la cerrazón del PP para que el “caso Bankia” fuera sometido a una investigación política (y ni siquiera a un debate) en el Parlamento. Pero criticando mucho más, por supuesto, a los portavoces oficiales u oficiosos del mismo partido que han venido en rasgarse las vestiduras por su acertada judicialización.

Tampoco dejamos de aplaudir el estimable servicio prestado por UPyD a la democracia, precisamente con la querella que hainterpuesto contra todos los miembros del Consejo de Administración de Bankia y su matriz, el Banco Financiero y de Ahorros (BFA), ejercientes en el cargo cuando dichas entidades fueron intervenidas por el Estado. Una vez admitida la querella, el juez competente de la Audiencia Nacional ha imputado a todos los querellados, con la loable anuencia del Ministerio Fiscal.

Ahora, solo queda esclarecer los hechos, con una amplitud investigadora que se anuncia ciertamente reveladora, determinar su posible naturaleza delictiva y, en los casos que pudieran proceder, esperar la sentencia correspondiente y que sea ejemplarizante.

En otra Newsletter, titulada “Cuando te pilla el toro…” (14/05/2012), en la que se comentaba la conveniencia de sustanciar las responsabilidades de los “reventadores” del sistema financiero que se han venido enriqueciendo personalmente mientras empobrecían a los demás, ya sostuvimos: “Si la Fiscalía Anticorrupción hubiera tratado a estos ‘salteadores de cuello blanco’, como ha tratado a otros ciudadanos bastante más presentables (desde Mariano Rubio a Isabel Pantoja), detenidos con gran aparato policial y mediático y encerrados en prisión de forma abusiva, quizás el problema no hubiera llegado a producirse o se habría zanjado de raíz”.

Pero, al margen de su deriva judicial, el “caso Bankia” permite otro análisis quizás más trascendente dentro del juego sucio político y partidista. Porque ¿cuál fue la razón de que Rajoy machacara en su momento la candidatura de Ignacio González para presidir Caja Madrid, propuesta por Esperanza Aguirre y respaldada por todos los partidos y sindicatos acreditados en la CAM, imponiendo en el cargo a Rodrigo Rato…?

Meditando un poco la respuesta, hay quien podría pensar que, además de recortar con ello el vuelo político del tándem Aguirre/González, Rajoy podría haber sentado a Rato en la poltrona de Caja Madrid, un auténtico volcán a punto de erupción, para vengarse de la competencia que le hizo como posible líder del PP, forzándole luego a tomar decisiones comprometidas. Claro está que si Rato hubiera triunfado en su difícil cometido, Rajoy, como buen discípulo de Maquiavelo, siempre habría podido reivindicar el haberle designado para el puesto…

Si esa hipótesis fuera verosímil, despejaría en buena medida la incógnita de hasta donde pueden comprometerse los intereses nacionales para satisfacer vanidades y resolver rencillas políticas personales. Aunque, puestos a padecer estrategias maquiavélicas, habrá que estar atentos a los nuevos “viernes negros” que se avecinan, salpicados sobre la soporífera laxitud veraniega...

Sea como fuere, Rajoy tiene el pie en el acelerador, cara de velocidad y un circuito por delante con más curvas peligrosas que el de Mónaco, sin ser, precisamente, una as del volante como Fernando Alonso. Esperemos que no se estrelle (ni nos estrelle) antes de terminar la primera vuelta, que, por dejadez, es en la que todavía estamos. En todo caso, hay que advertirle que, cuando acelere, levante el otro pie del embrague, porque, de no hacerlo, sólo conseguirá recalentar el motor, es decir la crisis.

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