El Ejército del Islam en Siria matará a unos para enriquecer a otros. Militarmente, es una formación inútil que no triunfará nunca. Entonces, ¿cuál es su razón de ser? Que la revolución siria se ha convertido en una yihad, ya es un hecho consumado. La mayoría de sus protagonistas elogiados en Occidente como luchadores laicos por la libertad y la democracia en Siria, ansiosos por salvarla de la tiranía, terminaron proclamándose aliados de Al Qaeda o tienen una visión similar sobre el futuro del país.

El 24 de septiembre pasado, trece organizaciones islamistas de Siria, incluido el Frente al Nusra asociado a Al Qaeda, anunciaron en Alepo la formación de una nueva alianza llamada la Coalición Islámica, distanciándose definitivamente de la oposición secular prooccidental representada por la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria (CNFORS) con su Ejército Sirio Libre (ESL).

De esta manera quedan, por último, desmentidas las falacias occidentales sobre la presunta unidad de ESL. Dos de sus más eficaces unidades de combate, Ahrar ash Sham y Liwaa al Tawheed, han pasado a formar parte de la nueva coalición. Por si fuera poco, la Coalición Islámica rechazó públicamente la ayuda de Occidente. Esa declaración de guerra por parte de Al Qaeda y su intención de quedarse con el poder de Siria han sido una mala noticia para EEUU y Arabia Saudí.

La respuesta de los saudíes era previsible. El 29 de septiembre, otros cuarenta y tres grupos armados islamistas reunidos en las afueras de Damasco anunciaron la formación de su propia fuerza común, Jaysh al Islam (Ejército del Islam), con Zahran Alloush, excomandante de Liwaa al Islam que también formaba parte del ESL. Los saudíes consideran al Ejército del Islam como la principal fuerza de la oposición siria capaz de imponerse al régimen de Asad y Al Qaeda, pero, ¿será realmente capaz?

En realidad, el Ejército de Islam carece de importancia estratégica incluso para los numerosos grupos opositores que operan en las cercanías de Damasco, porque no deja de ser simplemente uno de ellos. Tampoco supone mucho refuerzo, ya que, de las “brigadas” que lo conforman, cuarenta son las mismas que formaban parte de Liwaa al Islam, otras dos o tres son absolutamente desconocidas y el resto, las de reciente formación, según dice el respectivo comunicado, son muy poco numerosas.

¿De repente la idea es que el Ejército del Islam lleve a sus filas a miles de auténticos patriotas de Siria, cansados ​​del terror y la injusticia? No creo que logre hacerlo.

Zahran Alloush, entrevistado recientemente por el canal de televisión Al Yazira, fue bastante claro al exponer su visión sobre el futuro de Siria. Pretende restablecer el Imperio Omeya (segundo califato islámico, con capital en Damasco) y limpiar el país de iraníes, chiíes y alauís. Al igual que la mayoría de los insurgentes, cree que los representantes de las minorías religiosas en Siria son unos infieles que deben adoptar el islam en su versión salafista o morir. En sus declaraciones sobre la sociedad civil y la democracia fue aún más directo: “El islam no puede llegar al poder a través de la democracia, como no puede crecer la uva a través de las espinas del endrino. La verdad no debe mezclarse con la mentira: el islam no puede coexistir con el secularismo”.

El proyecto saudí de un ejército libertador para Siria parece aún menos viable que el occidental del ESL. Siria está repitiendo el escenario afgano con sus incesantes cambios de patrocinadores, inútiles y carentes de todo sentido. En Afganistán, las continuas inyecciones financieras y envíos de armas a todas las partes en conflicto tienen un solo efecto: que el fin de la guerra ni se vislumbre. ¿No será que una “guerra sin fin” sea el verdadero objetivo estratégico en ambos casos?

Los comandantes de campo estarían encantados, si esto fuera así. Un alto funcionario occidental señaló al respecto que el aspecto militar no tiene importancia en el caso del Ejército del Islam. Su formación es una medida política. Los grupos insurgentes simplemente están cambiando de nombre y creando nuevas estructuras de mando. Es parte de sus juegos políticos internos donde lo más importante es controlar los flujos financieros.

El cuadro cada vez está más claro: enormes beneficios para la jefatura de los nuevos “ejércitos”, muerte para sus soldados rasos y terror y sufrimiento para la población de Siria. Y nada de negociaciones hasta que Siria no se convierta en un emirato islámico controlado por Al Qaeda o un “califato salafista”. ¿Algo inverosímil? Sí, pero mientras la guerra trae dinero, hay motivo para seguir peleando. 
 

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