Por Nikolai Dolgopólov

A sus casi 90 años, que cumple el 11 de noviembre, el coronel del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia George Blake lo recuerda todo y a todos.

Vive con su esposa, Ida Mijáilovna, en la región de Moscú y sólo se acerca a la capital en caso de extrema necesidad, sin ganas y muy de vez en cuando. ¿Cómo es hoy el agente George Blake, que tanto ha hecho por nuestro país? Su noventa cumpleaños ha llegado con inesperada rapidez. Parece que hace nada celebramos su 85 aniversario. He oído que su vista ha empeorado. ¿Pero a quién le mejora algo a esta edad?

Al acercarnos a la dacha, todavía de lejos, vimos a la tranquila pareja: el hombre con bastón, ayudado por su esbelta compañera, caminando ambos sin prisas por el sendero. Una elegante boina, oscura cazadora, barba corta y cuidada... A pesar de los 47 años vividos en nuestro país, no se parece al típico habitante de pueblecito ruso. ¿Y por qué no? Porque el coronel del SIE sigue siendo el famoso espía inglés George Blake.

En la calle tiene dificultades sin acompañante, pero en su hogar se orienta perfectamente, moviéndose con independencia. Nuestro anfitrión comienza la conversación hablando en ruso, pero a la manera inglesa, refiriéndose al tiempo:

George Blake (G.B.): Cuando no llueve paseo mucho: suelo salir a la calle. Aunque a la calle no salgo solo, ya sabe, bicicletas, coches... Acomódese.

Nikolai Dolgopólov (N.D.): Gracias, Georgi Ivánovich. No le felicito por el aniversario, para no ser gafe. Pero se acerca el acontecimiento, que creo es agradable…

G.B.: Según se mire (Blake se ríe con inusitada sonoridad).

N.D.: ¿Cómo piensa celebrar su 90 cumpleaños? ¿Aquí, en la dacha, o en Moscú? ¿Espera muchos invitados? ¿Vendrán de Inglaterra?

G.B.: Vendrán mis tres hijos. El día 11 nos reuniremos todos y luego otra vez se marcharán a casa.

N.D.: ¿Y a qué se dedican sus muchachos en Inglaterra?

G.B.: Todos tienen profesiones diferentes. El menor es sacerdote de la iglesia anglicana en un suburbio de Londres. El mediano es un ex-militar y ex-bombero. Y el mayor es japonólogo.

N.D.: Parece que entonces les ha ido bien en Inglaterra. Y el hijo de Ud. e Ida Mijáilovna que ha nacido aquí, ¿qué edad tiene?

G.B.: 40 años, es especialista en finanzas. Misha [diminutivo de Mijail] es candidato a doctor en ciencias y muy buen profesor.

N.D.: Ya sabemos cómo llama a su hijo. ¿Y cómo le llama cariñosamente su mujer a usted?

G.B.: Zhora [diminutivo de Georgi].

N.D.: ¿Desde que se conocieron?

G.B.: No, me llamó así el primo de Ida.

Ida Mijáilovna: Sí, mi primo, cuando nació Mishka, vino y dijo: “Zhora, te felicito de todo corazón”. Y así ha quedado: Zhora. Pero en el trabajo nunca le llamaron Zhora, siempre Georgi Ivánovich. Pero yo me he acostumbrado.

N.D.: A lo largo de sus largos años en Rusia, muchos años diría yo, Ud. ha mantenido contactos con sus colegas ingleses, norteamericanos, que al igual que Ud. han servido fielmente a la URSS, a Rusia. Entre ellos estaban Philby, Morris y Lona Cohen… Y con toda seguridad nuestros "ilegales". Cuando le pregunté al héroe de Rusia, Morris Cohen, si no se aburría lejos de los Estados Unidos, me contestó: “¿Pero cree Ud. que allí tendría la posibilidad de tratar y de mantener la amistad con un intelectual de la talla de George Blake?”

G.B.: Morris Cohen era un hombre maravilloso. Y Lona también. Nos convertimos en grandes amigos, sobre todo durante sus últimos años. Les visité a menudo en su piso de Patriarshi Prudí y ellos venían aquí.

N.D.: ¿Se acuerda de Lonsdale, joven "ilegal" ruso?

G.B.: Cómo no, estuvimos juntos en la prisión londinense de Wormwood Scrubs, hablábamos mucho.

N.D.: ¿No entiendo como al espía ruso Lonsdale -condenado a 25 años por espionaje- y a Ud. -con una condena de 42 años- les dejaron comunicarse?

G.B.: Nadie lo entiende. Se puede decir que fue un error administrativo. Ambos figurábamos como presos peligrosos y teníamos que ser objeto de vigilancia especial. Pero resulta que el contraespionaje británico y la administración penitenciaria tenían conceptos distintos acerca de esa vigilancia administrativa. Tenían la obligación de mantenernos separados, excluir la posibilidad de contacto, pero resultó justo al revés: el paseo diario lo hacíamos juntos. A Lonsdale le cambiaron, yo me escapé.

N.D.: ¿Se veían en Moscú?

G.B.: Claro. Lonsdale estaba entre nuestros huéspedes.

N.D.: ¿Y con Kim Philby?

G.B.: Naturalmente. Su futura esposa Rufina era la amiga de Ida en el instituto, donde ambas trabajaban. Acabo de recordar un detalle. Muy poco después de aquello, el Servicio me había regalado el coche “Volga”. ¿Cuándo fue aquello? ¿En 1971…? Mi madre estaba aquí. Se trataban con Philby de una manera muy cordial. A mamá le gustaba tomar el Martini por la tarde y a Kim también. Las relaciones eran muy buenas. Por aquel entonces yo conocía poco las carreteras rusas: pensaba, nos montamos en el coche y vamos a recorrer Rusia. Pero... ja, ja... era bastante difícil. ¿Dónde pasar la noche o comprar gasolina? Ya no digamos arreglar el motor… De todas maneras Ida invitó a Rufina a visitar Iaroslavl, nos fuimos todos juntos con Philby en el “Volga”. Vi que Kim en seguida se enamoró de Rufina y le ofreció su mano y su corazón.

N.D.: ¿Y con esos amigos suyos hablaban de temas de inteligencia?

G.B.: Hablábamos. Recordábamos cómo fueron las cosas en Inglaterra, en otros países. Sí, hay mucho que recordar. Pero analizarlo, no. Lo teníamos todo claro. Conocíamos nuestras historias, comprendíamos quiénes éramos y qué habíamos hecho. Luego a través de Melinda conocimos a Don Maclean.

N.D.: Otro miembro de los cinco de Cambridge (aparte de Philby) y su esposa.

G.B.: Melinda ya había abandonado a Don. Pero aún no se habían separado. Ella vivía en un pequeño piso en este lado del río Moskvá, y Maclean al otro lado del río, cerca de la estación de Kíev. Era una persona muy culta, hablaba muy bien y escribía artículos. Y además en ruso.

N.D.: ¿Hablaba como Ud.?

G.B.: Muy, pero que muy bien; pero, al igual que yo, con acento. Es inevitable cuando aprendes el idioma de mayor. Era uno de los principales colaboradores de nuestro instituto IMEMO. Teníamos los despachos vecinos.

N.D.: ¿Y quién, de todos los compañeros de inteligencia que vivían aquí, le era el más próximo?

G.B.: Indudablemente, Donald Maclean. Kim Philby también era de Cambridge Five y era intelectual. Juntos trabajaron durante años para la Unión Soviética. Pero yo nombro a Maclean.

N.D.: Muchos de sus colegas del Servicio consideran que, de todas las personas de su profesión que por fuerza del destino y de la inteligencia fueron a parar a Rusia, precisamente Ud. es quien se ha adaptado perfectamente, y este país de verdad se ha convertido en el suyo. ¿Ha tenido que realizar esfuerzos heroicos? ¿O a lo mejor Ida Mijáilovna ha jugado un papel fundamental? Ya sólo aprender el idioma, como ha dicho, a una edad madura, tuvo que costar.

G.B.: Es mi carácter. Siempre me he adaptado muy bien allí a donde me ha llevado la vida, incluso en la cárcel de Scrubs. Hay una cancioncilla norteamericana: “pongan el acento en lo positivo, apartando todo lo negativo”. Lo he heredado de mi madre. Ella siempre fue muy positiva, muy optimista, siempre de buen humor.

N.D.: La broma, el humor, ayudan a vivir más tiempo. ¿No es cierto?

G.B.: Bueno, no soy muy buen bromista, pero en cuanto al humor... ja, ja, ja... lo tengo todo en orden. Una vez durante el encuentro con los compañeros del Servicio en Iásenevo les dije: “Aquí tenéis una marca extranjera que se ha adaptado muy bien a las carreteras rusas”. Mi sentido de humor fue apreciado.

N.D.: Por lo que sé, Ud. es uno de los pocos agentes de una inteligencia extranjera, convertido en coronel del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia.

G.B.: No, no. Todos fueron coroneles.

N.D.: Pero se trata de un reconocimiento. ¿Se sintió satisfecho?

G.B.: Eheee… Sí, el reconocimiento es agradable. Pero no le daba mucha importancia. Pero el que me hubieron inscrito entre los "ilegales" de la inteligencia exterior… ¡fue un gran honor! El jefe de entonces, Vadim Alexeévich Kirpichenko, me conocía muy bien, me tenía mucha consideración. Viajamos mucho por Rusia, del Oeste hasta el Extremo Oriente. Y ese hecho, mi inclusión en el Servicio de los "ilegales", fue y sigue siendo para mí el mayor reconocimiento.

N.D.: Su libro “Muros transparentes” se sigue reeditando y cada vez que compraba una nueva edición tenía la esperanza de descubrir algo nuevo, todavía no contado, relacionado con la inteligencia soviética.

G.B.: No, dije todo lo que quería decir. No sé inventar. No habrá nuevos capítulos. Me ayudó mucho mi nuera, escribe muy bien. Yo le contaba en mi ruso y ella lo pasaba al ruso bueno.

N.D.: En el libro Ud. valora a la gente desde el punto de vista del oficial de inteligencia. Recuerdo algunos de sus adagios.

G.B.: ¿Ah sí? Qué bien. ¿Y cuáles?

N.D.: A la gente le gusta hablar…

G.B.: … Y cuando les escuchas, te consideran un buen interlocutor. Es válido para todos los países y épocas. Incluso aquí en K., nos vemos con un hombre al que le gusta hablar conmigo. Y yo escucho, aunque no siempre le entiendo, pero eso no tiene importancia. A veces me permito hacerle una pregunta y él sigue.

N.D.: O esta otra máxima: "Se puede no contar toda la verdad, sino sólo una parte. Y será suficiente".

G.B.: Son métodos conocidos, no se asuste, de los jesuitas. Se llama economía de la verdad. No mientes, pero no dices toda la verdad.

N.D.: ¿Ayudaba en el trabajo de espía?

G.B.: Seguramente, sí, con toda seguridad.

N.D: ¿De sus acciones en inteligencia cuál considera como la de mayor éxito?

G.B.: El túnel de Berlín.

N.D.: No entiendo del todo cómo transmitía la información a la parte soviética. Ud. en Berlín Occidental y los nuestros en el Oriental...

G.B.: Le contaré. No era tan difícil. Cuando servía en la inteligencia británica en Berlín, ambas partes se comunicaban por el así llamado "metro rápido", pero que circulaba sobre la superficie. Me veía con el camarada soviético aproximadamente una vez al mes. Yo llevaba documentos de inteligencia británica, me montaba en el metro en Berlín Occidental, salía en el Oriental, pasaba por el control y allí ya me esperaba un coche. En el coche estaba mi "curador". Nos íbamos hasta Karlshorst al piso franco, le entregaba mis películas y charlábamos un rato. A veces nos permitíamos una copa de champagne alemán.

N.D.: Los franceses no le entenderían…

G.B.: [Blake se reía] Ya sé, para ellos no es más que vino con gas, pero a mí me gusta mucho. Luego me volvían a traer en el coche hasta la frontera y regresaba a casa en metro.

N.D.: Me ha sorprendido cómo había huido de la cárcel, cómo se rompió la mano.

G.B.: Mire, todavía queda huella, [Georgi Ivánovich/George Blake me enseñó el hueso que en efecto sobresalía por encima de la muñeca de su mano izquierda, bastante musculosa]. Mientras estuve durante dos meses escondido en casa de unos amigos se me había pasado el dolor. Pero incluso ahora duele a ratos.

N.D: Desde Inglaterra atravesó Ud. Europa hasta Berlín Oriental, escondiéndose en una dura caja con tarima de madera colocada debajo del coche. Debió de sufrir bastante.

G.B.: Bueno, en realidad no tenía que esconderme en la caja todo el rato. Solo en los momentos clave, cuando atravesábamos fronteras. La familia que me trasladaba iba con dos críos. Se arriesgaban seriamente. En el barco que nos llevó de Inglaterra al continente guardamos una regla: ellos no podían quedarse en el coche, se iban al salón. Yo me quedaba. Sí, permanecía tumbado, luego me sentaba, podía respirar libremente. Cuando llegamos a la belga Brugge, de nuevo me tuve que meter en la caja.

N.D.: Afirman que la inteligencia soviética sabía que Ud. estaba a punto de llegar a Berlín Oriental e incluso le ayudó. ¿Le esperaban?

G.B.: No. No es cierto. Cuando llegamos a la frontera alemana me escondí por poco tiempo de nuevo. Nadie sabía nada. Pero tuve suerte. Llegamos a Berlín, y su situación la conocía muy bien porque viví allí bastante tiempo. Llegamos hasta el puesto fronterizo y medio kilómetro antes me bajé del coche, di las gracias a mis amigos y me despedí de ellos. Esperé un rato, luego me dirigí a pie hasta el puesto fronterizo germano-oriental. Me dirigí al oficial: "quiero hablar con el representante soviético". Siguieron las preguntas de rigor: "¿Para qué? ¿Quién es Ud.?" Amablemente le pedí al alemán que no se preocupara, que llamara cuanto antes al oficial ruso, al que le explicaría todo.

N.D.: Ud. habla bien el alemán. ¿Ayuda el conocimiento de idiomas?

G.B.: Sí. Y el alemán, aunque con desgana, llamó al representante soviético. Llegó un hombre joven a quien dije quién era. Me había entendido, pero me pidió que esperara dos horas: “Es noche profunda. Mañana por la mañana vendré y lo aclararemos.” Me asignaron un cuarto. El viaje fue largo y emocionante. En seguida me quedé dormido.

N.D.: ¡Georgi Ivánovich, qué nervios hay que tener!

G.B.: A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando, se abrió la puerta. Entró un hombre y dijo: “Es él”. Era el oficial de inteligencia exterior Kondrashev.

N.D.: Terminó la carrera de teniente general.

G.B.: Me conocía porque estuvimos juntos en Inglaterra. ¡Kondrashev se elegró mucho! Me llevó con él y fuimos a Karlshost. Allí estuve tres días y luego, en un coche especial de un gran jefe, me envió a Moscú.

N.D.: Georgi Ivánovich, ha estado rememorando su vida. ¡Qué no habrá habido en ella! ¿Diría Ud. que es un hombre feliz?

G.B.: Sí, soy un hombre feliz, "very lucky man, exceptionally lucky". Pero no creo en la vida después de la muerte. De niño quería ser sacerdote, pero con los años se me ha pasado. En cuanto nuestro cerebro deja de recibir sangre, nos vamos, y después no habrá nada. No habrá castigo por el mal que has hecho, ni recompensa por las cosas buenas.

N.D.: ¿Se siente como una figura histórica? Con su ejemplo han aprendido generaciones enteras de gente de la misma profesión. Philby, Ud., Cohen… Gracias a vosotros alcanzamos la paridad nuclear, la paz y nuestro país pudo sobrevivir. Si no fuera así, la historia hubiera seguido otro rumbo. Así que…

G.B.: No. De todas maneras no soy una figura histórica. ¿Y sabe por qué…? No podemos predecir qué va a pensar la gente dentro de cien años, y cómo nos verán a nosotros, a los que vivimos hoy. La historia es impredecible. Mire cómo ha cambiado la visión de los acontecimientos que han tenido lugar hace menos de cien años.

N.D.: En vísperas de grandes aniversarios muchos hacen un balance. De qué cosas podría decir: esto me ha salido bien en la vida, pero esto no tanto. ¿Tiene alguna desilusión?

G.B.: Contemplo mi vida como una situación que de manera natural nace de lo anterior. Se puede decir que es un camino evolutivo. Si no hubiera sucedido esto, tampoco hubiera sucedido lo otro, derivado de lo anterior de manera lógica. Cuando hecho un vistazo atrás lo veo todo lógico y consecuente. Incluso cuando fui a parar a Moscú, siguió la reunión con mi madre, mis hermanas, más tarde con mis hijos. Un período interesante de reencuentros, casi 20 años después. La llegada de mi madre aquí fue uno de los acontecimientos más importantes. Ella lo organizó todo. Y además ella siempre lo ha creído. Cuando escuchó mi sentencia en Inglaterra, 42 años de cárcel, mi madre cogió dos enormes baúles, que aún siguen en nuestro piso en Moscú, con sumo cuidado metió en ellos toda mi ropa y comentó: “Todavía le hará falta a George”. ¿Cómo pudo prever lo que me pasaría en la cárcel? Pero tan sólo seis años después vino a Moscú con aquellos enormes baúles. Y llevé aquella ropa. Incluso el abrigo con el que volví de Corea. Y los muchos años que vivió mamá.

N.D.: Conservó la relación con los hijos, con Inglaterra. ¿Y qué significa para Ud. Rusia? ¿Cómo la ve?

G.B.: Son los años más felices de mi vida y los más tranquilos. Mientras trabajé en Occidente siempre persistía el peligro del descubrimiento. Era exactamente así. Aquí me sentía libre. Es algo muy importante. ¿Cómo es esa palabra... peripecias? Todas esas peripecias del destino llevaron al milagro. En Inglaterra tengo la relación con los hijos y los nietos que me visitan a menudo. Aquí tengo a mi esposa y a mi hijo, a los que quiero mucho. Tengo nueve nietos. Mi hijo Misha, es un hombre sabio, le respetamos mucho. Con su esposa tienen un hijo y ahora han adoptado a una niña de Asia Central, con unos ojos enormes. Primero estuvieron tramitando la tutela, ahora la están ahijando. Todos la queremos mucho.

N.D.: Muchos agentes de inteligencia [los rusos utilizan la palabra “shpión”, “espía”, cuando hablan de agentes enemigos, y la palabra “razvédchik”,  literalmente “reconocedor”, cuando se trata de agentes propios, dada la connotación peyorativa del término “espía” – N. del T.] han vivido una vida muy larga. El Héroe de Rusia Alexander  Feklísov se fue después de los 90…

G.B.: Le conocía, solíamos coincidir en el club de los veteranos.

N.D.: Otro Héroe de Rusia, Vladímir Barkovski, estuvo jugando al tenis hasta los 80 y pico…

G.B.: Y, según me contaba, también al voleibol.

N.D.: Su amigo Vadim Kirpichenko vivió hasta los 82. El chekista más veterano de Rusia, Borís Gudz, se murió a los 104 años… Barkovski me lo explicaba diciendo que el cerebro del agente de inteligencia está acostumbrado a un tenso trabajo y no le deja envejecer. ¿Está de acuerdo?

G.B.: Tal vez, yo lo miraría de otro modo. No creo que la actividad del agente le convierta en alguien que viva mucho. Al contrario.

N.D.: ¿La inteligencia no añade salud?

G.B.: No la añade. Pero tampoco la quita. El hombre precisamente se convierte en agente porque todo eso –la mente analítica, la forma física– ya estaban contenidos en él, lo desarrolla, alcanzando un gran nivel en la profesión. Lo más probable es que sea así.

N.D.: ¿Durante las largas tardes invernales seguramente escuchará la radio, verá la televisión…? ¿Tiene algún programa preferido?

G.B.: Me gusta que Ida me lea. ¿Televisión…? Casi he perdido la vista. Utilizo el oído. Escuchamos “Cultura”. Hay películas sobre espionaje. Los directores filman, los actores interpretan, pero yo sé qué pasó y cómo, pero no discuto. Que así sea.

N.D.: "Let it be".

G.B.: "Yes, let it be". Es mi filosofía vital. Me gusta mucho esta canción de los Beatles.

N.D.: Es mi preferida.

G.B.: La mía también.

N.D.: Hemos coincidido. Georgi Ivánovich, hemos estado hablando hora y media sin interrupción, y el perrito que sujeta en sus brazos parece que nos está escuchando.

G.B.: A lo mejor también siente interés. ¿Eh, Plushka? Le gusta sentarse sobre mis rodillas, a mí me tranquiliza.

Posdata: Le pedí a Georgi Ivánovich dedicarme dos ediciones distintas de su libro “Muros transparentes”.

G.B: Veo muy mal. Ponga mi dedo por debajo del título -me pide- para que quede bien. -Lo hago. Y Georgi Ivánovich escribió: “George Blake”.-

 

Presentamos a George Blake

Caído prisionero durante la Guerra de Corea, el joven oficial de inteligencia británica George Blake, por motivos estrictamente ideológicos, se pasa a nuestro bando. A su cargo hay multitud de operaciones de inteligencia enemigas descubiertas. El agente inglés sirvió en el punto más caliente de la guerra fría: Berlín Occidental. Y aquella ciudad -por aquel entonces la capital del espionaje mundial- en gran medida gracias a Blake no estaba en absoluto bajo el control de la OTAN. Sobre todo, cuando Blake avisó del túnel secreto, excavado por los estadounidenses. Con su ayuda los norteamericanos confiaban en poder conectarse a las comunicaciones soviéticas e interceptar todos los mensajes secretos. Se conectaron y durante mucho tiempo los interceptaron, tragándose la desinformación hábilmente servida en bandeja.

Debido a la traición de un agente de inteligencia polaca, Blake fue detenido en 1961 y condenado a 42 años de cárcel. Pero con ayuda de los amigos irlandeses, cuatro años después hizo lo imposible: se fugó de la cárcel de Wormwood Scrubs. Durante la fuga se rompió una mano y, después de haber permanecido escondido en un piso, con riesgo para su vida fue trasladado a través de Europa Occidental hasta Berlín Oriental, que conocía bien, y donde fue recibido con los brazos abiertos por nuestros agentes.

Desde 1965 George Blake vive en Moscú. Ha sido condecorado con la Orden de Lenin y de la Bandera Roja. A diferencia de otros colegas suyos de profesión empadronados en Moscú, Blake se adaptó rápidamente a nuestras condiciones de vida, y responde con gusto al nombre ruso de Georgi Ivánovich con el que se ha identificado. Se casó con una bella mujer llamada Ida, que le ha regalado a su hijo Misha, que mide 186 cm. Casi siempre ha trabajado en áreas estrictamente civiles. Habla bien y con simpático acento la lengua rusa. En ella transcurrió sin prisas nuestra charla, y a ratos hemos tocado temas estrictamente filosóficos.

Fuente: Rossiyskaya Gazeta, edición nacional Nº5928 (255)

(Traducción directa del ruso de Arturo Marián Llanos)

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