Unos 500 policías se concentraron el domingo para denunciar "errores" en el operativo de seguridad de las Marchas por la Dignidad del 22-M y para reclamar "dimisiones" de los responsables. Convocados por el Sindicato Unificado de Policía (SUP), la Unión Federal de Policia, el Sindicato Independiente de la Policía Española y la Confederación Española de la Policía, los trabajadores denuncian que en el dispositivo del sábado hubo órdenes de la dirección que provocaron que los agentes asumieran "riesgos innecesarios" y fuesen agredidos por manifestantes.

En los comunicados de prensa enviados a los medios, los sindicatos aseguran que los errores en el dispositivo provocaron que alrededor de 15 policías fuesen rodeados en los aledaños de la plaza de Colón por unos mil manifestantes violentos armados con piedras y barras metálicas que "defendieron la dignidad empleándose a fondo contra los policías", según el SUP.

Los sindicatos policiales consideran que fue un error de coordinación lo que permitió que quince policías quedasen aislados y sin poder ser apoyados por más unidades, lo que a su juicio "debe suponer la dimisión del responsable o responsables". El Sindicato Unificado de Policía exigirá explicaciones sobre lo ocurrido porque, dice, "nunca los miembros de la UIP se han sentido tan desamparados por los responsables policiales y políticos".

"Errores en su dirección y toma de decisiones, ordenando actuar sin los medios adecuados, provocó que los policías asumieran riesgos innecesarios cuyas consecuencias se vieron materializadas en las lesiones que sufrieron, algunas de carácter muy grave", denuncia el comunicado del SUP.

Por su parte, el Sindicato Independiente de la Policía Española denunció que se empezó "ordenando no salir con los medios adecuados" y que a consecuencia de ello hubo policías con "traumatismos cráneo encefálicos, contusiones, pérdida de dientes, heridas por arma blanca, rotura de huesos...".

Esta organización asegura que se les dio la orden de "aguantar" y no utilizar el material antidisturbios y coinciden con el otro sindicato en que al final se dejó "abandonado" a un subgrupo en el centro de la calzada que estaba rodeado por "cientos de violentos".

Un relato que produce vergüenza. Los “indignados” al Samur: 'Dejadlos morir'

El Mundo publicó el siguiente relato dado por un trabajador de Samur tras los incidentes del sábado. Da asco el comportamiento propio de matarifes cuando algunos se ven con posibilidad de dar rienda suelta a su odio. Este es el relato.

Un trabajador de las emergencias médicas de Madrid, que el día 22 estaba de servicio. No hay más detalles, porque nada de lo que ha confiado a la prensa quiere que le sea reconocido como mérito por nadie, ni deseo que le acarree represalias.

El trabajador estaba en un puesto sanitario avanzado (PSA) al que al término de la manifestación empezaron a llegar antidisturbios heridos, en brazos de sus compañeros. «En cinco minutos pudieron llegar siete u ocho policías de la UIP [Unidad de Intervención Policial] y uno de la UCE -antidisturbios de la Policía Municipal- con caras ensangrentadas, alguno con disminución del nivel de consciencia y cascos abollados, por lo que se suponía que eran adoquines. Hubo que estabilizarlos, valorar sus heridas y calmar su ansiedad, porque venían asustados. Vi caras desencajadas de esos hombres de casi dos metros, llamadas a sus mujeres y situaciones tensas cuando coincidieron en el PSA policías y manifestantes».

«No vi en ningún policía ni una mirada que tradujera odio o ánimo de venganza hacia ninguno de sus agresores. En el exterior, sin embargo, acompañantes de los manifestantes heridos nos gritaban a los trabajadores del Samur que éramos cómplices y que no atendiéramos a policías, que los dejásemos morir».

«Aplaudían cada vez que entraba un policía herido, e incluso llegaron a arrojar un petardo junto al PSA. Acabamos necesitando un cordón policial para poder trabajar con un mínimo de seguridad».

Refiere este trabajador, igualmente, cómo advirtió, desde su posición, la posible presencia de policías infiltrados como manifestantes: «En el exterior del PSA, unos manifestantes identificaron a un grupo de policías infiltrados vestidos de paisano. Los acorralaron profiriendo insultos y retándoles a pelear. Fui testigo directo de esta situación y sí parecía que eran realmente policías. Se refugiaron detrás del PSA para no poner en peligro el dispositivo sanitario, pero cerca por si acaso. No eran dos o tres encapuchados los que les amenazaban, era mucha gente, algunos quizá por solidaridad con los manifestantes».

Cuando llegó el momento de evacuar a los policías heridos continuó la fiesta y la presión. Así lo recuerda el testigo: «Afortunadamente, ningún manifestante o periodista precisó traslado urgente, sólo un policía precisó traslado en UVI móvil por un síncope recuperado tras una pedrada en la cabeza. Tuvimos que meter a los policías de dos en dos en ambulancia y por la puerta de atrás, pegada al PSA para evitar el trayecto a pie desde el PSA a la ambulancia, por su seguridad y entre silbidos».

En total, en el PSA valoraron a 61 pacientes hasta las 23.00 horas del sábado. Una estampa que se le quedó grabada al testigo fue la del único antidisturbios municipal, que estuvo 40 minutos solo, sin que ninguno de sus jefes acudiera a interesarse por él, mientras que los policías nacionales recibían incluso la visita de su director general.

«Lo que más me duele», dijo el policía, «no es la rodilla, sino que nadie haya llamado siquiera». Al final acabaron apareciendo sus jefes y se hicieron cargo de su traslado y de avisar a su familia, pero la imagen de ese largo rato en soledad vino a resultar simbólica del desamparo de unos servidores públicos expuestos a las iras de la ciudadanía.

Y hasta aquí lo visto y contado por alguien que estuvo en primera línea y que no está contaminado por la propaganda de ninguno de los dos bandos en conflicto. En definitiva, lo más parecido a un testigo imparcial -eso que ya sabemos que no existe- que al menos este cronista ha encontrado respecto de los incidentes del 22-M. También el testigo tiene, cómo no, su opinión, y creo que vale la pena transcribirla.

«Yo también estoy harto, pero tengo la suerte de mantener la vocación casi intacta. Yo me debo a mis pacientes, encapuchados, policías, fotógrafos, ciudadanos... convivientes en esta nuestra sociedad herida».

Y para terminar, lo que menos vale de estas líneas, la opinión de quien recaba y recoge el testimonio. Alguien debería empezar a pensar, en el Gobierno, en el mal resultado que da tapar los problemas amontonando contra ellos policías. Ya se hizo en el pasado, en nuestro país, y la consecuencia es que se quema y deslegitima a las Fuerzas de Seguridad, que cualquier día acaban viéndose en el brete de usar las armas y provocar una desgracia, y los problemas siguen ahí.

Y alguien debería empezar a pensar, entre los portavoces de esa izquierda que dice reclamar dignidad, si pedirle a quien ha de curar que deje morir a un ser humano es realmente de izquierdas. Si acaba aceptándose eso, algunos que lo somos y no podremos ser jamás de derechas, tendremos que afiliarnos a la izquierda de un país imaginario.

Otro relato: "Apoyo urgente. Nos están agrediendo. No podemos más"

"Apoyo urgente, apoyo urgente, nos están tirando adoquines" tronaban los equipos de transmisiones. "Solicito empleo uso material". "Nos están agrediendo. No podemos más". Y al otro lado silencio. El silencio más indigno e incompetente que recuerdan los uiperos veteranos. Eran las 20.20 horas del sábado y las llamadas "Marchas de la Dignidad", autorizadas y legítimas, habían derivado ya en un salvaje espectáculo, una guerrilla urbana con un objetivo: acorralar a los policías y destrozar como una manada en estampida lo que encontraba a su paso.

Es la tónica de las manifestaciones en Madrid desde hace un tiempo: mudar la lógica y esperable reivindicación de quienes peor lo están pasando en batallas desiguales y consentidas. Pero lo de ayer marcará un punto y aparte porque mientras los valientes guerreros embozados atacaban con hierros, palos, adoquines de un kilo y armas blancas a un grupo entero de la Unidad de Intervención Policial (el grupo 7) en el Paseo de Recoletos y estos pedían ayuda desesperadamente a través de las emisoras, al otro lado sus jefes callaban y los abandonaban a su suerte, según denuncian quienes estaban de servicio. El comisario general de Seguridad Ciudadana, Florentino Villabona, el jefe de las UIP, José Miguel Ruiz Iguzquiza, y el jefe de la Primera UIP, Francisco Javier Virseda Serna ("Puma") estaban muy cerca y durante más de media hora no ordenaron ni que se actuara ni que se les apoyara. "Estamos aislados. Solicito empleo uso material" (es decir, material antidisturbios: salvas y pelotas de goma).

Los grupos en reacción se encontraban a solo unos metros y no se les dejó apoyar. El uso de material antidisturbios solo se permitió cuando ya era tarde. Consecuencia: 67 policías heridos, 40 de ellos del grupo 7 de la UIP.  A Pedro, inspector, el jefe de ese grupo le abrieron la cabeza. Le quitaron el casco a puntapiés y le siguieron pateando. Su cabeza cosida con once puntos no necesita más aclaraciones. A otro de sus hombres, el subinspector, le asestaron dos puñaladas con lanza casera y tornillo. Si no hubiera llevado el chaleco antitrauma, lo habrían matado.

"Nunca vi nada igual. Veíamos llegar continuamente Samur y sabíamos que era para atender a nuestros compañeros. Se les oía gritar y pedir auxilio, decían que no aguantaban más... La rabia y la impotencia que sentí es difícil de explicar". Habla un agente que lleva más de veinte años en el Cuerpo, casi una década en la UIP. "No hubo órdenes de mover grupos para apoyar a los compañeros; los estaba atacando... Creo que ha sido la peor experiencia de mi vida. Los equipos de transmisiones mudos esperando la orden y nada. Bastaba con decir: "uso de material ya. simplemente eso". Me hirvió la sangre", cuenta este veterano.

Había nada más y nada menos que 33 grupos operativos desplegados formados por entre 45 y 50 hombres cada uno, llegados de Madrid, Sevilla, Valencia, Pamplona, Canarias, Valladolid y La Coruña. "Puma" estaba al frente, por encima de él, Marte, y Puma 1, 2 y 3 eran los tres coordinadores a las órdenes de Puma, con varios grupos a su cargo. Un engranaje, en teoría, bien engrasado al que ayer le chirriaron las piezas. "Éramos los número uno en orden público, la envidia de Europa. Hasta ayer. Además había ocho observadores internacionales para ver nuestro trabajo y nos cubrimos de gloria".

Los cuatro sindicatos que aglutinan a casi todo el Cuerpo (SUP, CEP, UFP y SPP) van a convocar una concentración el próximo miércoles a las puertas del centro policial de Moratalaz, donde tiene su base la UIP. Es el inicio del calendario de movilizaciones, si para entonces Interior no ha cesado a los máximos responsables de lo ocurrido ayer a juicio de los agentes: el comisario general de Seguridad Ciudadana, el jefe de las UIP y el jefe de la 1 UIP "por su inoperancia ante los graves hechos acontecidos".

"Ayer ganaron ellos, pero perdimos todos", reflexiona con amargura el agente. 24 detenidos, 67 policías heridos y la creciente sensación de impunidad. Era una marcha por la dignidad, pero ni los manifestantes (entre los que se colaron los de siempre) ni los mandos aguantan un pase de fotos o vídeos de Recoletos a cámara lenta. "Nos dejaron solos". Quizá sea el mejor resumen.

Partidos y organizaciones del Régimen son los que amparan a los extremistas que provocaron incidentes graves el 22-M

Este lunes por la mañana, simpatizantes de la izquierda radical acudieron a los Juzgados de Plaza de Castilla en Madrid para exigir la liberación inmediata de los 21 detenidos mayores de edad en los disturbios que tuvieron lugar el sábado por la tarde, con la excusa de la manifestación pacífica y multitudinaria que recorrió las calles de la capital para exigir el fin de los recortes y la protección de los más desfavorecidos.

Los integrantes de los grupos antisistema que participaron en esa revuelta, que dejó 101 heridos, 67 de ellos policías, permanecerán frente a los Juzgados hasta que salgan los 21 detenidos mayores de edad. Los primeros han comenzado a salir hacia las 15 horas tras declarar ante el juez entre aplausos del público asistente y gritos de "Libertad, libertad, detenidos por luchar" y "La lucha es el único camino". Alrededor de 200 personas están concentradas en ese punto de Madrid, entre ellos, el actor Willy Toledo y el líder del Sindicato Andaluz de Trabajadores, Diego Cañamero.

El abogado de los detenidos, Enrique Santiago, miembro de la Ejecutiva de Izquierda Unida, ha asegurado que sus defendido han sufrido "malos tratos" durante su estancia en comisaría y ha anunciado que están trabajando para tratar de esclarecer los hechos. Entre los detenidos se encuentra la responsable de Relaciones con los Movimientos Sociales y Ciudadanos de Izquierda Unida Aragón, Raquel Tenías.

Reunión en la Dirección General de la Policía Nacional

Los representantes sindicales de la Policía Nacional se han reunido en la Dirección General con el Director Adjunto Operativo del cuerpo, Eugenio Pino, para reclamar la dimisión del Comisario General de Seguridad Ciudadana, Florentino Villabona, y de los mandos directos de las UIP.

Fuentes sindicales anuncian que todos los colectivos de representación de los agentes están negociando la aprobación de un manifiesto conjunto para denunciar los fallos que se cometieron en la manifestación del sábado y exigir el cese de sus máximo responsables. La reunión empezó a las 12 horas y se extendió durante horas.

Las unidades antidisturbios de la Policía Nacional ya se rebelaron el domingo contra sus mandos por impedirles actuar con contundencia tras la manifestación, al término de las Marcha de la Dignidad, que registró violentísimos enfrentamientos entre grupos radicales y uniformados, con numerosos heridos y detenidos.

"Pinchos, adoquines, lanzacohetes"

Según estos agentes, unas mil personas de entorno radicales, organizadas y “perfectamente armadas –lanzacohetes, adoquines, pinchos, elementos incendiarios…– usaron incidentes en la cola de la manifestación, por lo que miembros de la UIP intentaron de impedir su llegada a la plaza de Colón", tal y como se recoge una nota de la Unión Federal de Policía.

Las mismas fuentes precisaron que los violentos habrían utilizado como parapeto “a modo de tanque” un camión de bomberos y que un grupo de 34 policías, “al verse superado, pidió ayuda para frenar a los radicales. Por parte de la jefatura de UIP se les ordenó que aguantaran”, con el resultado de 31 agentes “literalmente masacrados en esa acción (…), alguno con 17 puntos de sutura, pérdida de dientes…”

Grupos extremistas que actúan con impunidad manifiesta ¿amparados por quién?

Lo ocurrido el pasado sábado en las Marchas por la Dignidad no es nuevo. Desde que lograron reventar el 11-M, cada vez que una protesta ciudadana busca expresarse en  la calle, la cosa acaba en fuertes enfrentamientos con la Policía y con un reguero de heridos y detenidos cuando unos pocos de centenares de individuos, colocados siempre al final de las manifestaciones, actúan con violencia y provocando la acción de las fuerzas antidisturbios.

Las autoridades no pueden seguir insultando nuestra inteligencia. Sabemos cómo trabajan los diferentes servicios de información y que les costaría muy poco conseguir toda la información de estos grupos de salvajes (que la tienen), proceder a su disolución y denuncia ante la ciudadanía.

Sin embargo, no alcanzamos a ver que “mano oscura” permite que estos grupos criminales sigan actuando con impunidad, permitiéndoseles una actividad claramente delictiva, con sesgos fascistoides e intenciones asesinas. ¿Por qué? ¿Quién se beneficia de la acción de estos sujetos? ¿A quién le interesa mantener estas bandas que pueden ser fácilmente instrumentalizadas para generar situaciones de tensión y romper la paz social?

Preguntas que sabe hacerse hasta el analista más torpe… pero hay otras preguntas aún más lastimosas. El principal perjudicado por la acción de estas bandas criminales (que recuerdan a las bandas nazis que hemos visto actuar en la Plaza de Maidán en Kiev) son los propios movimientos legítimos de protesta que ven todo su trabajo empañado por unos hechos que solo tienen una única consecuencia: QUE MUCHOS CIUDADANOS ACABEN POR RETIRARSE DE LAS ACCIONES DE PROTESTA, sea por miedo, sospecha o asco…

¿A qué esperan las organizaciones populares para expulsar y rechazar explícitamente a estas bandas violentas que llenan de ignominia y sangre la acción legítima de las reivindicaciones ciudadanas? ¿A qué esperan las autoridades para explicar los “errores” de manifestación tras manifestación que acaba en violencia y desórdenes públicos? ¿A qué esperan los responsables judiciales para abrir una investigación sobre todo lo que rodea a este oscuro asunto?

¿Acaso esperan a que haya muertos?...

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