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Juan Antonio de Castro

La guerra solo puede traer más guerra y el ruido de los tambores de la Alianza Atlántica ya va haciéndose palpable. Debo admitir que hay algo en el alma de los norteamericanos que antaño aprecié: su carácter luchador, emprendedor, su afán por la libertad y unos valores con los que impregnaron Europa tras el final de la segunda guerra mundial. En su haber, el habernos liberado de la amenaza totalitaria nazi, a mediados de los años 40, proeza que, por cierto, compartieron con los soviéticos.

En el debe mucho, y entre otros, el sometimiento de Europa y muchísimo dolor inútil de guerras en las que siempre nos quisieron hacer creer que se embarcaban para liberar a un país o al mundo de un supuesto yugo tras otro. Del comunismo, a la “exportación de la democracia” y al terrorismo, cualquier excusa con tal de garantizar que las naciones no se descarriaban y se sometían a los intereses geoeconómicos y geopolíticos que más les beneficiasen a ellos y sobre todo a los intereses de su economía y de su conglomerado empresarial multinacional.

No, no soy anti-norteamericano, ni anti-ruso. No hay nunca pueblos culpables, sino gobernantes equivocados o malintencionados. Soy un hombre libre que vive en un país cuya constitución, se supone, protege mi libertad de expresión, y así la uso, sin ofender ni difamar a nadie, pero siempre dispuesto a buscar la verdad a toda costa.

Los días 29 y 30 de junio próximos tendrá lugar en Madrid la Cumbre de la OTAN. De ella surgirá un nuevo “concepto estratégico” de la organización. Un antes y un después que sin duda consagrarán a esta organización como una alianza militar que ya no disimula su naturaleza agresiva y global, que no defensiva. Una OTAN que va a seguir reforzando sus mecanismos hostigadores contra Rusia y de advertencia frente a China, todo ello camuflado en forma de “apertura generosa a nuevos socios”.

Entre 1950 y 1991, la OTAN aplicó cuatro conceptos estratégicos sucesivos de beligerancia, característicos de la guerra fría. En 1991 se llegó quizá a la mayor distensión posible entre la OTAN y Rusia y a un quinto concepto estratégico de mayor apertura y diálogo, aunque fue de corta duración. En 1999, con la operación “Fuerza Aliada” y el bombardeo de Yugoslavia, se sucedieron el sexto y, en 2010, el séptimo concepto, en los que la OTAN se arrogó progresivamente el derecho de intervenir fuera de los dominios Euro-Atlánticos, es decir, en cualquier parte del mundo, y si la amenaza a la seguridad de sus socios así lo requiriese. Fue éste, precisamente, el principio del fin. Pasamos ahí de una OTAN supuestamente estructurada para defendernos mutuamente de un enemigo agresor, a una OTAN agresiva con derechos de intervención y hostigamiento sobre todos los territorios del planeta.

Lo que hay que preguntarse aquí, es cómo los socios de Estados Unidos y el Reino Unido, principales protagonistas de esta transformación, pudieron aceptar ese cambio drástico del concepto estratégico de la Alianza. ¿Debía por ejemplo España seguir ciegamente en una estructura que ni siquiera se comprometía a defenderla de agresiones a Ceuta y Melilla, pero que la obligaría a intervenir en conflictos a lo largo y ancho del mundo? Es necesario preguntarse por qué el pueblo de la Unión Europea, un pueblo que ha luchado, especialmente desde la segunda guerra mundial, por la paz, no se rebeló ante este alineamiento de sus países soberanos a los objetivos imperiales de Estados Unidos y el Reino Unido. Quizá ni se le consultó, y todos seguimos borreguiles los dictados del pastor que nos llevaba derechos a la boca del lobo.

Hoy, la postura de la OTAN, ante el conflicto en Ucrania, es ferozmente beligerante. El lobo aúlla a las puertas de Rusia. Sigue la senda que, desde las revoluciones de color, pasando por la primavera árabe y el continuo hostigamiento a Rusia, especialmente a través de la injerencia en Ucrania, se ha marcado de manera sistemática. Volodimir Zelensky, marioneta de Estados Unidos y del globalismo, y protegido, con la boca chica, de la Unión Europea, sabe que ha sacrificado demasiadas vidas por una causa que podía haber evitado. Ucrania y sus aliados tienen la magnífica oportunidad de sentarse con urgencia en la mesa de negociación. Allí les esperará Rusia, que solo desea que se termine el hostigamiento desenfrenado contra su seguridad y soberanía.

No podemos esperar nada muy constructivo de la próxima Cumbre de Madrid, sino que España acuerde, o al menos logre el compromiso, de una manera u otra, para un apoyo de defensa de la OTAN formal a Ceuta y Melilla. Esperemos que ocurra. Respecto al resto, y aparte de una mayor focalización sobre la amenaza China a medio y largo plazo, me temo que el octavo concepto estratégico de la organización mantendrá e incluso reforzará sus ansias de hostigamiento, hecho que sin duda hará feliz a la industria armamentista de Estados Unidos y otros socios exportadores de armas y sus industrias.

Lo que puede afirmarse ante esta Cumbre es que los socios atlantistas, con Estados Unidos a la cabeza, saben muy bien que Ucrania es el escenario de una confrontación entre un mundo unipolar dominado por Estados Unidos y el Reino Unido, protectores del sistema económico y financiero internacional, nacido tras la segunda guerra mundial, y un mundo multipolar, integrado por Rusia, China, India, Brasil y otros países emergentes del planeta. Estos últimos comienzan a establecer un nuevo orden internacional que va a provocar, entre otros, la desdolarización de la economía global y abocar al surgimiento de un sistema económico y financiero, complementario en el corto plazo, y quizá alternativo en el largo. Es esta la verdadera batalla que Ucrania, con el apoyo de los socios de la OTAN, está realmente llevando a cabo contra Rusia: impedir que emerja el mundo multipolar.

La OTAN debería corregir el tiro. La PAZ es la clave en este momento. Todo aquel que no venga con esa perspectiva a la Cumbre cometerá una terrible equivocación y sacrificará irremediablemente muchas vidas de seres inocentes, seres que no se merecen caer en el campo de batalla por una causa como la transición de sistemas.

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