Daria Dugina

El siglo XX fue un siglo donde tres ideologías políticas compitieron entre sí por dominar el mundo, algunas consiguieron imponerse durante siglos (liberalismo), mientras que otras solo duraron décadas (comunismo) o años (nacionalsocialismo). Sin embargo, es obvio que todas ellas han muerto, pues estas tres ideologías fueron producto de filosofías nacidas de la Modernidad y esta última ha llegado a su fin. Esto último significa que las ideologías modernas han abandonado el espacio político.

El fin de la Modernidad

El hecho de que el liberalismo haya muerto no parece tan evidente como lo que ha sucedido con el comunismo y el nacionalsocialismo, pero como proclama Francis Fukuyama ha llegado “el fin de la historia” y, por tanto, el fin de la lucha del liberalismo con sus rivales. No obstante, esto no significa que el liberalismo haya ganado… algo que podemos comprobar observando la situación política actual. El sujeto político del liberalismo clásico, el individuo, cuya principal virtud es la libertad negativa descrita sintéticamente por Helvetius (“un hombre libre es aquel que no está encadenado, encarcelado e intimidado como los esclavos por miedo a ser castigados…”), ya no existe. El sujeto político del liberalismo clásico ha sido eliminado de toda la esfera de lo político y se desconfía de su realidad, identidad y, aunque se lo asuma de forma negativa, es considerado como el resultado del fracaso del sistema político virtual y global de la Modernidad. Es por eso que consideramos que el mundo ha entrado en una fase postpolítica y postliberal.

La política rizomática posmoderna

El individuo ha sido reemplazado por el rizoma y sus contornos se han desdibujado debido al fracaso de la Modernidad (Bruno Latour proclama a los cuatro vientos que “la Modernidad no existe” porque es una época de muchas contradicciones e incluso incumple las leyes de su propio funcionamiento constitucional). La sociedad liquida posmoderna se burla de la Modernidad al decir: “Nos hemos cansado de todo lo sólido”. Es por esa razón que ha surgido un nuevo actor político: el post-sujeto, el cual piensa de forma caótica por medio de dispositivos que hacen cambiar sus ideas constantemente, interfiriendo de ese modo con cualquier estrategia basada en el pensamiento lógico moderno. La nueva forma de pensar posmoderna es una especie de caosmos donde el pensamiento es interrumpido constantemente. La política se convierte en una especie de País de las Maravilla donde en un momento Alicia es gigantesca y al siguiente es un átomo minúsculo. La nueva post-racionalidad del mundo postmoderno es psicodélica.

Tanto la izquierda como la derecha contemporánea son un ejemplo de esta forma de pensamiento. La alianza entre ambas para frenar al Frente Nacional en la primera vuelta de las elecciones regionales de Francia nos rebela como el modelo político de la Modernidad ha llegado a su fin. Los valores de la izquierda y la derecha se han combinado de forma transversal por medio de un nuevo virus posliberal: la izquierda ha comenzado a coquetear con el Gran Capital mientras que la derecha comienza a adoptar las ideas ecológicas y a retomar los postulados nacionalistas de una forma cómica.

Otra de las características de la pospolítica es la escala de difusión de los “acontecimientos”, la cual cambió drásticamente (“Alicia crece o se encoge”). Baudrillard llamó a esta confrontación actual entre el sistema y el terrorismo la Cuarta Guerra Mundial. Según él, esta nueva guerra es muy diferente a las anteriores: la Primera y la Segunda Guerra Mundial fueron muy localizadas; la Tercera Guerra Mundial fue el enfrentamiento entre dos polos geopolíticos, Estados Unidos y la URSS, una guerra entre un poder blando y semi-duro que pudo haber involucrado armas de destrucción masiva en cualquier momento; la Cuarta Guerra Mundial, por el contrario, es una guerra postmoderna donde el enemigo es al mismo tiempo un amigo y la inteligencia es el principal elemento de confrontación (el terrorismo pasa a volverse parte importante del sistema político). Además, la Cuarta Guerra Mundial es una amenaza a gran escala donde el desorden, el caos y la arbitrariedad que oculta el verdadero sentido de los acontecimientos: los microrrelatos se hacen más y más frecuentes, mientras que los macrorrelatos desaparecen. Los actos terroristas acontecen en lugares muy pequeños como edificios, salas, habitaciones o tejados (microrrelatos), en cambio los medios de comunicación ignoran por completo la importancia de batallas como Stalingrado (macrorrelatos).

Las guerras clásicas poseían ciertos referentes donde podíamos relacionar los acontecimientos con sus respectivos significados, pero en la posmodernidad estos referentes desaparecen de una forma muy parecida a lo que le sucede a Alicia en el País de las Maravillas, donde todo se encoge o crece, pero no de una forma “normal o ideal” (es el caos que Deleuze describe en La lógica del sentido). La lógica abandona la política.

Los atentados terroristas de París un viernes trece (130 muertos) sacuden el mundo “político” aunque no sean más grandes que las de una verdadera guerra (Siria). Todo esto demuestra que la política ha cambiado y se ha convertido en una realidad rizomática. Por lo tanto, si queremos descifrarla debemos aprender a pensar en términos rizomáticos y absorber el caos actual.

La postpolítica es un mundo dominado por la tecnología: en un momento la gente se identifica como socialistas de izquierda y al siguiente se convierten en derechistas republicanos. La identidad de las personas cambia cuando pasan de canal, la tecnología domina el espectro político (la única pregunta que vale la pena responder es la siguiente: ¿quién es el que controla a distancia estos dispositivos y los domina?) Martin Heidegger decía que la Machenschaft (manipulación) y la Techné (técnica) eran las principales características de la postpolítica.

Una alternativa a la política rizomática y la muerte de las ideologías

Los escritos de Martin Heidegger nos ofrecen una perspectiva muy interesante sobre la organización política. La sociedad liberal occidental ha investigado muy superficialmente la obra de Heidegger, especialmente su filosofía política (no habiendo sido realmente explicitada). Normalmente los investigadores occidentales se limiten a considerar que la filosofía política de Heidegger es simplemente una apología del fascismo y el antisemitismo (solo hay que ver como reaccionó la comunidad filosófica occidental hace poco a la publicación de los Cuadernos negros, las palabras del historiador de la filosofía Emmanuel Faye son particularmente reveladoras). No obstante, tales afirmaciones ignoran la dimensión metafísica de la filosofía de Heidegger, distorsionando y descartando sus enseñanzas.

Ahora bien, la filosofía política de Martin Heidegger no puede ser reducida a ninguna de las ideologías políticas del siglo XX. La crítica que Heidegger hace al concepto de “Machenschaft” se aplica no sólo a los judíos (desde una perspectiva metafísica y no biológica), sino, especialmente, al nacionalsocialismo. La crítica que hace Martin Heidegger al nacionalsocialismo es muy importante, ya que considera a esta ideología una manifestación de la Machenschaft (el nacionalsocialismo “espiritual” y auténtico nunca se realizó plenamente durante el gobierno de Hitler según Heidegger).

Martin Heidegger habla de que existe una profunda crisis dentro de todos los sistemas políticos gracias a su aplicación de la historia del ser a la historia de lo político: la política se manifiesta como un olvido gradual del ser y un alejamiento del mismo, ya no poseyendo una dimensión existencial, sino inauténtica. La política y la ontología son dos términos inseparables, esto ya lo había señalado Platón en sus discursos sobre el Estado cuando hacía una analogía entre lo político y lo ontológico (“la justicia que existe en nuestro espíritu es la misma justicia que existe en el Estado”).

Si aplicamos esta ontología fundamental al ámbito político podemos establecer que lo político existe de forma auténtica e inauténtica. La existencia auténtica de lo político se manifiesta en el compromiso con el ser, la inauténtica en el olvido del ser. La política existencial autentica es de carácter jerárquico, siendo lo ontológico una dimensión que se encuentra por encima de lo óntico. Lo auténtico se encuentra por encima de lo inauténtico. Las formas de dominación son verticales: de la Machenschaft a la Herschaft (autoridad).

La crisis de lo “político” es una realidad. La creación de una política existencial es una alternativa frente a la política rizomática actual. Es necesario estudiar y desarrollar estos puntos.

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