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Por Pedro Vázquez*

Mientras conducía por una inusualmente vacía Príncipe de Vergara y me acercaba a la zona de la parada militar, se iba disipando progresivamente mi culpabilidad por haber dejado a mi mujer con la colada, la comida y los cuatro niños. “¡Vete al desfile o te pasarás el resto del  día refunfuñando! Y si luego escribes uno de esos artículos para frikis haz el favor de no dejarme como una fregona”. Le dije que no, que me daba apuro, respondiendo con la boca pequeña y me marché apresuradamente con un suspiro de alivio.

Encontré un milagroso aparcamiento en la calle Ayala, antaño lugar de encuentro de reservistas para estas fechas, pero ese día no había un alma en las aceras. Comencé a encontrar viandantes cerca de Goya. No hubo uno sólo que no me dirigiese una mirada. Se les hacía raro ver a un militar de uniforme de gala andando tranquilamente por Madrid. Tal era así que  alguna jovencita me sacó una indisimulada foto con el móvil.

Los que no parecieron dirigirme una sola mirada fueron justamente los militares que realizaban distintos servicios alrededor de la plaza Colón.

Me quedé en los Jardines del Descubrimiento, en una posición algo elevada respecto al pavimento de la plaza. Entre el público encontré a algún uniformado, pero en una zona inaccesible para ir a saludarle. Casi con seguridad sería algún reservista voluntario . Estaba solo y también llevaba uniforme del Ejército del Aire . Compartíamos ambas situaciones.

A eso de las diez y media no se podía decir que el público abarrotase la plaza. Ciertamente, había encontrado más asistencia otros años. El cielo plomizo parecía oponerse a la alegría del evento y gravitar sobre todos los que allí estábamos. A mi izquierda  se hallaba  una pareja de clase media acomodada con un niño de unos seis o siete años que portaba una capa de supermán hecha con la enseña nacional. El niño lucía una asombrosa y ensortijada cabellera de un dorado cegador que contrastaba con el ambiente gris que lo impregnaba todo. Delante de mí, una familia china, que parecían ser los más risueños de todos los asistentes, se hallaban muy excitados con el espectáculo y no dejaban de sacar fotografías a diestro y siniestro. A mi derecha, dos parejas de jubilados vestidos con esmero aunque con aire sport. Un poco más allá, dos hombres con estética gay que permanecían silenciosos y con la mirada concentrada en la exhibición parecían ajenos a todo lo demás.

La patrulla Águila sembró el cielo de asfalto con nubes rojigualdas. No hubo altavoces que comentasen su paso. La impresión que tuve fue que hubo pocos y discretos aplausos.

-Esos son de los suyos- me dijo el jubilado más próximo de mi derecha.

-¿Qué? ¿ha pilotado muchos aviones usted?.

-Sólo he pilotado paracaídas y mesas de despacho.

-¿Se pasa mucho miedo?

-Cierto, he pasado mucho miedo con los saltos desde avión, pero, a menudo, lo más peligroso han sido las mesas de despacho.

-Yo estuve en la marina. Cada vez que veo el mástil de la plaza Colón me vienen a la memoria los ejercicios subiendo los palos.-dijo el jubilado. La magnífica enseña de Los Jardines del Descubrimiento, flácida y ociosa bajo el cielo gris perla del Octubre madrileño,  pareció ondear aludiendo a su mención por parte del veterano marino.

-Nosotros venimos todos los días de la Hispanidad, ¿sabusté? Y ahora más contento que cuando estaba en la mili, porque entonces, quince días antes del desfile, teníamos que cambiar todos los tacos de goma de los tanques, y era una pesadez- intervino el otro jubilado.

-¡Ahí vienen los míos!- exclamó el antiguo marinero-. En efecto, una formación de la Armada con sus filas cerradas, atravesaba la plaza de Colón, a los pies de su más insigne almirante.- Ahora le ponen esas cosas en los pies que nosotros no llevábamos- haciendo referencia a las blancas polainas. Lo que no  les han puesto música-dijo a forma de queja-.

Y, ciertamente, las unidades pasaban pero no se oía ningún tipo de comentario por altavoces ni músicas.

-A mí lo que me revienta-continuó el antiguo tanquista- es que a esos señorones que disfrutan de su sillón por los esfuerzos de tós nosotros, gracias a la Nación, el día de la fiesta hagan el feo de no venir. ¿Qué menos que agradecérselo al pueblo que asistiendo el día de su fiesta? ¿no lo cree usté? Y nosotros, los más humildes, que nunca seremos ná, siempre llevamos a España en el corazón y nunca faltamos. Lo consideramos nuestro deber.

-¿Y esos vestidos a la antigua?- el viejo marino señalaba a una unidad de soldados ataviados con ros y penacho. Los llamativos pantalones rojos ponían una nota de color en un ambiente dominado por el gris perla del asfalto.

-La verdad es que estoy dudando- respondí- O son la Guardia Real o son el Inmemorial del Rey.

Los aplausos arreciaron al paso de la Guardia Civil.

Antes del paso de las últimas unidades, se hizo como un silencio.

-A mí me da la impresión de que este año han hecho pa cubrir el expediente, ahorrarse dos duros y pa casita que llueve.-dijo el carrista-.

Las notas vivas del paso de la Legión rompieron la tendencia a la tristeza en la plaza y, cuando ante la sorpresa de todos, enfilaron los legionarios hacia los jardines del Descubrimiento, se desataron las carreras  y el delirio. Los soldados tenían el aspecto de todos los pueblos de España. Predominaban los tipos secos, fibrosos y morenos. Ajenos a la multitud que los rodeaba y fotografiaba, entonaron las canciones épicas del Tercio y levantaron los primeros “¡Viva España!” entre los asistentes y las primeras respuestas de “¡Viva!” desde que comenzó el desfile. Fueron también las últimas.

Volví por Goya con la intención de ir callejeando hasta Ayala saboreando una sensación agridulce. Los viandantes, ahora más numerosos, se mostraban contentos al verme.  Me paré en un kiosko para comprar La Razón.

-¿Quién es ese señor, mamá? ¿por qué viste así? - preguntó el niño de la mujer que regentaba el puesto.

-Es un militar, hijo, nos defienden a todos de los malos.

Abandoné el gentío y al pararme en un semáforo, un hombre mayor, de impresionante estatura y porte distinguido que paseaba dos perros color canela, me abordó.

- Parece usted perdido, alférez, ¿a dónde va?

- No, no lo estoy si es que está cerca la calle Ayala.

- Siguiente travesía. Es un placer verles por la calle. Yo fui coronel de la Guardia Civil. No sabe como se añoran los tiempos del servicio durante la jubilación.

- A la orden de usía, mi coronel.- No supimos qué más decirnos. Vi como se alejaba aquel gigante con sus dos canes y me fui a mi furgoneta.

El periódico seguía preñado de malas y terribles noticias. Los secesionistas del Nordeste de España atizaban fuegos y pasiones que creímos extinguidas para siempre. El gobierno de la Nación había optado por no darse por enterado y no hacer nada. El Rey pedía calma y el príncipe no veía ningún problema.  Yo, por mi parte, conducía por unas calles casi vacías.  Había experimentado el calor y el agradecimiento de ciudadanos anónimos que simplemente querían ver a un uniformado por la calle, a lo mejor para darse ánimos y ver que no estaban solos en sentir amor por su país, que esa misma pasión latía en otros corazones y seguía viva. Pero también experimenté la frialdad de los más encumbrados, la triste ceremonia que organizaron para mantener las formas cuando no de ir apagando el amor a España en nuestras almas. Malos presagios, tan grises como el cielo de ese Doce de Octubre  de 2012, como de esas notas ausentes de música patriótica, como esa marcha militar triste en Plaza Colón.

* Licenciado en Ciencias Físicas, DEA del doctorado de Paz y Seguridad Internacional del Instituto Universitario “Gutiérrez Mellado” y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Es de alférez del Ejército del Aire (RV)

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